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“Yo vivía / en el bosque muy contento”
(Moris)

“Los animales / siempre se juntan a drogarse / sólo en el bosque”
(Antolín)

1. Esta es una reseña acerca de un libro llamado “Maddie sobre cosas”. Un libro que tiene sólo tres páginas de texto y luego ciento cincuenta y tres con fotografías. Maddie es una perra. Léase: un can. El autor del libro y del viaje, el fotógrafo y compañero o dueño de la perra (esto no quedará claro) se llama Theron Humphrey. La historia dice así: a Theron lo dejó su novia. Desde tiempo atrás, Theron se sentía “vacío” al enfrentar su trabajo, su vida diaria (ese parece ser uno de los motivos por el que lo dejó la novia). Theron explica que no estaba haciendo nada trascendente. Nada que tuviera significado. Entonces agarró su camioneta y dejó su trabajo y se fue a recorrer Norteamérica. Se llevó a la perra Maddie. Y no paró de sacarle fotos. Esas son sus fotos de viaje: las fotos de una perra. Y ese es el libro: un diario de viaje, un álbum de fotos cuyo protagonista es un can. Escribe Humphrey en las páginas iniciales del libro: “Si un hombre y su perro salen de viaje alrededor de Norteamérica sin propósito, se perderán. Tiene que haber una razón para dejar un trabajo cómodo y manejar durante sesenta y cinco mil millas por el país”. Entonces: ¿cómo llegan a nosotros aquellas “cosas” que nos cuidan, que de alguna extraña manera están ahí y nos aferran y/o protegen? ¿Dónde irán? ¿Qué significa “doméstico”? ¿Qué significa “cuidar”?

2. El libro: cientos de fotos de un perro marrón claro con manchas blancas. Al principio son tomas de Maddie en un sillón, de Maddie en el techo de la camioneta dos días después de salir, de Maddie tirada en el pasto como si fuese una joven enamorada con una flor en la boca. Entonces, casi un mes después de iniciado el viaje ocurre “el prodigio”. Humphrey pone a Maddie sobre unas viejas latitas. Maddie, adiestrada a esta altura por las costumbres insoportables del fotógrafo, parece quedarse quieta, con cada una de sus patas sobre una lata. Es allí que empieza el viaje dentro del viaje. Humprhey redescubre el mundo cotidiano, el día a día de su viaje por un país cualquiera, y redescubre el valor sin valor de los objetos que lo circundan. Empieza a poner a Maddie sobre (encima de (literalmente)) todas esas cosas. Maddie sobre una mesa en la casa de sus anfitriones. Maddie sobre un buzón. Maddie sobre un expendedor de gasolina en una gasolinera perdida. Maddie sobre un aro de básquet (¡?). Maddie sobre una sandía publicitaria enorme y ridícula. Maddie sobre un carrito de compras. Maddie sobre las ruedas de un tractor. Maddie sobre una mesa, delante de una pizarrón (“Yo estuve aquí”, ha escrito alguien en el pizarrón). Maddie sobre un caballo. Podría seguir la enumeración sin parar: sucede que cada foto guarda el encanto de una sorpresa. Sabemos que no habrá otra cosa que un perro montado sobre un objeto. Sin embargo, el viaje y la lectura no se detienen. Y se hace difícil no pensar en aquellos álbumes de fotos que veían nuestros mayores, con las manos en el regazo y la mirada perdida: la historia de la familia. La historia de sus animales. La historia de todo lo que no hicieron pero hubieran deseado hacer.

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3. Hace unos días, apareció una frase polémica, probablemente espuria, que se adjudicaba a Marc Zuckerberg (el creador de facebook): “ahora despierta mucho más la atención un animal perdido en un pueblo que personas que pasan hambre en África”. Afirmación falsa o verdadera, acá lo cierto es que los videos de gatos y perros y demás mascotas que hacen “cosas tiernas” están entre aquellos videos amateurs con más reproducciones en la web. Para comprobarlo, basta poner “gato lindo”, o “gato divertido”, o “funny cats” o “gatos versus impresoras” o “animales fingiendo su muerte” o “el perro que sueña” y un largo etcétera. Aquí cabría reflexionar sobre cómo la hiper-tecnologízación trajo consigo la globalización de los gustos, de los hábitos de consumo, de las formas de vivir y, también, de la contemplación y cierto tipo de amor colectivo hacia los animales (domesticados). Si hubiese búhos o cuervos historiadores, dirían que el siglo XXI fue aquel en que las cámaras comenzaron con la humanización final de los animales. Dicho de otro modo: la extinción futura de lo animal, reducido a una esfera más de lo doméstico y de los sentimientos humanos (“ese perro está contento”, “el puto hámster está alienado”). Una nueva colonia de “seres primitivos” al alcance de la mano.

