Foto:Toma?s Bacigaluppi
Foto:Tomás Bacigaluppi

El escritor y poeta recientemente fallecido Luis Thonis escribió en la contratapa de La cruz eslovaca (El Amarre), de Bettina Bonifatti: “Los silencios no son todos iguales. El núcleo del futuro puede estar cifrado en la fijeza del bisabuelo que mira desde la Gran Guerra el horizonte de la Segunda. Su hija, la abuela eslovaca nacida de una promesa de guerra, traza el mapa de su aldea de niña en el pecho de la narradora. Abuela y nieta escapan a la inercia del mundo de contar cuentos.”

Bonifatti tira del hilo de la memoria y escribe un libro donde la imaginación y el recuerdo traman un espacio de creación cuyo trabajo atento con la lengua, alcanza momentos de incuestionable esplendor narrativo. Indie Hoy tuvo oportunidad de conversar con ella.

-AM: La cruz eslovaca podríamos decir que se encuentra construida a través de múltiples zonas. Una de ellas está atravesada por tus recuerdos en relación a Baba, tu abuela eslovaca. Otra región del texto, apunta a esa cruz de madera que construyó Jan, tu bisabuelo. No obstante se trata de un relato autobiográfico también, en cuyo centro estás siempre vos. ¿Qué significó para vos abordar este tipo de género narrativo?
-BB: Me interesa provocar el futuro. Evocar la infancia desde un yo desdoblado, casi precario. Cuando escribo no estoy en un centro. Este libro pedía que me perdiera en la supuesta realidad, pero no como un género narrativo, sino como cuando pintás y elegís el tamaño de la tela y decís: “me voy a achicar”. Después sí, me propuse no salirme, vedar posibilidades a conciencia. Acompañar a propósito la limitación que tenía la cruz. No estaba escribiendo sobre una cruz como tema. Sentía que estaba adentro de la cruz y que escribía para salir.

-Decís en un pasaje del libro que “recordar no es parte de la memoria, recordar es inventar”. ¿Podrías glosar esa idea?
-La memoria tiene otra connotación. El recuerdo es subjetivo. Son versiones. Recuerdo que con mis hermanas hacíamos carreras de caracoles, los alentábamos y se iban para atrás. El recuerdo va así, a contramano, y no significa nada, suspende toda cuestión moral.

-¿Qué valor moral tiene para voz la memoria?
-Cuando escribo, ninguno. Una lista de olvidos que en verdad son recuerdos incompletos. Material que es o no es arrastrado por la voz. Como te digo, escribo para adelante, y lo que quiera venir conmigo que venga; lo voy a transformar según quién sabe qué. La lectura silenciosa en la que voy a perder si lo quiero decir. Pero queda. Y después, con eso que no sé qué es, tampoco sé adónde voy a llegar cuando escribo, pero voy.

-Hay quienes sostienen que tener una voz propia consiste en la imposibilidad de ser traducidos. ¿Qué significa para vos el estilo a la hora de escribir?
-No me gusta teorizar. Menos de cosas que no hice. Ni estudiar estilos ni traducir. Puedo decirte mi experiencia del otro lado. Cuando se tradujo Cinco años a caballo tuve muchas reuniones con el traductor (Lucas Brockenshire), pero a la vez supe que la voz de él iba a construir su Five Years on Horseback. No sé si es una canción paralela en cuanto al ritmo. Los traductores parecen músicos. Otra experiencia fue la traducción de unas pocas páginas en francés. La hizo el recordado Jacques Algasi. Atesoro el recuerdo de dos encuentros en la iglesia redonda de Belgrano, hace diez años. Me acuerdo que me decía “quiero mantener tu canción”. Amigos que leen francés estaban muy contentos con el resultado.

-¿Podrías referirte a tu fraseo de la prosa?, ¿El modo austero que tenés de escribir?
-Tal vez se parezca a la vida de uno en determinada época. Cambia con la vida y tal vez con el paisaje. O con el cuerpo. Yo doy pasos cortos, camino lento. Viví en la llanura treinta años. Me gusta lo telegráfico. Siempre confundí los logros con las dificultades. No sé de dónde viene la austeridad, pero puede ser un conjunto de cosas, y de lecturas también. O puede ser lentitud. Para mí la tranquilidad es un don. Pero cada libro también impone sus necesidades, la velocidad, el ritmo. Cuando volví a vivir a Buenos Aires entró más en la escritura el humor y la ficción. El modo de escribir tiene sus corrientes, sus mareas, y a veces algo que parece venir de frente se junta con algo aparte, lo voy tocando, lo dejo descansar o lo agarro, a veces a golpes, pero no en cualquier lado, sino como en la escultura que le pegás en la junta y cae el bloque de lo que no va. Yo lo asocio siempre a un descenso y a lo submarino. Cuando escribo siento que buceo.

