Fotografía: Juan Ignacio Calcagno
Fotografía: Juan Ignacio Calcagno

Mariano Fiszman (1965), autor de la novela de culto Muñecas 970 (Ed. El 8vo. Loco), acaba de publicar su primer libro de poemas: Las calles de Villa Crespo (La Comarca Libros). Con ilustraciones de Franco Fasoli “JAZ”, el poemario captura a través de una cadencia única, la compleja y profunda visión de la vida barrial. Una respiración –singular repertorio de actitudes-, producto del habla de los otros. Poemas que surgieron a partir de “frases sueltas” que Fiszman oía, o de cosas que veía en la calle, escenas que se despliegan en lo mínimo. Imágenes atomizadas del barrio en el que vive: Villa Crespo; sus lugares públicos como resultan ser los bares, o la cancha del Club Atlético Atlanta.

El resultado es una síntesis precisa, el latido agudo de ese efímero mundo de relaciones que teje la calle, sitio donde caminan pintores, monjas, señoras, vagos… una prosodia, una posición ante las palabras, una manera de ver y sentir.

-Conocíamos tu obra narrativa, pero hoy aparece Las calles de Villa Crespo, y descubrimos que también escribís poemas. ¿Cómo surgió esa faceta por el verso libre?
Las calles de Villa Crespo es una búsqueda nueva. En un momento me puse a escribir poemas sin saber cómo se hace, simplemente arranqué. Tenía ganas -o necesidad- de escribir algo diferente, ganas que ya están en Muñecas 970, donde la primera parte es más parecida a una forma de escritura anterior, como la de mi novela Nuevas Cenizas, y en la segunda parte hay otra manera de contar y otro fraseo por decirlo así. Siempre me gustó leer poesía, aunque solo había escrito algunas letras de canciones y poemas hace veinticinco años, pero no profundicé por ese lado. Cuando se publicó Muñecas 970, hacía poco que había empezado a traducir profesionalmente, y aunque traduje más que nada narrativa, también hice poemas sueltos y libros de poesía, sobre todo una antología de Apollinaire y otros dos libros de él, Las tetas de Tiresias, que es una obra teatral en verso, y El encantador putrefacto. Así que gracias a la traducción me encontré escribiendo versos, viendo la construcción de esos poemas en detalle, desde adentro. También volví a coordinar talleres de escritura después de mucho tiempo y eso me hizo leer más sobre poesía, por ejemplo el libro Piéces détachées, que es una antología de poesía francesa contemporánea, que fue un buen estímulo. Estos poemas y prosas poéticas surgieron a partir de frases sueltas que escuchaba por ahí o de cosas que veía en la calle, escenas insignificantes. Tenían dos cosas en común: eran imágenes del barrio en el que vivo, de sus calles o mejor dicho de sus lugares públicos (bares, cancha, etc.).

-Una mirada plástica de las cosas…
-Interés por lo plástico que también estaba en la segunda parte de Muñecas 970, donde aparece la colección de Los grandes pintores y sobre todo en un capítulo donde me propuse describir un cuadro, Jinetes en la playa, de Gauguin, con una exigencia de precisión que encuentro en estos poemas. Releyéndolo ahora descubro que está escrito en el mismo estilo que algunas prosas poéticas de Las calles de Villa Crespo. Lo que demuestra, como al final de un teorema, que los géneros literarios no existen. En esta búsqueda, por momentos me sentí muy desorientado. Me di cuenta de que me gusta andar medio perdido. Me gusta y me angustia. Para encontrar el rumbo me apoyé en amigos que escriben, en cosas que me dijeron, a veces, o aprendiendo con sus textos: Roberto Raschella, Hugo Savino, Serge Delaive, Gabriela Goldberg, Alejandro Guerri, Fernando Aíta, Pablo Ingberg, Mariano Dupont, y maestros como Néstor Sánchez, los Lamborghini y Zelarayán, para nombrar a los más cercanos.

-El libro tiene además, la singularidad de contar con ilustraciones de Franco Fasoli “JAZ”. ¿Fue tuya la idea?
-Sí, fue una idea mía.

