Luego de treinta años de matrimonio el imbécil de Boris abandona repentinamente a la poeta Mia Fredricksen por ir detrás de un par de tetas grandes – un par de tetas que por cierto no lo llevarán muy lejos. Las consecuencias inmediatas se reflejan en un rapto de locura que lleva a Mia a ser internada por un breve periodo en el hospital psiquiátrico de Brooklyn.

Tras su rápida recuperación, Mía decide pasar el verano en Bonden, su ciudad natal, lejos de la casa que compartía con su esposo:

“Las habitaciones, los muebles, los sonidos procedentes de la calle, la luz que iluminaba mi estudio, los cepillos de dientes alineados sobre el pequeño estante (…) yo sentía cada cosa como un hueso dolorido, una articulación, una costilla, una vértebra, que formaban parte del esqueleto de los recuerdos compartidos, y cada objeto conocido estaba cargado de significados acumulados por el tiempo, un lastre que mi cuerpo ya no podría soportar.”

Los días pasan entre las clases de poesía que dicta a un grupo de adolecentes mujeres y las visitas a su madre internada en un geriátrico.

La invasión de recuerdos cuando niña logra un grado de identificación al que pocas veces asistí cuando dice:

“A mí me encantaba estar enferma para quedarme con mamá, no cuando vomitaba o cuando me encontraba realmente fatal, sino en esa fase de recuperación progresiva. Me encantaba estar tumbada en mi camita especial y sentir la mano de mamá comprobando si tenía fiebre o no, y luego deslizándose hasta mi pelo sudoroso. Me encantaba sentir sus piernas moviéndose cerca de mí, escuchar cómo su voz adoptaba aquel tono especial, cantarín y tierno, para dirigirse a la enfermita que me hacía desear estar siempre indispuesta y yacer indefinidamente en aquel pequeño camastro, pálida, romántica, patética, mitad yo, mitad actriz lánguida, pero siempre con mi madre dando vueltas alrededor”.

La rutina se estira y agiganta mientras espera la inminente llegada de su hija, la otra voz que compone el tapiz decididamente femenino armado por Hustvedt. Un mundo donde, al menos en ese verano, la figura del hombre es desplazada y despedazada con cierta justicia.

La forma en que van construyéndose las tensiones entre mujeres y hombres, relatadas a muchas veces con humor y los dibujos que se cuelen arbitrariamente, recrean una idea liberadora del abandono, como si personaje y escritora estuviesen exorcizando viejos dolores.

Luego de esa temporada en el infierno, posiblemente vengan aguas mas calmas, y cuando digo posiblemente es algo que el relato insinúa pero que a su vez está ausente, algo así como una ilusión, pero ya sabemos que las esperanzas son tan inútiles y vacías como los recuerdos.

Sin embargo sobre el final, la doctora le dice a Mia en uno de sus tantas llamadas telefónicas: “incluso desmoronarse puede tener un propósito, un significado”. Quizás para ella, porque la realidad es que desmoronarse es sencillamente desmoronarse.

El verano sin hombres

Siri Hustvedt
Anagrama, Panorama de narrativas