David Markson

1. Un libro, perdido entre tantos libros, en un mundo lleno de libros y de lectura y de computadoras y de gente. Un libro que puede leerse en cualquier parte. Hay libros que necesitan una cama, una habitación vacía, una biblioteca. Hay otros libros, como La soledad del lector, que se ofrecen como una canción ininterrumpida y también como una morada, un hogar. De hecho, la tapa del libro de David Markson en la edición de La Bestia Equilátera (2012) muestra el dibujo del rincón de una casa, un rincón sombrío al que apenas llega la luz: la imagen recuerda la penitencia (la lectura como castigo) y remite también al espacio caricaturesco de las ratoneras (y así, a la metáfora del “ratón de biblioteca”). Pero, antes que nada, la tapa es la imagen de un lugar desolado y vacío en el que penetra la luz, un fragmento del cuadro “El sol en un cuarto vacío”, de E. Hopper, quien estaba obsesionado con retratar la soledad urbana. Dicen que Hopper consideró incluir a una persona en el cuadro hasta último momento: el logo de la editorial (alguien leyendo, vestido a la vieja usanza), es el intruso en la habitación, aquella idea que Hopper no llevó a cabo (al menos no literalmente), y al mismo tiempo una imagen reducida, enana, icónica, de la soledad del lector y de los libros.

2. Cuentan que Markson marcaba libros y los anotaba. Subrayó, por ejemplo, todos los “preferiría no hacerlo” de su edición de Bartebly. Vivía en un depto repleto de libros apilados. Era habitual verle por las librerías de Manhattan, en la sección de biografías, hojeando las últimas páginas de cada volumen para apuntar en pequeñas tarjetas cómo habían muerto filósofos, pintores y compositores. Acumuló frases hasta imaginar una estética y un lugar para ellas. Por ejemplo: “Joyce había perdido todos los dientes a los cuarenta y un años de edad”. Por ejemplo: “Rilke vivía siempre como invitado de alguien. Una vez tuvo cincuenta direcciones diferentes en un año”. O también: “Jackson Pollock una vez trabajó de limpiar los excrementos de pájaros de las estatuas en los parques de Nueva York”. Esto es, precisamente, lo que encontramos en La soledad del lector: anécdotas breves de escritores, pintores, músicos, y de sus familiares y allegados. Pequeños aforismos e incluso una lista interminable de nombres propios, y pequeñas observaciones sobre los dos personajes principales: el Protagonista y el Lector, quien superficialmente se confunde con el que lee, pero en que realidad habla del que escribe (Markson como Lector Obsesivo, acumulando tarjetitas con datos, una especie de nerd bibliotecario).

3. No encontrar una reseña del libro que no sea mezquina o tibia, obligando, paradójicamente, a buscar y a leer, a no hallar sosiego ni satisfacción, a linkear y perderse en la red, en la compleja y ambigua soledad que la inunda. Encontrar decenas de reseñas que glosan los comentarios de la contratapa. “Hipnótico”, dijo Kurt Vonnegut Jr. de la obra, y la mitad de los reseñadores repiten el gesto. ¿Qué significa eso? ¿Por qué encuentro comentarios tan cortos, tan breves, acerca de la obra, como si estuviesen por imitar el estilo del libro y lo recortaran, satisfechos con la anécdota, la épica melancólica de la pequeña condecoración? Nota al margen: escribir acerca del modo en que los espacios y plataformas atentan contra la extensión y la “profundidad”. Nota al margen II: escribir sobre el periodismo freenlance y los suplementos de cultura. Nota al margen III: la mejor reseña, publicada por Juan Terranova, atenta contra el libro.

4. Lugares donde leo La soledad del lector: parado en el colectivo, camino a clases, mientras un vendedor ambulante ofrece enchufes y estampitas. En un sillón viejo, mientras dos vecinas cuchichean, alguien prueba una moto nueva y dos extranjeros de baja reputación social discuten; en una silla de madera, mientras en la computadora veo a Tarantino discutir con un periodista, y luego a Lana Wachowski declararse transgénero en una entrega de premios, y antes y después de leer un artículo que habla del amor y la miseria de buscar amor en la red. El artículo dice “así, las redes sociales se pueden transformar, se transforman, de hecho, muy rápido en eso, una ronda de adictos a la indigencia emocional”. Lana Wachoswki dice: “No quería desobedecer sino encajar”. Alguien linkea un artículo en el que alguien reflexiona: “¿Por qué nos gusta ver leer…? ¿Por qué a quienes nos gusta leer también nos gusta ver leer?”.