-¿Cómo lo conociste?
-Conocía las pinturas murales de Franco por haberlas visto en la ciudad y una tarde me lo encontré pintando a la vuelta de mi casa y nos pusimos a charlar. Nos seguimos cruzando cada tanto en la calle, él tiene su taller a la vuelta de mi casa. Un día se me ocurrió que esos poemas que se estaban juntando podían formar un libro, y otro día, mucho después, que estaría bueno que él participara de ese libro, porque lo admiro y por la afinidad que veía lo que hace en la calle y la onda del libro. Así que lo invité a participar de la forma en que él quisiera y eligió algunos poemas para ilustrarlos. Fue muy generoso de su parte, y en los momentos de duda era algo que me alentaba a seguir adelante. También participa Federico Merea. Otra ayuda generosa. Siempre me gustaron sus fotos, así que lo invité a sumarse y sacó, entre muchas fotos muy buenas del barrio, esa de la tapa donde se ve la calle y un mural de JAZ y Axel Void desde un punto de vista afín al de estos poemas.

-Atlanta, Muñecas, el 109… ¿Hay una épica para rescatar en Villa Crespo, Mariano?
-No sé. En Muñecas 970 y en este libro, me parece que, dentro de mis posibilidades, uso elementos poéticos que me provee el barrio. Ahora, si ahí hay una épica o no, sinceramente no sé. El problema con lo barrial es que hay muchos estereotipos. Bah, con todo hay demasiados estereotipos. En el caso del barrio, enseguida se lo asocia al naturalismo, es el sainete, el tango más convencional o cierto tipo de rock… No me interesan esos sentidos masticados y repetidos. La cita de Divididos al principio del libro tiene que ver con eso: “Eran solo cuadros colgados/no era tango ni era rock”. Yo instalé un caballete en la esquina y me puse a pintar, pero no son cuadros naturalistas. Uso la metáfora del pintor y el caballete, que está en uno de los poemas y es paródica, imaginariamente me lleva a Rembrandt, a Vermeer, pero viendo para dónde fue el libro hoy tendría que hablar de pintar la pared. Me gusta esa cosa paródica que hay en varios poemas, por ejemplo la visión de Warnes como si fuera la Delft de Vermeer al atardecer, con negociantes que bajan la cortina de sus comercios, las vías al fondo, a través de la mirada de un daltónico que querría ser Proust. O el satori en el baño del bar. Me río de mí mismo, por supuesto. No es una visión idílica ni seria del barrio.

-¿Pensás que cada barrio podría expresar un tipo de poesía diferente?
-No sé. Es una idea divertida para un cuento, pero me cuesta creer en las generalizaciones o en los agrupamientos de cualquier tipo en el arte.

-La gente yendo o volviendo del trabajo; los numerosos y variados negocios de la zona; el fútbol como pasión popular… Cada poema oficia, a su vez, como una crónica, como un aguafuerte porteña al mejor estilo Arlt.
-Arlt es uno de los escritores que más admiré siempre, lo leo desde que tenía 16 años. Escribió su época y su ciudad sin querer dar testimonio sobre nada. El lenguaje y la emoción por encima de todo. Y el delirio. Como Céline. Haciendo sonar el lenguaje por encima del buen gusto, de los literatos, de todo. A la vez, el aguafuerte es una técnica plástica, eso tiene que ver con el asunto del libro, y uno de los poemas se llama “Aguafuerte”. Es una imagen del almuerzo de los obreros en la calle, y surgió con una cita del tango “Acquaforte”, que empieza así: “Es medianoche, el cabaret despierta/muchas mujeres, flores y champán…”. En mi poema se transformó en: “Es mediodía paran los talleres/de costura laqueado los chapistas…”.

-Hay un trabajo agudo por el detalle. Leo un ejemplo: “las calles respiran resaca de siesta por los ojitos de las persianas”. ¿Cómo sabes cuando un objeto cotidiano puede mutar en materia poética?
-En principio, no lo sé. Hay imágenes que nunca se terminan de armar y otras que tienen algún encanto. Supongo que me voy dando cuenta con el tiempo de trabajo, con las reescrituras. Lo que sobrevive varias veces al tacho de basura, algo tiene.
En cuanto a los detalles, creo que son fundamentales, también en la narrativa de ficción y en el arte en general, en la pintura, en el cine.

