Foto: Nad Rivero

Marcelo Acevedo publicó en el suplemento cultural joven del diario Tiempo Argentino (Ni a Palos), la revista Brando, la revista Cine Fantástico y Bizarro, Hacerse La Crítica y La revista Próxima. Actualmente es editor de la revista NAN y redactor en la revista de cine digital 24 Cuadros. Además colaboró escribiendo un capítulo en el libro de cine Latidos, el pulso del cine argentino (Fan Ediciones), y en los libros recopilatorios de Hacerse La Crítica. En estos días escribe un libro sobre la saga Mad Max que será publicado este año, una novela gráfica basada en la vida de Philip K. Dick, y un cuento de niños ilustrado.

La ciencia ficción y su carácter profético

– Creo que no podría adjudicarle a la ciencia ficción un carácter profético ya que, de existir, el don de la profecía se supone sobrenatural, algo así como un vistazo al futuro que llega a través de la inspiración divina, y la literatura –o más bien el arte en general- se trata de trabajo duro, dedicación, mucha imaginación y finalmente un poco de inspiración terrenal.
Ahora bien, aclarado esto, es innegable que la ciencia ficción en varias oportunidades ha propuesto ideas geniales nacidas de las plumas de sus mejores escritores –con todo su bagaje sociocultural y científico- que terminaron convirtiéndose en realidad. Hablamos de un género que suele jugar a imaginar el futuro, razón por la cual muchos autores han arriesgado inventos, esbozos de avances tecnológicos, e incluso distintos tipos de sociedades, desde las ideales (utopías) hasta las más pesadillescas (distopías), pero siempre dentro del límite de lo posible o probable, lo que lo diferencia del género fantástico. Es decir; nadie cree posible que existan los Elfos o los pegasos, pero sin embargo es probable que en un futuro podamos terraformar el planeta Marte o que en algún momento de este siglo seamos testigos de la singularidad tecnológica.
Muchas veces estos arriesgados escritores la pegan con sus “predicciones”, y por esto, entre otras virtudes, es por lo que son recordados y quedan para la posteridad. Pero la mayoría de las veces erran horriblemente, y esa es la parte que se desvanece del imaginario popular. ¿O acaso alguien recuerda las pifias de Julio Verne o Isaac Asimov? Y sin embargo este es el motivo por el cual los textos se vuelven anticuados, anacrónicos, extemporáneos, y envejecen pronto, cuando los autores se encierran solo en esa idea –que también flota en el imaginario popular- de que la ciencia ficción tiene que transcurrir indefectiblemente en el futuro o hablar de él de alguna forma.
Estoy de acuerdo con Capanna en que las propuestas de la ciencia ficción se terminan convirtiendo en lo que comúnmente se conoce como profecías autocumplidas. Para ser más claro: un autor propone una idea que en el futuro algún científico -amante del género o no- desarrolla y lleva a cabo gracias a aquello que leyó en alguna novela o cuento. Yo creo que todos esos inventos se hubiesen realizado de todas maneras, los hayan anticipado los autores del género o no, solo que la ciencia ficción los pensó y materializó en sus mundos ficcionales antes que los científicos, ingenieros o inventores.

Lovecraft

– Lo que le pasó a Lovecraft, su problema, es el mismo que el de muchos autores de terror o ciencia ficción: escribía literatura de género. Y la alta cultura, la academia, los grandes críticos, nunca pudieron considerar cosa seria al arte de género. No así sus millones de lectores a través de los años y alrededor del mundo, que forman –formamos- una especie de culto en torno a sus oscuras creaciones. Es la eterna lucha entre Apocalípticos e Integrados, como los denominó Humberto Eco. Capanna cuenta una anécdota que grafica a la perfección esto de lo que hablamos: en el examen final de una de las materias de la carrera de Filosofía presentó un trabajo sobre la literatura de Lovecraft, y cuando explicó de qué se trataba uno de los profesores le dijo “Ah, pero usted está hablando de esas historietas que leen los chicos. ¡Esto es la facultad de Filosofía y Letras, una institución seria!”.

Pero lo cierto es que Lovecraft siempre tuvo una buena fanbase. Hoy en día con la globalización, Internet, la literatura digitalizada, el cine –que aún tiene deudas pendientes con este autor-y la masificación de su mitología y las leyendas urbanas, sus historias de horror cósmico y su particular bestiario con nombres impronunciables llegan a lugares impensados.

