“Flotando en la colchoneta, desde abajo veo flecos de sol entre las hojas del sauce, que llora sobre mí. Las ramas tocan el agua, agarro una y siento cómo la corriente empuja, mansa, queriendo llevarme de vuelta al muelle. La rama se estira hasta que me suelto, y me voy yendo, aleteo con un solo brazo y empiezo a girar. Sigo girando con los ojos cerrados, y ahora en vez de ser yo la que se mueve, es como si la tarde diera vueltas a mi alrededor.”

Así comienza Tres Bocas, el primer cuento de Alta Gracia, donde la protagonista pasa un fin de semana en el Delta con amigas. Uñas de pies rojo cereza, hielos que se derriten dentro de un Campari con pomelo, y el embriago que permite confundir la sensación de estar enamorado con malos pensamientos.

En el relato que sigue, Colchón de espuma la fantasía de recluirse unas semanas frente al mar en pareja, se desvanece en un juego de dados interminable. Atento a la escena C. Castagna vigila y acompaña en cada brazada al personaje, que se larga al mar en busca de un sombrero.

“Asomó la cabeza y respiró. Sintió asco y agotamiento. Le faltaba el aire, los brazos eran de goma y las piernas habían desaparecido. Una ola volvía a caer, pero esta vez la vio venir y adelantó el cuerpo para tomar impulso”

Con algo de humor, un tinte de melancolía y otro poco de aventura, como quien en un desayuno, extrañado, intenta reconstruir las imágenes de un sueño, C. Castagna hace que los cinco relatos que componen el libro, diversos entre si, se articulen con un mismo elemento; el de la sensación que se alza por sobre la acción.

“Te veo con el pelo pegado a la cara, agitada, y me concentro en pasarte algo de energía. De la mano corremos en subida y adelante a muchos metros van corriendo algunos otros, desordenados, vacilantes en el agua que golpea”.

C. Castagna hace eso, nos quiere pasar la energía del momento. Y lo hace bien.

Alta Gracia

C. Castagna
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