4. Están las historias de amor y las historias de desamor. Acá se puede citar al famoso dibujo animado del zorrino enamorado, o a Dante y a su amada Beatriz o, mejor aún, a Tarantino, que le dedicó una saga épica multimillonaria a su amor por Uma Thurman y toda su oscura versatilidad. También están las road movies, ese subgénero bajo el que pueden agruparse películas, videos y parte de la historia de la fotografía. Por ejemplo “Flores rotas”, de Jim Jarmusch, esa peli donde Bill Murray se pone a buscar a su supuesto hijo por todo el país. O las fotos de Robert Frank, en esa obra bisagra llamada “The Americans”. O el video “Scar Tissue” de los Red Hot Chilli Peppers, o el proyecto de los 50 estados de Sufjan Stevens (hacerle un disco a cada estado de EE.UU). Es en ese cruce (el de las historias de amor, las road movies y la ternura animal en los videos amateurs) donde Maddie adquiera toda su fuerza y se convierte en un documento y en un monumento de época. A medida que avanzamos vemos que Maddie (la perra) de alguna manera se ha convertido precisamente en eso: en algo clásico, en una escultura de “lo perro”. Quizás es la insistencia, quizás es la ausencia de palabras, quizás es ese gesto en “el rostro” de Maddie, que pareciera interpelar al espectador desde un universo apartado. Quizás es la pose, una pose que en varias fotografías la perra repite: las patas asentadas sobre el objeto de turno, sea cual sea. El cuerpo erguido. La mirada hacia el costado, cómplice pero, también, esperando que su dueño (o compañero) dispare la foto, y le dé el premio que le corresponde por haberse portado, nuevamente, tan bien.

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5. Debajo de algunas fotos, Humphrey inserta un comentario. En esos pequeños textos, suele insistir en palabras como “sencillez”, “viaje” y “amor”. Por ejemplo: “Amo la forma en la que el lomo de Maddie semeja el cordón montañoso de fondo”. Por ejemplo: “Amo a esa familia de Idaho. Cualquiera que vaya allí, por favor, pasen a saludarlos”. O “Amo la forma en que cualquier objeto que apareciera podía servir para sacar una foto”. El arco de sentimientos de Humphrey parece apabullantemente básico: del vacío hiper-moderno de la vida ciudadana adulta y el dolor por la pérdida amorosa a una contemplación asombrada de la sencillez y la plenitud de la vida “en el camino”. Y sin embargo, todo puede resultar mucho más complejo. Porque son fotos y fotos y fotos de una misma perra a la que le vamos agarrando cariño, pero también respecto a la que tenemos piedad y, como la perra nos mira de esa manera, es difícil saber si tenemos piedad de ella o de nosotros. Humphrey suele aclarar cuáles son sus fotos preferidas: evidentemente, aquellas en donde la casualidad intervino “haciendo” una gran foto (como si la naturaleza tuviese mejor ojo que la historia de las técnicas fotográficas). Pero también están entre sus preferidas aquellas donde la perra se pone sobre una rueda de un auto, o un tractor estacionado, es decir, dentro de la rueda, en el intersticio que hay entre la carrocería y la llanta. Un lugar imposible. Si el auto se moviera, el animal sería triturado. La posición del perro es incluso ridícula, incómoda, inhumana o, más precisamente, inanimal. Sólo esa perra puede estar ahí. Entonces lo que pasaba por universal se hace singular y extravagante y perruno.