-Tu poesía no tiene signos de puntuación, lo que la hace muy versátil para el recitado.
-Siento que en mis poemas los signos de puntuación están de más, cortan relaciones que se arman más allá del orden gramatical. De algún modo creo que funcionan a favor de un automatismo, como la rima o la métrica fija, y es mejor dejar al lector sin esas referencias, que se pierda más, como uno, obligarlo a estar más atento a lo que lee. En prosa es más difícil prescindir de la puntuación, se pone medio caótico el asunto, aunque en algunos textos lo hago, y en mis novelas, por una búsqueda rítmica, fuerzo un poco su uso, pero en un poema hay más blancos y el corte del verso ya funciona como una puntuación. Por otro lado, poemas o prosa, con o sin signos de puntuación, siempre leo en voz alta lo que escribo, digamos que me entra por el oído. Reescribo mucho y siempre releo en voz alta. Es más difícil engañar al oído que a la mente.

-Algunos de tus poemas, sobre todo el tono de ellos, me transportan a Nicolás Olivari. También al querido maestro Javier Adúriz.
-A Olivari, lo leí hace más de veinte años, no son textos que tenga presente, aunque uno nunca sabe qué queda de lo que leyó y dónde puede aparecer. Con Adúriz pasó algo curioso. Lo conocí por un amigo en común, Alejandro Guerri. Nos habíamos visto una o dos veces y me encargó una antología de poemas de Apollinaire para la editorial del Dock, que después lamentablemente no se publicó, a causa de su muerte. En ese momento yo tenía poco trabajo y él quiso ayudarme. Le estoy muy agradecido por ese gesto, pero más todavía porque sin que me diera cuenta me abrió una puerta para escribir poemas. Leí sus dos últimos libros, algunos poemas me gustaron mucho.

-La gente no sabe que varios de tus poemas aquí reunidos, tal vez los más representativos del libro -hasta no hace mucho- se encontraban pintados en murales. Como: “Moon over the Bridge”, en la esquina Camargo y “El primero” (Aguirre y Fitz Roy). ¿Cómo nació esa idea de llevar la poesía literalmente a la calle? Contame, si es posible, esta experiencia.
-Todo ese movimiento de pintura callejera me parece buenísimo. Por mi casa está lleno de murales, mi hijo pinta, así que es algo familiar. Y tuve la ocurrencia de pintar algo yo, algún poema de esta serie. Te aclaro que dibujo muy mal, soy daltónico, no tengo ninguna habilidad para la plástica, solo sé pintar paredes. Así que elegí un texto corto para probar, me compré un pincel (tenía látex blanco, negro, azul y amarillo y un rodillo) y un primero de mayo a la tarde salimos con mi hijo a pintar una pared a la que le había echado el ojo, yo mi poema y él sus imágenes. El tema de los murales te hace ver la ciudad de otra manera, porque andás mirando dónde se podría hacer algo y se te ocurren cosas según el espacio que encontrás y cómo es la calle donde está. La segunda vez aproveché un círculo negro perfecto que había quedado de un mural dibujado con pasteles sobre fondo negro, que habían borrado las lluvias, porque daba justo para ese poema. Quedó mejor y además no tuve que pintar el fondo. Quería seguir haciéndolos, por lo menos dos o tres más, pero en ese momento tuve algunos problemas, después pasó el tiempo, se me pasó el entusiasmo y no hice más. Uno lo taparon enseguida, el otro sigue ahí, a esta altura medio ilegible por las firmas en aerosol encima.

-El libro cierra con un índice ilustrado con el mapa de Villa Crespo y una numeración indicando las direcciones exactas donde cada poema fue escrito. Más allá de lo obvio, ¿por qué pensás que resulta tan relevante la coordenada espacial en este libro?
-En principio lo del índice es un detalle visual. Por lo demás, prefiero dejar que cada uno lea el libro y se haga su idea.

Fiszman - las calles de villa crespo