El aprendizaje de la escritura

La demora se publicó en la editorial Siesta en 2003, una editorial pequeña, con un catálogo excelente. Este libro fue escrito a fines de la década del 90, y principios de la década del 2000. A fines de 2016 lo reeditó la editorial Deshielo. El proceso de composición del libro sintetiza una experiencia personal. La pasé muy mal en los ’90. Trabajaba a destajo, y estaba aprendiendo a defenderme de los avatares sorpresivos del mercado, que te amenazaba todo el tiempo con su dedo índice. Incluso esa lógica perversa deseaba que creyeras que era lo único que había, el único horizonte adonde llevar adelante una vida, y un deseo. Hace poco escuché una propaganda oficial que dice “sos una PYME”. Proclama una equivalencia entre tu identidad (tu energía) y un emprendimiento económico. Qué horrible. Desde el vamos para comprender esa publicidad tenés que saber el término PYME, y luego aceptar que tu identidad quede cosificada en la idea de un emprendimiento en función del capital. De todos modos, me sorprende ver frecuentemente, aún en las personas discurso progresista, cómo se rinden a los supuestos beneficios del mercado, asintiendo a su alucinación. La demora quiso ser la escritura, y la reivindicación de un hueco (una demora), de un tiempo intersticial que rompe con el aceitado mecanismo de la eficacia social en función del capital. Una demora es una suerte de ruptura. Una ruptura del tiempo fluido. De todos modos, esa experiencia de época, si se filtra, creo que aparece en el libro sólo como un resquicio. Esa experiencia del mar, la escena de un perrito herido, esa escena de acumulación de ramas en el campo como un juego en un costado junto a Sofía se relaciona con esa resistencia involuntaria a esos movimientos de alienación. Respecto de la dimensión política del libro, si la tiene, tal vez esté en la escenificación de espacios que se desvían de los tormentos de la obediencia. Y espero también en el uso de un lenguaje, de un susurro que vulnere un límite aceptado. Me gustaba esa idea de demorarse que era una forma de la ineficacia: aclaro que la ineficacia en ese contexto tiene, al menos para mí, un matiz positivo. “Los Cisnes” de Darío es un poema político. Versos libres de Martí es poesía política (“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”). Qué maravillosa esta poesía; su sustrato político radica en el nuevo lenguaje que propone para la poesía latinoamericana. La poesía latinoamericana del siglo XX comienza con Versos libres, aunque se haya escrito en el siglo XIX: la eliminación de la rima, el uso del hipérbaton, los constantes apóstrofes, el léxico enrarecido, la reflexión acerca del acto de enunciar (“De gorja son y rapidez los tiempos”) y de que es un libro que está construyendo un lector nuevo es algo que lo vuelve extraordinario. Es un mensaje respecto de los procedimientos. La poesía resulta política, precisamente, porque su elemento social básico, el lenguaje, vulnera los límites aceptados respecto del modo en que es posible enunciar en ese presente, y profetiza en su acontecer, en su existencia misma, una nueva forma del discurso. De todos modos, me interesa algo que también está en Martí: ¿qué significa un verso sencillo? Sus Versos sencillos. Sabemos que la sencillez es una retórica, pero aunar sencillez y emotividad en la poesía es un arte muy complejo.

Breve mitología familiar

En mis poemas menciono a mis hijos, a Cris, la gente que amo: el amor infinito. Y un ámbito donde dialogar. Están también algunos amigos, mis padres, mi hermano. Salió así mi poesía. Un espacio habitado por seres que quiero, y que me interpelan. Un círculo de afectos. Una construcción que se fue armando con el tiempo y los avatares de mil cosas en medio de la vida. Más que como certezas, como misterio. Borges escribió algo de Baldomero que, a principios del siglo XX, consideró insólito y hasta revolucionario: “Había mirado alrededor”. Esa mirada sobre lo que nos rodea es una primera pasión. Escribir acerca del jardín, los árboles, Mar del Sur, lo que me ha rodeado, o mejor, acompañado. Cuando me mudé a esta casa, yo escribía frente a una ventana que daba a un jardín un poco derruido; sin embargo en ese espacio sucedían mil cosas; crecían y se marchitaban las plantas, caían hojas, viajaban hormigas con hojitas en sus cuerpos diminutos, venían pájaros de todos lados (horneros, jilgueros, gorriones, cabecitas negras, incluso picaflores). Eso aparece en Velocidad crucero que se publicó en 2014. Una experiencia transitoria: “unos días” en la vida. Esa experiencia de lo transitorio es lo real. La vida es contingente y en eso radica su belleza, quizás; al mismo tiempo produce vértigo: todo termina. Escribir sobre lo transitorio es un acto realista y propone una imaginación: ¿qué hacer con eso? Hay poetas que saben hacerlo: miran alrededor y reconocen lo bello del mundo. Y también lo que no es bello. Georg Trakl; Estela Figueroa.

