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En Felicidad Clandestina, el relato que abre el libro homónimo, Clarice Lispector es una niña que envidia a una compañera de escuela por tener un padre librero. La perversa compañera le promete día tras día un libro que nunca le presta, y mientras crece el deseo también crece la desazón por algo que aparentemente nunca va a tener.

Tanto en ese cuento como en los otros que componen este volumen, Lispector despliega un abanico infinito de recuerdos de su niñez al tiempo que inventa otros.

En un relato por ejemplo y con solo nueve años, se enamora de su maestro.

En otro, una niña trata de disfrutar del carnaval mientras piensa en su madre moribunda.

Otra niña observa tanto sus gallinas que llega a conocerles el alma, pero cuando su familia decide cenar a una de sus mascotas, ella la come con una voracidad tal que cree poder fraternizar con el animal en ese acto, la comunión del espíritu y la carne.

Prematuramente inteligentes, lo que los hace prematuramente infelices, los personajes suelen detenerse en detalles insignificantes que nos llevan generalmente a una moraleja.

Su escritura es perenne y desdichada como los niños o los grandes de los que habla, que a decir verdad no son otros que la propia Clarice cambiando de voz y de cuerpo.

Se sabe que por su imposibilidad la felicidad es clandestina. Pero a veces, y solo a veces, ese mismo dolor nos da una tregua, un breve respiro mostrándonos recovecos menos desesperanzados.

En esos momentos la mirada se renueva y de algún modo, nos ayuda a salir a la calle a mirar de nuevo, a mirar otra vez, a mirar desde cero, como cuando éramos niños.

Clarice Lispector
Felicidad Clandestina
El Cuenco de Plata, 2011