6. Luego están las fotos sobre las que Humphrey no deja comentario alguno, pero que llaman poderosamente la atención. Una foto de Maddie tomada desde arriba. La perra abre la boca y muestra la mandíbula y parece incluso sonreír. Está tirada en una cama. La fotografía se asemeja a todas esas fotos de los seres amados tomadas por sus amantes, estos últimos parados encima del colchón, antes o después del acto sexual, alegres, distendidos, “espontáneos” ante la cámara que capturará su amor. Zoofílica, perversa, esa es una foto incómoda, pero que ha quedado ahí, en el camino, alimentada por todos esos días que un animal y un humano pasaron juntos. Después está la foto de Maddie en un campo abierto. Está lleno de nieve alrededor. Maddie posa sobre un fino poste. Es una de esas fotos en que uno se pregunta cómo hizo para no caerse, para sostenerse sobre sus cuatro patas sobre un lugar alto y de superficie tan irrisoria como la circunferencia de un palo de madera. Pero después está la nieve. Se ve nieve por todos lados. ¿Cuánto tiempo estuvo la perra posando? ¿Está uno equivocado o ve nieve sobre su lomo? ¿Es un efecto visual o la perra está temblando de frío? Debajo de ella, entre su cuerpo y la base del poste sobre el que está parada, se ve nieve. Parecería que fueron segundos, quizás uno o dos minutos, y que Humphrey sacó la foto y ya. Pero entonces uno recuerda una foto que apareció antes: Maddie sobre una alacena. Entre botellas, platos, vasos. Como si fuese un objeto más. Es allí que el cariño aparentemente universal y que habla de los buenos sentimientos de la humanidad respecto a la naturaleza, se vincula con un cariño desbordante, perverso, polimorfo, ejemplar y excesivo, que hace de un animal un objeto amaestrado y obediente, un esclavo, un súbdito, un amigo, un explotado y un amante.

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7. Hace poco también alguien posteó en facebook una noticia de una ex publicista que dejó su trabajo para dedicarse de lleno a aprender danza y comenzó a hacerse famosa, unos meses después, gracias a una obra (unipersonal) en la estación de subte. Ese alguien escribió que encontraba el acto de la publicista valioso y envidiable. Entonces alguien le respondió a ese alguien: le dijo que no cualquiera puede dejar su trabajo y dedicarse al amor por el arte durante un año o cuantos sean. Que partía de una posición privilegiada. La obra de Theron Humphrey (y Maddie (de hecho, “Maddie sobre cosas” es una de esas pocas obras artísticas hechas a dúo que funcionan. Y acá los coautores son un humano y una cámara y un país y sobre todo un perro) (pensar la historia de las obras a dúo en que intervienen seres de otra especie)); la obra, decía, puede parecer increíblemente cercana, una de esas cosas que cualquiera podría haber hecho, pero que hasta ahora nadie había emprendido. Claro que para ser cualquiera había que tener: ahorros suficientes para viajar por uno de los países más grandes del mundo. Una camioneta pulenta. Equipo fotográfico. Plata para darle de comer a Maddie sus “galletas especiales” (aquellas con las que es premiada cada vez que hace su gracia de parecerse a una estatua sea donde sea). Seguro contra robo. Seguro médico. Una buena computadora. Y buenos contactos para poder asegurarse algunas comodidades leves (aunque para esto, con una actualización constante en facebook quizás baste). Ah, y las competencias suficientes para sacar buenas fotos y trabajar en ellas durante el viaje. No hay una foto de Maddie que sea “mala” (y eso, y no sólo el can y el amor al can, es lo que hace que el libro y la experiencia valgan la pena). O sea: Maddie y su domador nos hacen creer que podríamos estar ahí dentro. Pero no: somos los espectadores hijos de perra.

8. Quisiera escribir algo como: un músico que se hace famoso en Sudáfrica, veinte años después de sacar sus únicos dos discos y cuando ya nadie sabe nada de él. Un arquitecto que podría haberse llenado de guita y de fama pero que en cambio se dedica a hacer construcciones descomunales y épicas en el medio de pueblos perdidos. Una familia de marineros y exploradores que quiere encontrar un pez leopardo, que están seguros que allá abajo en el agua hay un pez leopardo. Un niño genio que vive con un gigante y un enano y se enamora de una adolescente que le recita historias a su grabadora. Y más: un tipo que se cansa de su trabajo y se pelea con su chica y se va de viaje por todo el país. Y se lleva una perra que acaba de adoptar. Y le saca fotos a la perra encima de las cosas. Como si la perra fuese su amante, y a la vez un buzón y a la vez un objeto, y a la vez una especie de guardiana o ángel y a la vez un monumento a algo. Pero todo eso ya se ha hecho. Y gracias a ellos la vida parece más rica, menos legal, menos sistematizada. Quisiera decirlo: “Portentosa”.