5. Y luego doy con el siguiente párrafo: “La soledad del lector reúne todas las cualidades para ser una novela aburrida. Fragmentos, disrupciones, citas no reconocidas y un largo etcétera (…). Pero, ¿qué le pasa al lector pasado el primer fragmento? ¿Por qué no puede dejar de leer esa novela fragmentada sobre sucesos trágicos de artistas plásticos, músicos y escritores? ¿Por qué la novela ejerce sobre quien la lee un poderoso influjo hipnótico, que resulta imposible no adentrarse de manera lineal en todas las frases que destila el libro?”.
Eso.

6. Allí (y en todas partes) surge la pregunta: ¿Cómo puede ser La soledad del lector una novela? (pregunta que simula ser la más interesante cuando es irrelevante y pertenece a la primera mitad del siglo XX, y que se ha filtrado en los comentarios al texto como un intruso en un cuadro desolado). Y gracias a eso: están quienes dicen que se trata en realidad de un libro de poesía (Ortiz). Hay quienes dicen que se trata de una “novela indirecta” (Portnoy). Hay quienes se escandalizan porque el libro sea una novela sin trama (como si efectivamente pudiese existir tal cosa). Y hay quienes relacionan el compendio de frases que la integran con tweets, como si Markson todavía estuviese vivo y sólo hubiese cortado una parte de su Twitter y lo hubiera editado en un libro.

Ahora bien: la novela de Markson, que en realidad forma parte de una tetralogía, fue editada por primera vez en ¡1996! Publicada en 2012 por una editorial emergente argentina con un proyecto ambicioso que en buena parte reestructura el canon editorial, la obra ha sido enriquecida por el contexto. Wikipedia y todas las variantes de información accesible, gelatinosa y llamativa la hacen comprensible. Twitter y su literatura al pie la hacen comprensible. El hiperlinkeo de la era web la hacen comprensible. “Comprensible”: léase: “interesante”, “apropiada”, “divertida”, e incluso “poco experimental”.

7. Los temas principales del libro son: el suicidio (y con ellas el cuerpo y la vida de los artistas, muchas veces al borde de la miseria). Antisemitismo (Se repite la frase “x era antisemita”). Y curiosidades y misceláneas. Como Foster Wallace, que se suicidó ahorcándose en el garaje de su casa. O Vonnegut, que murió ridículamente. Hay incansables referencias al “arte clásico”: los griegos, pintores renacentistas, grandes compositores de música clásica, Kafka, Melville, Poe, Whitman, Cavalcanti, Dante, Vivaldi, Joyce, Beckett, Kerouac, etc. Comentarios sobre la obra de los artistas, sobre sus cuerpos entrados en decadencia, sobre la soledad de los autores y la pobreza de esas vidas ocurridas a la intemperie y, en cierto modo, al margen.

Si el logo del hombrecito se metiera al libro e hiciera un censo diría: “todos enfermos y suicidas”. Y después, como si le hubiesen dado cuerda, o tuviera un ritmo atravesado en su retina, diría: “Unos meses antes de cumplir 51 años, y luego de años escribiendo acerca del tema, Vicente Federico Luy saltó desde un edificio en plena Salta, quizás conciente de la ironía”.

“Barón Biza. Barón Biza padre. García Lorca. Jason Swartz. Macedonio. Haroldo Conti. Walsh. Levrero. Bolaño. Heath Ledger. Pizarnik, Gilda, Rodrigo, Mapplethorpe. La madre de Viel Temperley. Perlongher. Prodan. Batato”.

Y luego. “Don Quijote: víctima del abuso de la lectura, tuvo otra vida a partir de entonces. Emma Bovary: victima del abuso de la lectura tuvo otra vida a partir de entonces. Arturo Belano y Ulises Lima: hicieron un grupo de vanguardia poética y buscaron a una poetisa que sólo había escrito un poema y se perdieron en otra vida a partir de entonces. Los lectores del Werther de Goethe quienes, imitando al protagonista, se ponían un chaleco amarillo y se suicidaban”.

Finalmente, el hombrecito del logo se quedaría sin cuerda, descansaría y pensaría en lo que realmente leyó en el libro, en los escasos sudacas que había realmente perdidos por ahí: Rulfo. Borges. Bernal Díaz del Castillo. Alfonsina Storni.

¿Nadie más?

¿Acaso somos “los invitados”, los “convidados de piedra”?

¿Acaso hay algo más “clásico” que esa “discriminación”?

8. Los detectives salvajes, de Bolaño, es una reescritura de La soledad del lector en clave policial y boomlatinoamericana.

La soledad del lector es un comentario anticuado a “La biblioteca de Babel”, de Borges.

La obra de Bellatín está basada en una lectura a dos manos de la tetralogia de Markson. La continuación tercermundista de La soledad del lector se llama “Un paseo por la literatura” y es mucho más triste y menos universal.

