Mariano Blatt

Una editorial bastante importante dentro del panorama actual de la literatura independiente publicó hace poco un volumen de poemas de, probablemente, uno de los poetas y editores jóvenes más relevantes de los últimos 10 años en Argentina. Dicho autor, según lo que nos dice esta recopilación, comenzó a escribir hace exactamente una década y publicó su primer libro de poemas, Increíble en el 2007. Le siguieron algunos mas –El pibe de oro (Colección Chapita, 2010); Pasabobos (Cartonerita Solar, 2010); Hielo locura (Stanton, 2011); Nada a cambio (Belleza y Felicidad, 2011), No existís (Determinado Rumor, 2011) y Alguna vez pensé esto (Triana Editorial, editado este año), entre otros. Y ahora nos llega Mi juventud unida, un único libro que recopila toda su poesía, entre poemas publicados e inéditos.

Obviamente, dar a luz a un compendio de estas características tiene un valor capital; debido a los poemas en cuestión, al agotamiento de las ediciones previas -de poca circulación física- de estos textos. Sin embargo, también más de una contra, que nos pone en cuestión como lectores de lo que podría llamarse “poesía”. Por suerte. Y estaría bien empezar por partes.

Lo peor de Mi juventud unida, el libro que reúne la producción poética completa de Mariano Blatt (1983) hasta este año, es que nos despega de la oralidad de su autor. Las palabras de este editor y poeta faro generacional, cuyo nombre ya le queda grande al circuito cerrado independiente, pero que aún queda chico para todo lo que los pibes del futuro van a hablar de él; esas mismas palabras, fluyen sin que nadie les diga a dónde ir: ni siquiera su autor mismo y que sin embargo en su voz, suenan fuera y adentro de todo, ligeras, copadas, tranquilas. Y quizás, en esa tranquilidad reside mucho de lo que podría llamarse Poesía.

Lo peor de Mi juventud unida, es ser una plataforma física con páginas y tinta impresa; despojado del ruido de calle por donde transitan los poemas, que viajan en el 111, que viajan en el 221, que van de Buenos Aires a Mar del Plata, de Lobos a Guadalajara, de Villa Urquiza a Villa Pueyrredón y del Paraíso al Espacio Exterior. ¿Cómo es posible que sea un sencillo librito el canal por donde vibran el trance, el baile, el humo, el ácido y otras cositas que los poemas nos ponen en la cara –y ¡ay! la cara que ponemos, como si estuvieran acá y no solamente escritos en páginas y páginas, 256, para ser más exactos?

Lo peor de Mi juventud unida es que nos sitúa en un boliche o en una playa, re locos, pasados de rosca, enamorados del primer pibito con capucha que pase, para que luego al levantar la mirada volvamos a ser los lectores que agarraron un libro de Editorial Mansalva, que lo compraron, lo pegaron de regalo o lo encontraron por ahí, al pasar y lo abrieron de curiosos.

Lo peor de Mi juventud unida es que los poemas van pasando más rápido de lo que deberían, tanto que parecen simples de comprender pero no lo son. Es que se empieza a leer y los palabras fluyen, una tras otra; de repente terminaste un poema, y terminaste otro y luego otro y así. Empezaste en el 2005, en el de las cerezas y luego caíste en una galaxia llamada Ramón, y de ahí estabas tirando papelitos de locura, luego saltaste a la espalda de Diego Bonnefoi y terminás pensando teorías complejas sobre si los chilenos realmente están en Chile, en uno de los últimos poemas que –dice Mariano- “va a escribir toda su vida”.

Mi juventud unida de Blatt tiene una vuelta de rosca interesante. A mucho público potencial que quizás no consuma lo que podría llamarse “poesía” -pero que puede emocionarse con las palabras que fluyen en este libro-, probablemente le llame tanto la atención como a los que lo siguen desde su primer obra –Increíble, 2007, ed. Stanton- el título con el que Mariano decidió rotularlo. Mi juventud unida nos anticipa la lectura de algo que viene pisando fuerte, pero también silenciosamente, desde hace tiempo. Los que lo leen desde ese “hace tiempo” les sorprenderá que su autor, de tan solo 32 años, pueda ponerse en esa posición de “reunir” una juventud, la suya -como si esta hubiera acabado; como si alguna vez acabase.