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9. Es difícil no pensar en Herzog. En la visión fría, serena, determinante y sospechosa que muestra Herzog en sus documentales sobre la vida animal. Allí están esos seres excepcionales: el que quiere cruzar un barco por un monte; los que viven en la Antártida; y, sobre todo, aquel que ama tanto a los osos que se va a vivir con ellos y muere roto a pedazos. Y allí está Herzog y sus frases. Acá va una sublime que aparece hacia el final de su película “Grizzly Man”, sobre Thimoty Treadwell, justamente, ese tipo que se iba cuatro meses al año a perderse en unos bosques helados en Canadá y se pasaba filmando y conviviendo con osos. Dice Herzog mientras ve los fotogramas de un video en el que Treadwell grabó al oso que luego lo asesinaría: “Lo que me persigue es que en todas las caras de osos que filmó Treadwell no veo ningún rastro de parentesco, ni entendimiento, ni piedad. Sólo veo la indiferencia abrumadora de la naturaleza. Para mí no existe el mundo secreto de los osos. Y esta mirada en blanco (plano del oso) muestra que sólo les interesa la comida. Pero para Thimoty Treadwell este oso era un amigo, un salvador”. Herzog habla con calma, por momentos pedagógicamente, por momentos como si le confesara sus sospechas a cámara, por momentos con cierta superioridad antropológica, remarcando cada sílaba, cada palabra que dice mientras ve lo que otro miraba. Herzog podría mirar estas fotos de Maddie. ¿Vería aquí una perra asustada ante los caprichos de su amo? ¿Vería a un ser plenamente domesticado, huidizo, sometido a la tortura del cariño de la soledad y gracias al cual su propietario se enriquece y se hace de fama y llena su supuesto vacío? ¿Hablaría de la astucia con que Humprhey despierta asombro y juega con los sentimientos del público? ¿Se referiría más bien al hecho de que los animales domésticos son aquellos para quienes los humanos son una imagen de la divinidad, aquellos animales que son residuos de lo salvaje y que están postrados ante los seres humanos como ante gigantes poderosos que pueden alimentarlos y cuidarlos y tratarlos como pequeñas criaturas huérfanas, y aceptarlas en sus casas, y darles un mundo en el que dormir, y comer y, claro está, sacarse fotografías?

10. Así que en el párrafo anterior queda una visión crítica de la ternura con que miramos y hacemos mirar a nuestros animales de casa. Y antes un elogio a los seres excepcionales y a los caminos que no se transitaron en este mundo pequeño y por momentos encapsulado. Y antes una visión asquerosamente economicista de los seres arriesgados. Y antes más y más fotos de Maddie. Y ahora esto: Theron Humphrey se fue de viaje. Dejó su casa. Dejó a sus afectos cercanos. Usó sus ahorros para alejarse, reinveintarse, y vivir un idilio zen, solitario y anómalo con un ser de otra especie al que le sacaba fotos. Una perra a la que le puso “Maddie” y que, al menos eso parece en las fotos, logró algún tipo de “comunicación” con él (quizás el punto es que Humphrey apenas nos deja entrever la “violencia” que hubo en ese adiestramiento y en esa convivencia). Así que la perra también se fue de viaje. ¿Cuántos de nuestros esclavos y de nuestros niños y de nosotros mismos recorre todo un país enorme y no se encierra en sus instituciones, en la vida gobernada, en la ciudadanía razonablemente segura, aceptablemente estable, sino que vive en plena ruta y gana dinero haciendo lo que hasta entonces nadie había hecho? ¿Y se para sobre los objetos, se monta sobre ellos, devaluándolos, mostrándonos fragmentos de olvido, restos de cosas, basura, mercaderías valiosas que valen nada, la ruta, una manta prestada? “Maddie sobre cosas” es también una reprimenda a todos nosotros: somos los perros de nuestras fotos. Somos los que sacan fotos de cada lugar al que van. Somos los que están detrás y debajo de los objetos. Somos los que no podemos estarnos quietos. Los que no podemos posar de la misma manera más que un par de veces. Y sin embargo ahí estamos, tratando de persuadir a los demás de que nuestra vida es única, o algo por el estilo. Ni siquiera nos parecemos a los animales que nos rodean. Son ellos quienes se terminan pareciendo a nosotros.

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Maddie on Things: A Super Serious Project About Dogs and Physics

Theron Humphrey
2013 – Chronicle Books