Una política sentimental

La lengua poética: de eso ya hablé un poco. También de la dimensión política de la poesía. Respecto de los poemas me gustan muchos tipos de poesía. Pensemos en la subjetividad. Por ejemplo, entre otros tipos de poemas, me gustan muchos de los llamados poemas objetivos u objetivistas. Hablemos de esos poemas que narran el peso de las cosas, las cosas dispersas por el mundo, en un paisaje urbano o rural, y una mirada que parece renunciar a toda efusión. Eso, desde ya, es un artificio: un modo de ver y de construir un poema. La subjetividad no se puede evitar: está en esa disposición del poema, en esa mirada. En eso radica la singularidad del poema.

Respecto de la religiosidad tal vez tenga que ver con cierta imaginería leída en La Biblia en la niñez, y también después, en la adultez. Es un libro que me gusta mucho. Esas escenas crudas, cruciales, de traiciones, entregas, decisiones inquebrantables son escenas dramáticas, tremendas, de una tensión narrativa realmente impresionante. Los ritos de pasaje en relación a la trascendencia (la Navidad, la Pascua, todo eso es misterioso, una especie de diálogo con lo desconocido; es como inscribir letras en el cielo). Pero la religiosidad, también, es una actitud de apertura y asombro frente a la contingencia. Religiosidad no es equivalente a dogma religioso. Por lo menos a mí me parecen distintos. Un manojo de tierra, la helada de la mañana en el pasto, el aire que mueve un poco las hojas son hechos asombrosos cada vez que suceden. Una mañana nueva no es algo del orden de la rutina. Al menos para mí, una mañana nueva es una suerte de salida. Esos momentos pequeños que narran historias mínimas establece en mi caso una sintonía con lo frágil. Eso entiendo por religiosidad.

El discurso del invierno

Es un libro que se vincula con El fin del verano. Hay allí un poema que se llama “Familia 2” en donde cuento que voy con mi hermano en un auto, rumbo al trabajo, y estamos en un estado de amenaza (“Nos acompañan/ las voces de la radio/ y la historia/ de nuestra descomposición. El mercado también/ resulta atroz con nosotros/ y exhumamos los miedos/ allí,/ en el automóvil”). La demora se proyecta en un libro de 2010, Materia: ocurre que La demora es la búsqueda de lo pequeño acosado por el contexto y el agobio de una época. Materia ya es, me parece, una suerte de decisión (de liberación), un viaje solitario con los seres que amo a los mares del sur, a las playas desoladas del invierno. Lejos de todo.

“Brilloso como un témpano / el día / persiste / aquí, allí. Sin cansancio / recibo el / deterioro / como una forma de avance”.

La poesía no tiene función precisa, tal vez no sirva para nada, pero sí hace algo: pone en un límite al lenguaje, y resignifica o llama la atención sobre las zonas envejecidas de la lengua. Esto es: interpela a las palabras, las frases, los clichés, y los conecta con la vitalidad: es decir con la voz. Esa reflexión sobre la inutilidad de la poesía, sus usos, e incluso su utilidad está en un libro muy bello que leí hace poco: Cuaderno de oficio, de Mirta Rosenberg.

El poema es también una música, ¿no? Una música verbal. Posee una cadencia. Sin el principio del ritmo, un poema no tendría sentido. Sonido y sentido se retroalimentan. Oscilan entre sí, decía Paul Valéry. Ahora bien, el ritmo no es necesariamente armónico. El ritmo es una forma de respiración; revela una singularidad, y también da cuenta, en el ámbito de lo público, de las formas de apropiación de la lengua por parte de una comunidad. Ese modo de enunciación es también una música. Los tonos, las inflexiones con que los hablantes de cada lugar pronuncian sus palabras implica un modo de ver las cosas.

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Carlos Battilana recomienda las siguientes canciones:

Hay muchas canciones que me gustan. Que me acompañaron en muchos momentos. Te menciono algunas que se me vienen ahora a la cabeza. “Mañana en el Abasto” de Luca Prodan; “Stand by Me” de John Lennon; “Raros peinados nuevos” de Charly García; “Tristezas de la calle Corrientes” de Homero Expósito y Domingo Federico; “Barro tal vez” de L.A. Spinetta; “Esa estrella era mi lujo” de los Redondos; “Another Brick in the Wall” de Pink Floyd.

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La demora

Ediciones Deshielo. 2016. 56 Páginas.

Carlos Battilana
1964, Paso de los Libres.
Es autor de Unos días (Libros del Sicomoro, 1992), El fin del verano (Siesta, 1999), La demora (Siesta, 2003), El lado ciego (Siesta, 2005), Materia (Vox, 2010), Presente continuo (Viajera, 2010), Narración (Vox, 2013), Velocidad crucero y otros libros (Conejos, 2014) y Un western del frío (Viajero Insomne, 2015). Publicó las plaquettes Una historia oscura (Ediciones del Diego, 1999) y La hiedra de la constancia (Color Pastel, 2008).