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Flying Microtonal Banana

Heavenly

La música oriental se caracteriza fundamentalmente por contar con intervalos más pequeños entre tonos y semitonos que la música occidental: microtonos. Es precisamente por eso que a nuestros oídos quizás por momentos se oiga “desafinado” cuando escuchamos un sítar ejecutando una Bhangra.

La idea de conjugar ambos mundos ya ha sido utilizada en distinta medida a lo largo de la historia de la música popular: George Harrison y su “Love You To” en Revolver puede destacarse como la más popular, pero siempre se trató de obras aisladas para brindar un toque de exotismo a una composición.

En una decisión desafiante a más no poder, los King Gizzard decidieron que su primer álbum de 2017 sea en su totalidad microtonal, y ya desde el nombre develan su quid: Flying Microtonal Banana. Este LP es, sin duda, un boom para nuestro cerebro y que necesitamos escuchar de principio a fin para comprender y aceptar que la creatividad de este grupo no tiene límites.

¿Sonido de viento en un desierto? Eso es lo que parece abrir el álbum más experimental quizás de la corta pero prolífica carrera del septeto australiano. Una idea muy acertada para situarnos en la atmósfera sobre la que se desarrollarán los siguientes 42 minutos.

Las baterías al unísono marcando el compás con una pegada fuerte, la voz limpia y también robótica de Stu diciendo unas pocas palabras octavando los riffs de las guitarras microtonales nos sumergen en una ola de psicodelia inmediata. Densa, oscura, aventurera, intrépida y sobre todo intrigante. ¿A dónde nos llevará si seguimos escuchando?

La respuesta no se hace esperar: unas malditas/benditas zurnas hacen presencia en una obra de rock y nos olvidamos de George Harrison y su introducción de la música oriental al mundo anglosajón/latino. Estos chicos vinieron a destruir todas las fórmulas establecidas, utilizando parámetros ya conocidos. Porque es verdad que en un principio sus riffs son garageros y sencillos. Que sus baterías son básicas y efectivas. Pero que una banda situada en lo que parecía ser la cresta de la ola luego del exitoso Nonagon Infinity (2016) se atreva a hacer un álbum con escalas microtonales es algo digno del aplauso sólo por lo intrépido de la decisión. Que el resultado sea así de bueno es para quitarse el sombrero.

Melting” es un tema que pide a los gritos ser escuchado con auriculares de calidad, o un buen sistema estéreo. Los bajos en modo bossanova, y las baterías dignas de algún delirio en la cabeza de Miles Davis y su pandilla, hacen justicia a un gran trabajo de mezcla. Por supuesto, las guitarras microtonales junto con los demás instrumentos de viento nos terminan de transportar a un mar de ácido en Asia menor, o un teatro de marionetas en Vietnam. Pero esas ubicaciones geográficas no pueden ser suficientes para ellos, ya que el quid final de los australianos pareciera ser despejarnos de nuestro status en la tierra y llevarnos a otra dimensión.

A la altura del álbum en que se encuentra “Billabong Valley” se siente como si de alguna manera interviniendo la línea espacio-tiempo, Tarantino le hubiera encargado la música de su próxima película a George Harrison y Jim Morrison. Pero simplemente se trata de una de las 9 canciones hipnóticas que realizaron en este sólido álbum Mackenzie y su tropa.

Con estos muchachos no me atrevería a afirmar sin duda alguna qué instrumentos utilizaron, pero los vientos que hacen sonar en conjunción a unas guitarras con delay nos transportan a dimensiones desconocidas de la faz de la tierra, quizás en esas montañas de la locura que describió Lovecraft, pero sin el terror que sugería el autor inglés. No, no, aquí hay misterio, pero no miedo, aquí hay aventura y ganas de más. Siempre más para estos australianos dementes capaces de lanzar cinco álbumes en un año.

Como no podía ser de otra manera, la obra que cierra al disco es una canción instrumental llena de instrumentos de orientales, zurnas, sitares, y mucha calidad, que concluye con el sonido del viento del… ¿Sahara? No, es el viento en nuestras cabezas luego de la deforestación neuronal que provocaron los lagartos en estos 42 minutos.

Murder of the Universe

ATO Records

Murder of the Universe no es un álbum fácil de digerir. Ni estando acostumbrado a tintes metaleros que recuerden a Sabbath, ni teniendo inclinaciones al rock garagero más sencillo, ni siendo un amante de la psicodelia sesentosa y la idea de los álbums conceptuales.

Una obra que ronda los 45 minutos de duración (como la mayoría de sus discos), fragmentada en 3 actos: The Tale of the Altered Beast, The Lord of Lightning vs. Balrog y Han- Tyumi and the Murder of the Universe. ¿Suficientemente conceptual? Aguarden, aún hay más: una voz en off en modo spoken word a cargo de la cantautora Leah Senior. Y si los nombres de los tres actos les parecen más dignos de una banda del metal más pesado y dedicado a referencias Lovecraftianas, denle un vistazo al tracklist y, en especial, al arte de tapa.

¿Y cuál es el leit motiv que lidera el asunto? Dentro, encontramos una space ópera con tres partes bien diferenciadas, con un hilo conductor: una criatura mística llamada Altered Beast.