De todas maneras yo no creo que Lovecraft esté legitimado. No al menos de la forma en que lo merece. La influencia de Lovecraft es inabarcable, los ecos de su literatura de horror cósmico aún resuenan en autores y autoras tan disímiles China Miéville o Mariana Enríquez, directores de cine consagrados como John Carpenter, historietistas de alto nivel como Grant Morrison o en videojuegos clásicos como el primer Alone In the Dark.
Como dijo Capanna sobre los textos de Lovecraft: “no dice nada y deja que uno se lo imagine todo. Se pasa tres páginas hablando de un horror inenarrable y cada uno se lo imagina como quiere. Eso es literatura”. Lovecraft, al igual que Tolkien, Martins o Herbert creó un universo único, con su propia historia y sus mitos, dotado de un lenguaje específico, poblado de criaturas increíbles – casi inconcebibles- y todo dentro del marco de unos relatos de horror gótico-cósmico que sin duda dejaron huella en nuestra cultura pop. Y aun así, su nombre no es tan conocido y respetado como debería. Ya llegará su momento. O no. Tampoco es tan importante. Sus textos están ahí para el disfrute de cualquiera. Eso es lo que de verdad importa.

“La tecnología avanza en una sola línea”

– Una de las cuestiones por las que se muestra preocupado Capanna es la acumulación excesiva de obras que nunca vamos a leer, ver o escuchar. Es cierto que en la actualidad podemos descargar las obras completas de Thomas Mann o de Marcel Proust en diez minutos, pero la pregunta que importa es ¿vamos a tomarnos el tiempo de leer La montaña mágica o los siete tomos de En busca del tiempo perdido? ¿De qué sirve acumular en el rígido de nuestra computadora toda la filmografía de Fassbinder si apenas vamos a ver dos, tres, cinco o a los sumo diez películas, cuando su obra completa abarca más de 40 títulos? ¿Nos damos tiempo de disfrutar del arte que obtenemos, de “consumirlo” realmente? ¿O el verdadero disfrute hoy pasa solo por tener, acumular, ostentar?
Otra de las cuestiones que preocupan a Pablo con respecto a la tecnología es que perdamos el disfrute de las obras. Si uno tiene todas las películas a su disposición ya no disfruta tanto el ir al cine, cuando antes esperaba ansioso el estreno. “No está mal que abunde la información, pero hay que educar a la gente para no saturarse”, asegura con certeza.
Yo agradezco vivir en esta época en la que tengo todo tan al alcance de un click. Soy un tipo muy curioso y me parece mágico el hecho de poder estudiar un movimiento o subgénero cinematográfico y saber que puedo encontrar todo ese material en la red a mi disposición, o que si descubro una banda de los ’70 que no conocía puedo escuchar toda su discografía online, o incluso descargarla para llevarla en mi reproductor portátil. Digo ¿a quién puede afectarle tener en MP3 los 32 discos de estudio de The Fall para terminar escuchando siempre This Nation’s Saving Grace? A nadie.
El problema, creo yo, está en la dependencia total de las nuevas tecnologías, en la idolatría del celular y el amor desmedido por las redes sociales. Y no lo digo con la pretendida solemnidad revolucionaria de un ludita, ni como un viejo choto que rechaza la tecnología moderna. Creo que la técnica es inherente al ser humano, es parte de nuestra naturaleza. A mí me gustan los gadgets, intento aprender, aggiornarme, estar al tanto de los avances tecnológicos. Me fascino con temas como el post-humanismo, la inteligencia artificial o la singularidad tecnológica. Pero también veo cómo nos afectan estas nuevas tecnologías, como modifica nuestra forma de comunicarnos, nuestras relaciones. La problemática no está en utilizar el celular para buscar información vía Google, el lío viene cuando uno deja de aprender cosas nuevas o no le interesa memorizar una historia porque la puede googlear, o cuando a alguien no le importa aprender un camino porque total “tengo Google Maps en el celular”. El verdadero problema es que vamos a terminar convertidos en ciudadanos hipertecnificados, trabajadores disponibles las 24 horas del día y los 7 días de la semana para nuestro trabajo, alienados por las notificaciones del celular, desesperados por responder un mensaje, chequear los mails a las tres de la madrugada o revisar los Me gusta de nuestras redes sociales, como explica el filósofo italiano Maurizio Ferraris en su ensayo Movilización Total.
Pero Ferraris también dice que la tecnología es lo más grande que la humanidad haya realizado –incluso más grande que el pensamiento-, y se pregunta “¿Quién habría imaginado que los seres humanos amasen tanto escribir?” y cuenta que esto es posible gracias a la tecnología. El italiano es optimista y asegura que nunca ha habido tanta cultura disponible como en la actualidad. ¿Entonces? Está todo muy fresco, en pañales. Habrá que ir analizando y comprendiendo a medida que las tecnologías avanzan y nosotros con ellas, para no demonizar sin sentido o sacar conclusiones apresuradas e infructuosas. Aunque puede que si esperamos demasiado luego sea ya sea tarde. No lo sabemos. Ahí viene el futuro que nos lo va a contar.

