Compartir

Oscar Conde (1961), ha publicado La risa postergada (Peces de ciudad), su tercer poemario, y acaso uno de los mejores de la década. De su estilo, bien podría decirse lo que cierta vez, hace medio siglo, afirmó Leopoldo Marechal sobre Horacio Salas y su dominio de la lengua: “un idioma sobrio que dice lo que quiere decir, sin rebuscamientos inútiles y sin esas gimnasias del lenguaje que parecen constituir la base de algunas estéticas contemporáneas”. Transparencia semántica, sí, pero sin necesidad de ser fácil, sencilla, demagógicamente comprensible. Así, la risa postergada es un pequeño gran libro que ofrece una forma modesta de ser, una manera sincera de plantarse frente al mundo. Verdadera.

Oscar Conde es poeta, ensayista y docente universitario. Profesor, licenciado y doctor en Letras, actualmente es profesor de Lengua Española II en la Universidad Nacional de Lanús (UNLa), también del Área de Literatura Argentina en la Universidad Pedagógica Nacional (UNIPE), y profesor titular de la materia Lunfardo en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Asimismo es miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo, y de la Academia Nacional del Tango. Es autor del Diccionario etimológico del lunfardo (1998) y de la reedición de La muerte del Pibe Oscar, de Luis C. Villamayor, primera novela lunfarda, entre otros títulos. Sus libros de poesía publicados son cáncer de conciencia (2007) y gramática personal (2012).

La risa es un tesoro sagrado para vos. ¿Por eso el mérito de postergarla?
-Es que no lo considero un mérito, sino más bien un demérito. Es una forma de entender el mundo, que tiene que ver con el modo en el que a uno la vida le ha formateado en su infancia el disco rígido. Hay dos ejes centrales que atraviesan mi historia personal: la necesidad de sacrificarme para conseguir las cosas y la incapacidad plena de disfrutarlas. El tema del sacrificio no es una ocurrencia caprichosa: desde chico todo en la vida me costó mucho, excepto el amor de mis padres. Todo lo demás me costó. Pero al mismo tiempo la superación de cada obstáculo me ha dado una fortaleza muy grande. Por ejemplo, a los 11 años descubrí que quería escribir. Leer y escribir toda la vida. Apenas me enteré de que los escritores tenían una máquina de escribir me propuse tener una, pero mis viejos no me la podían comprar. Al día siguiente de terminar la primaria empecé a trabajar, y lo que gané ese verano fue para comprarme una hermosa Olivetti portátil que me acompañó hasta la llegada de mi primera computadora. En cuanto a esa anhedonia imperfecta, es un tema que he tratado mucho en terapia, a pesar de lo cual no he podido resolverlo. Cuando llega la risa es (tiene que ser) como un premio. Lo demás es tratar de pasarla lo mejor posible, reírme con mis amigos, con mis colegas, con mis estudiantes. Pero es habitualmente carcajada. No risa. No risa de verdad.

A la risa postergada lo iniciaste allá por 2003, pero recién lo has terminado en el 2017, lo cual, imagino, te dio un buen tiempo para pensarlo en cuanto libro: armar la secuencia de poemas, trabajar el equilibrio tonal de cada pieza, etc. ¿Podrías referirte a ese proceso de elaboración?
-Así han sido hasta ahora los tres libros de poesía que edité: el resultado de muchos años de maceración. Yo no creo en el artista que termina una obra (un poemario, un disco, un cuadro, una novela) y al toque ya la está mostrando. Creo que uno tiene que tener un poco de pudor… y de autocrítica también. Escribo poesía desde los 15 años y es cierto que he entregado poemas a antologías, concursos y he participado de lecturas poéticas, pero el primer libro que publiqué, cáncer de conciencia, lo publiqué en 2007, cuando tenía 46 años. No fue por un problema de inseguridad, sino de decencia. Quise estar seguro de que cinco años más tarde no me iba a avergonzar de ese libro, o de alguno de sus poemas. Me pasó lo mismo con gramática personal, que es todavía un proyecto (es decir, un libro completamente planeado con los títulos de todos los poemas) más antiguo, iniciado en los años ’80 del siglo pasado. Y ahora sucedió otro tanto con la risa postergada. Siempre tengo dos o tres de libros en progreso, y en general luego de escribir un poema lo ubico dentro del libro en el que hace sentido. Muy pocas veces escribo algo en poesía que esté completamente fuera del espíritu de alguno de los libros que vengo escribiendo. En un momento dado, en una de las tantas lecturas, me doy cuenta de que ese material está casi listo. Entonces corrijo todo, armo la estructura (si es que no había sido pensada desde antes, como en gramática…) y en el término de pocas semanas corrijo algunos poemas, elimino por completo otros y escribo algunos poemas más que terminan de anudar los cabos sueltos.