9. En el libro el Lector (o sea: Markson, e indirectamente todo aquel que tenga el libro en las manos) se retira o escapa a una casa lejos de la ciudad y la vida urbana. El paisaje es el siguiente: una casa en la playa, y una casa abandonada al lado de un cementerio. Un escritorio. Anotaciones. Una calavera en la mesa. El Lector tiene muchísimas cajas con libros, a los que considera valiosos y a la vez inútiles (como si la vida pasara por otro lado, y a la vez no). El Lector ha visto como morían sus amigos, uno tras otro. Es viejo o sabe que pronto será viejo. Ha sufrido varias operaciones o sabe que pronto las va a sufrir. El Lector no tiene dinero, o tiene poquísimo dinero. Alguna vez, quizás, escribió un libro. O varios libros. A quién le importa. Entonces leemos: “He venido a este lugar porque allí no tenía ninguna clase de vida”. Leemos: “El Lector ha venido a esta lugar porque allí no tenía ninguna clase de vida”. Leemos también: “El Protagonista ha venido a este lugar porque allí no tenía ninguna clase de vida”. Ese es el paisaje.

10. Ahora bien: la lectura no siempre fue silenciosa y no siempre fue neurótica y retraída. La lectura no siempre se sostuvo sobre un volumen físico. La literatura no son sólo libros y la lectura no es solamente lo que tradicionalmente llamamos “leer”. Primera hipótesis: publicada en 1996, La soledad del lector es una obra bisagra entre dos modos de literatura: una literatura tradicionalista y privada, vinculada al aislamiento (antes del estallido de la web). Y una literatura global (¿y retro?) vinculada a la acumulación de datos, al flirtreo con el enciclopedismo, a la ironía y a la autoconciencia como contraseñas, y a la diseminación de la trama, en donde lo más importante es la brevedad y donde los personajes son el Lector (el usuario) y el Protagonista (el “contacto”, sea quien sea y sean cuántos sean). Léase: la literatura-web.

En ese sentido, “La soledad del lector” es una obra melancólica que nos recuerda la cercana, alarmante y siempre inevitable muerte del lector solitario, según lo entendieron los últimos doscientos años (un lector solitario que es y no es aquel personaje retraído y ansioso que teclea detrás de una pantalla).

Allí está de nuevo la tapa del libro: el rincón desolado. Allí está de nuevo la tapa del libro y el logo del que lee: una industria, y la alteración de una imagen.

11. “Tacho de basura”. No deja de sorprender que esa frase se repita y que incluso cierre el libro. Tacho de basura: papelera de reciclaje. Lo reciclable, lo retro-pop. Ahora bien: ¿Cómo puede ser que todos insistan en que la novela es legible, que es hipnótica, y que no se señale que es una enumeración anecdótica, pedante e intelectualoide de datos? ¿Cuándo y cómo dejó de serlo? ¿Cómo puede ocurrir que nadie mencione que es una novela para escritores? (lo cual no es del todo cierto). Segunda hipótesis: La soledad del lector habla de la muerte del Autor, no cómo lo entendía Barthes, sino como lo entienden Hollywood y la industria cultural y las notas de color acerca de las figuras de la industria cultural: ya no quedan grandes artistas, Madonna está Gaga, M.J está hecho polvo, Klaus Kinski se peleó con Herzog, y Patti Smith cuenta sus memorias. El resto son tendencias, trayectorias fantasmales, meses de fama y una cultura artística que se dedica a remixar los gestos de la modernidad.

De ese modo, la obra de Markson conmemora la vejez y la muerte del Gran Artista en pleno siglo XXI: es una canción de ultratumba que nos recuerda que ahora todos están escribiendo (produciendo).

Todos ustedes allá atrás, lamento decirlo, ahora mismo están escribiendo.

12. Leo este libro yendo a trabajar. Leo este libro leyendo libros. Leo este libro mientras miro pornografía. Voyeurismo. Leo este libro mientras camino por la ciudad y no sé si quiero mirarla o si me obliga. Voyeurismo otra vez.

Vuelta al principio, pasando por todo lo demás.

La soledad del lector es un libro transgenérico. Es una novela, según los criterios editoriales; es un pedazo de Wikipedia recortado por un programador inconciente; es un museo acerca del arte clásico de la escritura hasta la fecha en que el autor se decidió a escribirlo; es una autobiografía honesta y experimental, al modo en que lo hubiera celebrado Perec.

Es, finalmente, un censo sobre la vida épica de los humanoides que eligen una vida “poco industriosa” y, en buena medida, es un censo sobre anarquistas, vagabundos, dandys, disconformes y hackers. Eso, hackers. Hackers de hackers.

La soledad del lector es, en ese sentido, lo contrario de la soledad: es una celebración, una fiesta. Un carnaval de zombies saltando en el cementerio. O en un geriátrico. O en la web sin edad. Bueno, elijan ustedes.

La soledad del lector

La soledad del lector

David Markson
2012 – La Bestia Equilátera