Stalker

– No solo concuerdo con Pablo Capanna en que Stalker es la mejor película de toda la filmografía de Tarkovski, sino que también creo con firmeza que es una de las cinco mejores películas de la historia del cine. La primera vez que la vi no podía creer cómo un director podía contar tanto con tan poco: solo tres personajes -cuatro si contamos el espacio por donde transitan los personajes, “La zona”, que claramente es un personaje más- un campo baldío, un edificio abandonado, y la promesa de un lugar fantástico y terrible. Su fotografía exquisita (del sepia al blanco y negro, y del blanco y negro al color), la impecable puesta en escena, las excelentes actuaciones y ese relato onírico de ciencia ficción filosófica hicieron que me olvide por completo de su extensa duración. Cuando apagué el DVD y miré la hora me di cuenta que habían pasado dos horas y cuarenta y cinco minutos. Es una lástima que Tarkovski de alguna manera haya renegado de la ciencia ficción y el arte de género en su –imprescindible- libro Esculpir en el tiempo, donde intenta despegarse de la “baja cultura”. Aun así, le guste o no al más grande de todos los rusos, Stalker es una obra maestra de la ciencia ficción. La película es una adaptación de la novela corta de los hermanos Strugatski –quienes ayudaron en el proceso de escritura del guión- Picnic junto al camino que es, por cierto, un libro muy recomendable.

Por qué leer a Capanna

– Porque Capanna le (nos) enseñó a varias generaciones a pensar la ciencia ficción en profundidad, a analizarla y comprenderla desde otro ángulo, a observarla desde otro punto de vista, uno mucho más rico y menos simplista. Porque defendió a la ciencia ficción y la fantasía de las huestes de la alta cultura que pretenden eliminar todo lo que tenga que ver con el arte de género, y gracias a esa lucha la jerarquizó, aún más si se quiere, con sus ensayos y sus biografías. Porque escribió el primer ensayo sobre ciencia ficción en castellano, esa biblia del género llamada El sentido de la ciencia ficción. Por todos esos enriquecedores y divertidos textos sobre ciencia y cultura que pudimos disfrutar en la sección Futuro del diario Página/12 en futuro. Porque escribió una de las pocas biografías que existen en el mundo del subestimado escritor Cordwainer Smith. Porque escribió una excelente biografía sobre Philip K. Dick que no tiene nada que envidiarle a la de un autor internacional como Emmanuel Carrére, y también escribió biografías de artistas imprescindibles como Andei Tarkovski o J. G. Ballard. Y por todos los años y el esfuerzo intelectual que dedicó a comprender y enseñar de que se trata, en el fondo, ese género increíble y universal que llamamos ciencia ficción.

*

Marcelo Acevedo recomienda:
Soy un melómano obsesivo y por lo tanto me es imposible elegir una canción, un disco o una banda por sobre las otras. Tampoco podría elegir cinco, o diez, sin sentir que estoy siendo injusto con las bandas que dejo afuera, pero sobre todo conmigo mismo. Así que voy a optar por hablar de lo que más escucho en la actualidad.

Me siento tentando de recomendar a Maphurpa, una banda experimental y oscura, casi un culto pagano moderno, pero lo cierto es que aún no han grabado nada y no sé si lo harán en el futuro. Además, son más bien una leyenda underground, y a veces a es mejor no sacar ciertas cosas a la luz, así que por ahora mejor los dejamos tranquilos. Voy a optar, entonces, por recomendar no una banda, ni un género, sino la escena de un país: Australia. Hay que posar los ojos y agudizar el oído en la actualidad rockera de esa isla en Oceanía que nos dio películas de culto como Wake In Frigth, Mad Max y Patrick, porque en los últimos años en esas tierras áridas ha florecido una camada de bandas neopsicodélicas y garageras de alto vuelo como Jagwar Ma, los imprescindibles Tame Impala, Pond y Gum (ambas con Jay Watson -baterista de Tame Impala- como miembro fijo) pero sobre todo la increíble, polifacética y ultra prolífica King Gizzard & The Lizard Wizard, tal vez la banda más increíble de los últimos años, unos enfermitos que se propusieron grabar 5 (¡cinco!) discos en 2017 ¡y lo lograron! Pero lo más increíble del asunto no es la cuestión cuantitativa sino la cualitativa: cada uno de estos discos tiene una calidad superlativa y se complementa con los anteriores como si de una inmensa saga musical infinita se tratara.