-Ya desde el primer poema gravita una respiración casi confesional. En “arte culinario”, escribís: “a fuego lento pongo a hervir/ el caldo espeso/ de mis remordimientos/ salgo/ de mí.” Hay en tu poesía un marcado sesgo intimista. Me gustaría te refirieses al papel de los sentimientos en relación a tu poesía. ¿Cómo un deseo, una carencia, puede transformarse en verso?
-Aquí hay algo que quisiera decirte, más como profesor de literatura que como poeta: una cosa pueden ser mis sentimientos y otra cosa es el sujeto poético que asume la voz en mi obra. Ese tipo que habla allí no es el Oscar Conde de carne y hueso. Digamos que me roba cosas: ideas, ilusiones, sentimientos, frustraciones, dolores. A veces hasta se llama a sí mismo Oscar Conde. Yo no escribo para hacer catarsis; escribo para ser un poco más feliz, y lo hago con la esperanza de poder provocar una identificación en algunos de mis lectores. En cuanto a tu pregunta concreta: todo puede transformarse en verso.

-¿De qué modo pensás que dialoga la risa postergada con tus libros anteriores: cáncer de conciencia (2007) y gramática personal (2012)?
-Creo que hay una continuidad. La voz es la misma. La mirada sobre las calamidades del mundo también. Uno percibe tal vez el paso del tiempo, que huye incesante, y las rebeldías y los anhelos en el sujeto poemático son menos estentóreos, más modestos. Más realistas, si se quiere. Creo que cada uno de los libros refleja tres etapas de la vida adulta, tres momentos, vividos y sobrellevados con un espíritu idéntico: el de quien no cree en casi nada y, no obstante, actúa en el mundo como si creyera en casi todo.

-Es interesante cómo, siendo miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo, trabajás la lengua. ¿Cómo aflora ese oído porteño en tu poesía?, ¿de qué modo surge ese registro rioplatense en el cadencia de tus versos?, ¿qué tipo de acento te brinda ello?
-Eso ya es bastante difícil decírtelo, porque en general no es algo impostado o craneado de antemano. Siempre vi con buenos ojos el consejo del humanista español Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua (1535): escribir como se habla. Creo que Goethe dijo algo parecido también. En mi juventud, le escuché decir lo mismo a Ernesto Cardenal, un poeta admirable. Ciertamente, no parece del todo posible que se pueda cumplir en un ciento por ciento con esta recomendación. Pero, más allá de su cumplimiento efectivo o no, hay escritores y poetas que nos acercamos más a esa idea que otros. ¿Por qué voy a decir albo si puedo decir blanco? De más está decir que me pasé la vida escuchando tango y rock nacional y esas poéticas también fueron muy formativas para mí. La generación del ’60 recuperó el coloquialismo para la poesía argentina: pienso en Horacio Salas, en Eduardo Romano, y un poco antes de ellos en Gelman, en Juana Bignozzi o en Héctor Negro, todos poetas a los que he leído con entusiasmo y admiración. Creo que mi condición de lingüista y mi posición de lunfardólogo no tienen demasiado que ver con mi obra poética. Quiero decir, no escribo poesía lunfardesca. Pero es inevitable que palabras y expresiones que se usan cotidianamente en Buenos Aires, que se escuchan en la calle y en los medios, aparezcan en mis poemas. Su presencia –ya te digo, no planificada– es otro de los recursos necesarios para construir la singularidad de una voz poética.