En dicho álbum los aussies aglutinan de forma exponencial todas las virtudes de sus últimos pasos y condensarlas en un trabajo estructurado nada fácil de escuchar. Como motivos de su presunta complejidad, podemos señalar el hecho de que vuelven a utilizar el recurso de loop continuo sin pausa e intercalando pasajes repetidos, idea ya usada de mirífica manera en Nonagoon Infinity.

La fragmentación del álbum es mayor que nunca, cobrando mayor importancia la escucha global sobre el efecto aislado de cada tema. Y es precisamente esa descomposición la que les permite guiñarle el ojo a una amplia variedad de etéreos recursos: hay guiños al punk, jazz progresivo, sintetizadores, coros etéreos, historias fantásticas y, sobre todo, mucho humor, ya que estos chicos aún no se toman demasiado en serio a sí mismos. Ojalá sigan por esa magnífica línea.

Entre los recursos que lo hacen más digerible, caben destacar el uso de up-tempo con la doble batería a todo trapo, y el fuzz con guitarras sonando constantemente, algo a lo que los Gizzard nos acostumbraron desde sus primeras entregas, y aún no peca de repetitivo, es parte de su esencia.

Los climas que presenta Murder of the Universe en su inicio son probablemente los más deletéreos, avasalladores y contaminados que hayan diseñado los oriundos de Melbourne, compuesto por “Alter Me“, “Altered Beast” y sus variaciones. “I don’t feel heinous, I don’t feel no pain, I don’t feel nothing, I don’t feel anything!” dictan en “Alter Beast IV“, mientras unas guitarras se llevan todo lo que encuentren en su camino. Implacables.

El segundo acto es más ligero, contando con una textura sonora menos densa y oscura, pero sigue conjugando la misma potencia garagera. Sí encontramos densidad en la lírica, a causa de luchas entre bien y mal, robots y universos desolados. Bienvenidas sean las bandas que se bajan del carro y no se toman demasiado en serio a sí mismos.

La ficción digna de una obra de Philip Dick feat Lovecraft llega a su fin con una dosis recargada de cafeína, nervio y siempre psicodelia, dando lugar a la explosión del universo como conclusión de la narración.

En conjunto, es un trabajo que nos hace preguntar si este septeto australiano lanza álbums para que nos vuelen la cabeza en un vivo, o si Stu Mackenzie y los suyos están desplegando de a poco una suerte de discografía encadenada, una especie de álbum madre en constante desarrollo. De ambas formas, nos encontramos encantados.

Sketches of Brunswick East

ATO Records

Sketches of Brunswick East nos trae el experimento que une a los oceánicos King Gizzard con Mild High Club. Una invitación en clave jazzística y bossa nova a un sonido que conjuga de forma muy natural estilos actuales, como los climas etéreos de Mild High Club y el modo jazzero de antaño que aportaron los Gizzard. A fin de cuentas, acaba siendo un álbum muy ameno para escuchar, que se dirige hacia el mismo lado que Paper Maché Dream Ballón, aunque quizás más experimental.

En un guiño al Sketches of Pain de Miles Davis en 1960, el aussie Stu Mackenzie y el inglés Alex Brettin unen fuerzas y exploran ritmos y fraseos que habían insinuado manejar en sus trabajos anteriores. Y demuestran tener total dominio de los mismos. Jazz, bossanova, surf y la siempre presente psicodelia se complementan de manera espléndida, lo que nos hace suponer que no hay género que no manejen con total naturalidad.

Es destacable el hecho de que para la creación de este disco se hayan despojado de recursos que les son habituales. Y, a pesar de su efectividad, estaban cerca de convertirse en un abuso, como los alaridos de Stu o el unísono entre la voz y el motivo melódico de la canción.

Los mejores momentos del álbum llegan en “Dusk to Dawn on Lygon St.” Ladridos de perros, sonidos urbanos, un bajo nítido y unos teclados de ensueño en modo bossanova enlazados a una batería muy jazzera, junto con muchos soniditos que dan vueltas por el estéreo. Una gran mezcla que le hace justicia a un tema muy placentero.

Luego de tanta calma por una calle con árboles y flores que nos presentan en “Dusk…“, “The Book” nos introduce al camino hacia una fiesta. La voz repleta de efectos, baterías cercanas a las de Miles Davis en Tutu, variaciones rítmicas, guitarras repletas de wah wah, y unos riffs en escalas exóticas que nos remiten levemente al Flying Microtonal Banana, pero en clave occidental y urbana.

Canciones muy amenas para oír y una cuota de experimentación claramente más disipada y controlada que en sus dos trabajos anteriores. Resulta ideal para relajarnos luego de la destrucción mental y universal que nos acarrea Murder of the Universe. Vibráfonos, flautas, contrabajos y demás cuerdas de los KG&WL se complementan con los sintes lo fi y la improvisación lisérgica de Brettin en un álbum que pareciera tener mayor impronta por parte de los australianos. Y, como si hiciera falta, el inglés termina de aportar pequeños destellos (y de vasta calidad).