Foto: Luis Andrade
Foto: Luis Andrade

Curioso libro solipsista acaba de escribir Elvio E. Gandolfo. Tal vez, su mejor novela publicada a la fecha, Mi mundo privado (Tusquets), pone evidencia la relevancia que tiene la imaginación a la hora de poder abstraerse del universo y comenzar a construir su propia realidad: su mundo privado. Gandolfo nos brinda así, una trama de doble novela. Es decir, una novela macedoniana.

¿Cómo surgió la idea de Mi mundo privado?, ¿con qué idea de estructura comenzaste la novela?; ¿se trata de un libro improvisado, o pensaste originariamente la idea como relato y luego mutó en novela?
La idea de Mi mundo privado apareció tal como se describe en la primera página: como un flash ante la confluencia de dos elementos: un video de la BBC sobre mantarrayas gigantes y una novela que nunca escribí, que se llamaba El día. Era una reacción contra el peso exagerado de lo real inane (impuestos, caños tapados, lentitud de ingreso de dinero, etc.). Lo fui armando a medida que surgía, sin un plan previo

¿Y mientras la escribías, que fue pasando con la trama?
Lo único estable es mi punto de vista, o mejor el tono de mi punto de vista, que le da consistencia.

Pregunta obvia, pero imposible de evadir: creo que este libro es tu publicación más autobiográfica, aunque, no se trate de una autobiografía. ¿Sentiste que estabas rozando ciertas “zonas prohibidas” de la intimidad del escritor?
No. Si las escribo no son prohibidas, y si son prohibidas de verdad, no las escribo. Tengo algunos textos autobiógraficos anteriores, como “Ómnibus” o el cuento “Filial”.

A su vez, por momentos el libro parece ir más hacia lo disperso que hacia un relato centrado en la mente de un escritor.
La dispersión es típica de la mente de un escritor. O de un director de cine bueno. O de un poeta.

Montevideo y Rosario, dos ciudades esenciales en tu vida, y en la narración de esta novela. ¿Qué cuestiones te plantea esa situación, en términos de lenguaje, a la hora de escribir?
A nivel consciente, ninguna. En el tono que sale, si las busco, puedo ver las huellas de la lengua rosarina, o montevideana, por así llamarles. Además actualmente la principal batidora de lenguaje, que es Internet, ha borrado bastante las diferencias extremas. Hace poco leía a Rulfo y me impactaba el grado de “mexicanidad” que tenía, al mismo tiempo que es universal. Además mi búsqueda principal no es a través del lenguaje, como en, digamos Faulkner, Osvaldo Lamborghini o Guimaraes Rosa.

Más allá de la tradición literaria que hay sobre la figura del abuelo, ¿por qué te interesó escribir una historia donde existiera el vínculo abuelo-nieto?
Porque en mi mundo privado mi nieto Iñaki tiene mucho peso.

¿Quedó algo de Mi mundo privado, que no hayas incluido en la novela?
No. Lo que sale editado, un poco corregido, es lo que escribí.

Has tenido una vida dedicada intensamente a la literatura y, también, a las amistades. ¿Cómo pensás que Mario Levrero hubiese reaccionado con la lectura de esta novela?, ¿Pensás que su mundo privado hubiese diferido mucho del tuyo?, ¿por qué?
Jajaja. No bien me nombran a Mario (o Jorge, como le decía más en los últimos años de su vida) me pongo a reír. Podría gustarle. O decirme que podía dedicarme más bien a vender empanadas. No era especialmente coherente, y no tengo la menor idea de a qué se parecía su propio mundo privado, salvo por los trozos que dejó entrever en su obra.

¿Observás influencia de tu poesía en tu narrativa?
Más bien a la inversa. Noto una influencia de mi narrativa (y la de otros como Stevenson), sobre mi poesía, salvo poemas específicos donde conozco el origen en otro poeta.

Con libros ya clásicos para la literatura argentina como resultan ser La reina de las nieves y Boomerang, ¿existe un estilo Gandolfo?, o si preferís, ¿el estilo de un escritor está en la frase?
Mientras escribo no soy consciente de un estilo. Cuando me releo, como cuando corregí más de una vez mis cuentos completos, sí. Era mucho más minucioso y literario en el sentido clásico en los primeros libros. En los últimos me noto más suelto y apegado a lo personal. Pero sé que cambiará, por ideas que tengo para escribir.

Hoy, al borde de los 70 años de edad, y mirando al pibe que en los ’70 trabajaba en la mítica El Lagrimal Trifurca. ¿Ha pasado mucho agua bajo el puente en relación a los gustos literarios de entonces, con respecto de ahora?, ¿sentís que tus aspiraciones, en cuanto a escritor, están siendo saldadas?
Recuerdo aquella época como más rica en la cantidad de estímulos de todo tipo que llegaban de todas partes, físicamente hablando (libros, películas estrenadas en cine, conciertos concretos, etc.). Además había menos filtro del así llamado “mercado”. Hoy en cambio los estímulos son muchos más, digitalmente hablando, pero uno tiende a acumular cientos, miles o millones de libros, películas, canciones, etc. en pen-drives o e-books, que se convierten en una especie de pizza galáctica indigesta.

¿Qué leés de la literatura argentina de estos días?
Como escribo crítica para la revista Noticias y el diario La Nación, incluyo un buen porcentaje de literatura argentina. Además consumo todo lo que puedo de lo viejo y lo nuevo, y tengo zonas acumuladas para encarar (los libros que todavía no leí de Carlos Correa, por ejemplo, o de César Aira, o de Macedonio Fernández).

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