-La incertidumbre atraviesa buena parte de la risa postergada. Esa sensación de inquietud se vislumbra en “ebullición”, pero también en: “fiftty-fifty”, “desolación”, “nadador”, y especialmente en “certezas”, donde el tiempo, en cuanto tema, cala hondo en tu voz.
-El paso del tiempo es el mayor enemigo que tuve en la vida. En la adolescencia, cada minuto libre debía tener un sentido, debía ser aprovechado, y eso por lo general significaba: leer o escribir. A los quince, en mitad de la secundaria, empecé a trabajar y ya nunca dejé de hacerlo, y no fue una patriada, sino una necesidad económica. Cuando las obligaciones inundaron mi vida, solo pensaba en aprovechar los tiempos muertos (los viajes en colectivo, por ejemplo) para leer o escribir. El último año en letras de la UBA me había propuesto terminar la carrera en diciembre, lo cual era una verdadera maratón. Cumplí con el objetivo quedándome una noche sin dormir por semana. De manera que me levantaba el sábado a la mañana y me volvía a acostar el domingo a la noche. Son ejemplos de esa sensación que me desvela, y que me desveló siempre: que el tiempo se me escurre entre las manos. Hoy, cumplidos los 56, estoy más calmado, o más resignado, pero la desesperación de saber que ya no podré hacer todo lo que quisiera hacer en la vida es un sentimiento recurrente, que me asalta casi todos los días. Creo que no soy un caso único. Pero tal vez sí roce lo patológico.

-Sobre tu puntuación y el modo de prescindir de mayúscula en tus versos, salvo de tratarse de nombres propios. ¿Buscás con esa decisión formal, acaso, ajustar tu respiración, otorgándole algún matiz en particular?
-La decisión de no utilizar mayúsculas, de comenzar cada poema con minúsculas tiene que ver con una idea: cada discurso es siempre continuación de otros en una larga cadena de intercambios. La reticencia respecto de las mayúsculas me la contagió el gran helenista Lorenzo Mascialino, mi maestro de griego y latín. Solo hay que usar las mayúsculas cuando no queda ninguna otra posibilidad. Y los nombres propios son, me parece, esa única posibilidad.

-En “lo que sos”, revelás, con un tono sutilmente elegíaco, una suerte de peculiar autorretrato. ¿Podrías recordar la historia de ese poema?
-Lamento mucho desdecirte, pero “lo que sos” es un poema de amor. El amor salva. No redime, pero salva. Por eso puede ser “la roca sólida / en una salína calcinante”, “el templo silencioso / en una ciudad atronadora” o “el hilo de Ariadna”, o “una eternidad en un minuto” o “una coca helada en el verano”.

-¿“Estamos hechos de todas/ las cosas que ignoramos”?, ¿cómo es eso?
-Parece un contrasentido, ¿no? La lógica sería pensar que estamos hechos de todas las cosas que sabemos. Pero lo que ignoramos nos define mucho más que lo que sabemos. Ese toco de ignorancias (y de falencias y de taras) es lo que nos construye como personas.

-Creo que tu poema “tres cumpleaños” sea, tal vez, el mejor del libro. ¿Qué opinión te merece? ¿Solés volver a lo que escribís con una mirada más crítica que elogiosa?, ¿por qué?
-Es interesante lo que me preguntás. Casi todos los años, el 9 de abril, que es mi cumple, escribo un poema. Casi podría armar un libro con todos los poemas que escribí un día de cumpleaños, y el libro debería llamarse cumpleaños. Lo cierto es que nunca se me ocurrió semejante cosa por algo que dije antes: muchos de los poemas que escribo no son mostrables y tampoco merece la pena reescribirlos. Un poema merece ser reescrito si hay un cincuenta por ciento que está muy bien, pero si lo que está mal es más de lo que está bien hay que abandonarlo y empezar de nuevo. Como los bocetos de un artista plástico, muchos poemas son ejercicios, son la parte del oficio que sirve para mantener la mano caliente. Entre todos esos poemas de los 9 de abril, los que integran “tres cumpleaños” me parecía que merecían ser salvados. Entendí que funcionaban muy bien juntos. Incluso en el tercero, escrito doce años después, se alude al primer verso del primero, y eso salió así, de una, en la primera versión.