-Hay momentos en tus recuerdos cuando niña, que llevan a Norah Lange (Cuadernos de infancia) y Silvina Ocampo (Invenciones del recuerdo). Por ejemplo, cuando pensabas que los insectos muertos por la luz de una lámpara, eran en verdad ángeles. ¿Tuviste una infancia solitaria por la que debiste desarrollar tu imaginación?
-No. Por el contrario, tuve la soledad de la familia numerosa en que había que cantar “pri para el baño” y hacer fila, sumada a la condición gemelar. No estuve sola ni el día en que nací. No sé si era imaginativa de niña. Pasaba más por el hacer. Era una varonera reflexiva, pero tenía amigos, y también quería huir. Me sentía rehén de la vida familiar. Me atraía lo salvaje, trepar, ir al mar de noche, al monte, cazar murciélagos. Me daban excesiva libertad. Escribía mi diario y también contestaba las cartas de mi abuelo.

-Tras tu experiencia al recuperar parte de tu pasado poniendo el oído en las palabras dichas por Baba; ¿es posible describir un acento, el tono de una voz a través del recuerdo?
-Es posible escribir con un detalle, como el acento eslovaco de Baba, pero a la vez, dejar de lado todos los acentos. No es un tema el acento.

-¿Por qué?
-Son las ganas de escribir, de concentrarme en eso, es un material. La materia para mí es celestial. El por qué, no lo sé. Si uno lo supiera no escribiría; tiene que ver más con el extrañamiento y también con algo que me interroga. No sólo me pregunta. Es más duro. Me agarra y me agarro. Me hacés acordar a lo que dice Rosa Chacel de una rana de bronce que ve en una vidriera. Para mí, más que interrogación es una conquista, y una pelea también. En pintura se ve perfecto: ¿por qué las tazas de Morandi?, ¿por qué las camisas búlgaras por las que Matisse hubiera dado hasta un cuadro suyo? ¿Qué importa? Ahí están. Responder a lo que resuena sabiendo que la carta, además, “no va a llegar a destino”.

-Afirmás que no te impresionó tanto lo que solía hablar tu abuela (sus historias), sino las “frases cortas y el acento” con que las decía. El modo que las enes, por ejemplo, sonaban a eñes. En otras palabras, y como bien decís, “las aventuras de la pronunciación”.
-Sí. Como digo en el libro, en la infancia las palabras vivían sueltas. Y la actitud de ella de no querer instruirme me alegraba. No es que me oponga a la memoria, pero los silencios no son todos iguales.

-La edición incluye además una interesante selección de material fotográfico. ¿Cómo surgió la idea?
-Son la imagen viva que la escritura mata y deja atrás. En este libro todo empieza con una foto. Pongo en cuestión el concepto de imagen y de recuerdo. Hay recuerdos con los que no se hace nada, y olvidos con los que se arma una vida. La fijeza de la imagen puede detener. Seleccioné esas fotos para que el lector también se quede mirándolas si quiere, y sienta ese detenimiento de la vida. No es como en la mejor pintura, que la imagen también se rompe para crear y hay que obtener una visión y dejar de mirar. La foto llama más al freno, a la fascinación de la mirada.

-Por cierto, me llamó un poco la atención el hecho de que el libro incluyera tan pocas cartas. ¿Se debe esto a alguna razón en particular?
-No ponerlas me dio el fondo para escribir el último capítulo.

-Sin lugar a dudas tu abuela ha sido una mujer de personalidad singular. Me la imagino manejando su Gordini a 30 km por hora, pero a su vez leyendo a Spengler y Eluard. ¿Qué habría dicho sobre este libro?
-No sé qué hubiera dicho. Seguramente “¡Viva! ¡Viva!” Hubiera festejado con ironía, pero con amor. Hubiera puesto una magnolia enorme en la mesa, y a la vez se hubiera enojado porque puse lo de “caca de mosca” o lo del vino. Ella sigue siendo mi compinche. La muerte sella pero también trabaja a futuro.

-Tu bisabuela me llenó de asombro…
-La que para no planchar se sentaba sobre la ropa…

-Creo que se merece un libro aparte…
-Ella es parte de un iceberg negro que también me hace escribir. Sus vestidos oscuros, la maldad, la cabeza cubierta, enojada siempre. Nos tiraba proyectiles desde la silla de ruedas. Mi primer peaje de horror, y se lo agradezco. Cuando deliraba de corrido, yo no sabía dónde empezaban o terminaban las palabras de su imperio austrohúngaro, pero me daba cuenta de la amenaza, de su maldad en el tono. Eso se mezclaba con un desafío al miedo. Era malísima.