Y sin embargo, saben cómo viene la mano. Saben que el nombre de Mariano, en tanto autor de ya casi 10 títulos; en tanto editor de más de 40 en sus distintos emprendimientos –“Blatt y Ríos”, la editorial virtual “De parado”-; o en tanto curador hasta el año pasado del espacio de Poesía y Música del Festival Ciudad Emergente, por nombrar solo algunas de sus mañas, le va quedando grande a un circuito independiente, que incluye editoriales, espacios de lectura, medios y unos cuantos colegas y lectores; pero a su vez, saben que Blatt se le escapa de las manos a cualquier snobismo; su talla no da para quedar entre un pequeño círculo de entendidos de lo que se suele llamar “poesía” –y que en muchos casos, pone en duda la Poesía misma, como pasada de moda, postmodernizada y deconstruida hasta el fatigante hartazgo dejándonos en la vacía tibieza en la que muchos autores caen hoy por hoy, sin nada para decir. A su vez, los pibes que lo van a leer en el futuro van a apiolarse de que Mariano juega un poco con darse cuenta de eso, pero no decirlo: callado, tranka, sin apuro, como esperando lo que viene cuando juega a la poesía, o a no saber qué es la poesia. En ese chiste hay algo de seriedad y ahí vislumbramos el hombre que con solo 32 años se da el lujo de reunir su juventud, con carpa, con cancha; pero también con humildad y una convicción profunda en su poética vagabunda. Como si simplemente lo que sucediera fuera la transición de una juventud a otra.

Lo que podría llamarse Poesía se hace presente en Blatt desde el momento en que se la observa en cualquier cosa y se la traduce en algo –que parece lenguaje, pero que es un poco más simple- que sin embargo es igual de cotidiano y poco ambicioso, que puede sentirse eterno o fugaz, siempre trascendente: no es necesario más que registrar la Poesía en las luces de un estadio de fútbol. O en las yemas de dedos que intentan alcanzar una Quilmes con escarchitas en el cuello. O en colar un dedo a un pibe en el baño de un boliche. O en deleitarse con casacas de equipos de la NBA estando en la playa con amigos tomando cositas. Poder ver la Poesía más que escribirla.

Un acercamiento crítico hacia la literatura debería intentar desenredar, de manera objetiva y constructiva, la alquimia que entra en juego en una determinada obra para llegar a emocionar, a ser más que su simple materialidad –lingüística o algo mas o menos así, en este caso. Pasar de ser
a) esa textura legible, en una circunstancia dada, en un contexto,
a ser
b) una textura ilegible si no es en múltiples contextos, con múltiples interpretaciones.

Sin embargo, el esfuerzo de reflexión crítica muchas veces esquiva cierta “sesudez”, y se mezcla con un montón de cosas que no tienen nada que ver; así, muchas veces los poemas, los mejores, se inmiscuyen en nuestra vida, en nuestra cabeza o en nuestro corazón sin pedirnos permiso, y nosotrxs tanteamos cómo defendernos, como cuando ya alguien está en la situación de besarse o de cagarse a piñas. Y eso debe ser algo que tiene que ver con la identificación.

Muchas veces, esto sucede porque nuestro esfuerzo mental nos sitúa, -no por nuestra individualidad sino por la esencia de la reflexión crítica en general- frente a un vacío que se ve malcopado, desconcertante; lo que analizamos se muestra inasible y sospechoso; como si la balanza crítica estuviera del lado del objeto en cuestión; como si el objeto fuera una crítica de nosotros, de la realidad; una reflexión que sin embargo no se traduce en literalidad, en concreto. Como si cuando hubieras intentado ir, lo que estás observando hubiera ido y venido cuarenta veces, independientemente de quién y cómo lo haya escrito. Porque esto es un valor que reside en la Poesía –o en el Arte en general- y no en las figuras.

Eso, que distingue al Arte, es su cualidad de ser canchero sin soberbia, de adelantarse a su tiempo, de verla venir y verla irse, sin apuro ni paciencia. Canchero, sí; pero con sutileza, elegancia, tranquilidad. No necesitamos entender esto como si fuera algo propio de un “visionario”; sino como si la obra estuviera mirando en el mismo presente, en lo que está a mano, un pedazo del futuro, un pedazo del pasado, ese algo que siempre estuvo o que nunca se fue ni se irá. Algo de lo que no nos va a avivar, pero que sí nos va a hacer experimentar. Con la intensidad necesaria.

Lo peor de Mi juventud unida es que nos puede poner frente a esta engorrosa situación -que si distingue a algo, es a lo que podría llamarse verdaderamente Poesía- con mucha facilidad. Situación que en gran medida es irreducible e irresistible; que pasa como un tren sobre nuestras vías y nos deja caretas, calientes, manija.

A todos estos poemas: gracias y ¡guau!

Mi juventud unida

Mi juventud unida

Mariano Blatt
2015 – Ed. Mansalva