-Más allá de lo obvio, Oscar. ¿Qué te posibilita la poesía que no te brinda la prosa?
-Primero debo confesarte que toda la vida quise ser novelista. Jorge Fernández Díaz (mi mejor amigo desde el jardín de infantes) y yo empezamos a escribir juntos a los doce años. Nuestros amigos se iban a la pelota o a jugar al fútbol y nosotros nos quedábamos encerrados escribiendo cuentos y novelitas que transcurrían en el viejo oeste y en el mundo de los espías. Habíamos creado cada uno un personaje, que serían nuestro propio James Bond. La falta de tiempo, y quizás también la falta de pericia y de constancia, hicieron que mi ambición de escribir novelas fracasara. Empecé varias, pero nunca logré terminar una. Jorge, en cambio, se convirtió en uno de los novelistas más importantes del país. Y, si bien lo consiguió con libros diversos –Mamá, Fernández, La logia de Cádiz–, su consagración como novelista la consiguió con sus últimas dos novelas: El puñal y La herida, protagonizadas por un espía argentino, Remil. Fijate el tiempo que le llevó a Jorge plasmar aquello con lo que soñábamos en la primera adolescencia. Unos cuarenta años. Pero lo que él logró con estas novelas supera cualquier expectativa que pudiéramos haber tenido en aquellos tiempos. Estas dos novelas están escritas de manera increíble. Creo que en este momento no hay en la Argentina un narrador tan afilado o tan potente como él. Y no hablo como su amigo, que seguí siéndolo siempre, sino como lector. ¿Hay algo que le envidie a Jorge o a cualquier otro prosista? Sí, la posibilidad de inventar un mundo, y de disfrutar ese juego, de vivir semejante diversión, por más que no ignore que la escritura de una novela es también una carga pesada y, en muchos momentos, una verdadera tortura. Pero, en ese sentido, en la invención de los mundos, un narrador puede ser Dios. Un poeta, nunca. Siempre es un ser humano. Respondo por fin tu pregunta: ¿qué me posibilita la poesía? Ahondar en mí mismo, buscarme explicaciones, intentar mejorar como persona. Para mí no es tan divertido como escribir novelas, pero tal como Carver tuvo que adecuar su producción literaria y limitarla a las formas breves (el cuento o el poema), yo debí hacer lo mismo, y elegí la poesía. Al menos por ahora.

-Como indicás en el posfacio del libro, tenés en tu haber otros dos poemarios inéditos; ¿algún adelanto sobre ellos?
-Como digo ahí, es un material que se va cocinando lentamente. Solo te puedo decir que uno de ellos es un proyecto que se aparta visiblemente de lo que suelo escribir. Son poemas sobre el Buenos Aires de comienzos del siglo pasado y el surgimiento imprevisible del tango en ese contexto.

-Además de Diana Bellessi y Jorge Boccanera, ¿qué poetas argentinos admiras?
-Bueno, esos amores en algunos casos pueden ir cambiando con el tiempo. Si hablamos de poesía, no puedo dejar de mencionar a Borges, que para mí fue mucho más un poeta que un prosista, aunque la crítica generalmente se dedique al Borges narrador y eluda olímpicamente al poeta. De aquellos años también me gusta mucho Ricardo Molinari. Ya nombré a Gelman, a Salas y a Romano. Podría agregar a María Elena Walsh, Alejandra Pizarnik, Vicente Muleiro y Adrián Desiderato. Más cerca de nosotros, me parece extraordinaria la obra de Laura Yasán. Hay cinco poetas de mi edad, más o menos, que son tremendos: Carlos Battilana, Reynaldo Sietecase, Osvaldo Bossi, Fabián Casas y Rodolfo Edwards. Son cinco estilos bien definidos, con una obsesión por la palabra justa en la que me reconozco plenamente, y con una mirada en la que también me reconozco. Entre los más jóvenes me parecen excelentes Lucas Soares, Belén Iannuzzi y Darío Falconi.

-¿Aún pensás “dejar este mundo sin leer a Proust”?, ¿por qué?
-Porque a uno no le queda tanto tiempo. Y cuando se intenta leer un autor varias veces y se fracasa, creo que no hay que insistir. Eso mágico que tendría que suceder no está sucediendo. Y hay que pasar a otra cosa. Me quedan pocas balas y, antes de disparar, tengo que estar bastante seguro de que voy a dar en el blanco.

Oscar Conde recomienda:
“Las letras de Manuel Romero, Alfredo Le Pera o de Spinetta me interpelan y me hacen pensar, emocionalmente, más que un tema de La Beriso o de Andrés Ciro Martínez. Un grupo para escuchar… Uno portugués, que hace una especie de fado moderno: el Madredeus de los ’90 y de los primeros años de este siglo. Cada tema es una tragedia griega y la voz de Teresa Salgueiro es de una precisión infinitesimal.