-Conociendo la repercusión que tuvo tu proyecto en eslovaca, Slovenka, donde te referías parcialmente a esta historia; ¿traducirías tu libro para presentarlo en Eslovaquia, en el pueblo de tus abuelos?
-Sí, lo haría. Envié a Eslovaquia unos ejemplares aunque estén en español. Se tradujeron unas páginas, pero no sé cómo va a seguir ese tema. Y lo haría, no sólo porque me lo pidieron tantos lectores de la revista, sino porque es uno de mis sueños, no ir con las manos vacías. Hacer un puente de lecturas. Me invitaron de la biblioteca de Trebisov en su momento. El pueblo es muy pequeño y se llama Hran. Pero es importante además, porque después de Estados Unidos y Canadá, Argentina es el país de mayor cantidad de inmigrantes eslovacos. Hay muchos en Chaco. A veces se supone que un inmigrante “debe” transmitir el idioma o las costumbres o “no dejar que se pierda”, como si lo perdido no fuera tal vez lo más importante y lo que más hace en las personas. Que lo puedan leer en Eslovaquia sería una forma de poner en acción ese silencio infalible. Por otro lado, no soy muy tradicionalista. Como dice Murena, al folklore le falta horror, se repite y se cierra sobre sí mismo, y me interesa más la proximidad con lo lejano, estar cerca de lo desconocido y en confianza.

-“Escribir es hablar mentalmente”, decía Lucio V. Mansilla. Bettina, con varios libros ya publicados en tu haber, ¿cómo definirías el ejercicio escriturario?
-Como algo continuo. Un caos que aprendo a manejar cambiando de método, pero también con cosas muy fijas. Como tomar notas, no apurarme. Escribo de más, desordenado. A la mañana temprano siempre y en ayunas. Con mate amargo. Siempre varios libros a la vez hasta que por alguna cosa, elijo uno para terminar. No siempre cronológico.

-Si bien cada libro es un mundo independiente, haciendo un balance, ¿cómo ubicarías La cruz eslovaca en relación a tus anteriores: El andante y en especial, Cinco años a caballo?
La cruz es un libro más estricto, tal vez una despedida de esa misma estrictez. Quise hacer algo con el exceso de control, no creer en la libertad, y escribir ahí, dentro de un tiempo real en el que se sucedían las cosas. Lo sostuve con nada. También con lecturas. La bisagra es lo que estoy corrigiendo ahora.

-¿Qué es lo que más disfrutás a la hora de corregir tus textos?
-No me encariño. Soy dura y si queda poco o hay que reescribir, bueno. Trabajo. Tengo eso de camorrearle a las cosas, no tener miedo. Cuando me resuena o veo el defasaje, va todo bien. Pero cuando no sé dónde está el problema, recurro a poder escucharme más y hablar con alguien. Pero corregir es tomar decisiones que cambian todo. No siempre las que uno quiere. Siempre comparo con la pintura o la escultura, porque ahí entiendo mejor.

-¿Contás con algún libro de cabecera argentino?
-Al que más vuelvo es a H. A. Murena, en toda su obra. En Caína Muerte, en Polispuercón, en Folisofía. También en Los herederos de la promesa, o en sus ensayos. Son relaciones distintas. Me acompaña. Pero si pienso en uno de cabecera que me decapita es la novela Antonio Di Benedetto, Zama. Es como un faro mendocino. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo lo hace? Los Cuentos completos. Hay mucho para aprender ahí. Y Sara Gallardo en Eisejuaz. Son caminos que muestran lo universal que tiene una sola experiencia.

-¿Actualmente te encontrás escribiendo algún nuevo libro?
-Sí, varios, como te dije. Me alegra escribir. Madrugo de un salto, soy un ser resortivo… me despierto con soluciones o estados a media máquina. Algunos libros quedan atrás, otros tienen su autonomía desde el inicio. Mi “actualmente” tiene años. Escribo y reescribo en estos meses tres: una novela, La música de los libros (hay un fragmento en Palabras Amarillas, pero no sé si mantendré el título). Lecturas de la muerte (hay un fragmento en Librospeligrosos2, como “La última lectura”) y El hombre del museo, donde escribo desde el confuso arte de posar o donde habla un cíclope que restaura cuadros de Daneri. Lo que voy leyendo también cambia lo que escribo. Otras veces son los amigos. Lecturas de la muerte, para darte un ejemplo, lo escribí de un golpe feliz después de una conversación con un compañero de la primaria. Antes de la era de Internet (en Pergamino) iba a mueblerías viejas que tenían restos de bibliotecas de estancias. Leía la primera página y con eso decidía si compraba o no. Así descubrí a Germán Arciniegas, a Juan Filloy, a Hilaire Belloc o a Giovani Verga. Después por haber escuchado nombrar autores a los amigos: Lorenzo García Vega, por decir uno. Giovanni Papini también. Los rusos como Shklovski o Bulgákov me dan más ganas de escribir. Además de lo que estoy escribiendo está Cinco años a caballo que me lo siguen pidiendo. El año que viene se hará la reedición en español y la primera edición en inglés: Five Years on Horseback, con Editores Argentinos. Pero el rezagado de siempre es mi novela Gemelar. Está relacionada con el lenguaje y con la separación por lo idéntico. En el lenguaje también hay monstruos dobles, pero hay que cortarlos con una frase que casi nadie pronuncia. En el fondo es una renuncia a la gemelitud. Quizás espero encontrar algún día a quién presentársela (la renuncia y la novela).

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