Liliana Colanzi nació en Santa Cruz, Bolivia, en 1981. Publicó los libros de cuentos Vacaciones permanentes (2010) y La ola (2014) Ha colaborado en medios como Letras Libres, El Deber, Granta y The White Review. Ganó el premio de literatura Aura Estrada, México, 2015. Y fue finalista del Premio de Cuento Gabriel García Márquez en 2017. Reside en Ithaca, Nueva York, y enseña en la universidad de Cornell. Nuestro mundo muerto está siendo traducido al inglés, francés e italiano.

Marcelo Díaz
-En el cuento La ola hay una forma invisible de violencia, como si fuese un espiral, que impacta sobre nosotros. ¿Qué fue lo que te llevó a escribir sobre ello?

Liliana Colanzi
-Asocio mi mudanza a los Estados Unidos con la ola de suicidios de estudiantes que ocurrió en la universidad de Cornell, donde estudié. Seis estudiantes se mataron en un semestre, varios de ellos lanzándose a los acantilados que rodean la ciudad. Llegué a encontrarme con un ambiente fantasmal en una ciudad universitaria cubierta de nieve y en la que los estudiantes se exigen mucho a sí mismos. ¿Por qué sucede una epidemia de suicidios entre chicos brillantes? Pensamos en la violencia como una fuerza que viene de afuera, pero en un lugar en el que cada uno está compitiendo contra los demás y también contra sí mismo, la exigencia llevada al extremo se convierte en violencia autoinfligida. Hay estudiantes con problemas mentales y depresión que no se animan a pedir ayuda en un sistema en el que mostrar vulnerabilidad es fracasar. Yo misma enfrenté depresión y una adicción a los ansiolíticos mientras fui estudiante de doctorado. Mi forma de poner en palabras esta experiencia fue a través de la figura de la Ola, una fuerza ominosa y sobrenatural que arrasa con todo a su paso.

M.D
-¿Y cómo es la relación entre la vida académica y la escritura de textos literarios?

L.C
-Para mí, son dos acercamientos completamente distintos a la literatura. En un ensayo busco ordenar o reordenar ideas, mientras que con la literatura intento más bien sumergirme en el desorden, perder el control racional de lo que estoy haciendo. Sé que hay escritores alérgicos a la teoría o a la filosofía, pero en mi caso leer a Agamben me ha disparado ideas e imágenes que después se convirtieron en cuentos.

M.D
-“Meteorito” es un relato que comienza con una sincronización entre lo que ocurre quizá por fuera de los personajes y lo que acontece en el corazón de su subjetividad. ¿Del mismo modo habrá una correspondencia en la vida real entre acontecimientos que si los mirás de determinada manera cobran significación como si estuviesen entrelazados? ¿Y quizá una de las tareas de la escritura sea la de recuperar esas experiencias que a simple vista están desordenadas?

L.C
– Cuando empecé a escribir “Meteorito” no existía la escena inicial del asteroide acercándose a la Tierra, el cuento estaba completamente enfocado en el personaje. Pero luego se me ocurrió introducir este objeto celeste que está siguiendo su propia trayectoria desde hace miles de años, indiferente a la vida y la muerte en nuestro planeta, y que va a tener un impacto radical en la vida del protagonista. Me gusta la escritura que pueda sacarnos de la escala humana con la que concebimos el tiempo y hacernos sentir el vértigo de lo cósmico, de lo incalculable, de lo no humano. Y también me interesa cómo nos relacionamos con las fuerzas abismales que nos superan –la idea de lo infinito o del azar, por ejemplo- y tratamos de llenarlas de significado. Por eso no menosprecio la superstición, que es una manera de buscar sentido en el mundo, de trazar conexiones en medio del caos.

M.D
-El título del libro es parte de una canción de la comunidad de Los ayoreos, “Este es el tronco de todas las historias, habla de nuestro mundo muerto” ¿Qué historias y qué voces se recuperan en tu escritura? ¿Hay otros textos de otros autores latinoamericanos que puedan dialogar con el modo en que construís una voz?

L.C
-En Tesis para una filosofía de la historia, Benjamin habla de los bienes culturales como el botín de los vencedores, que son la clase dominante. Estos bienes culturales son producto de los genios de su tiempo, pero también están manchados con la sangre de los vencidos. Dice Benjamin que la misión del historiador es pasarle a la historia el cepillo a contrapelo para poder escuchar en el pasado las voces de los vencidos y no solo el coro triunfal de los ganadores, y creo que esa es también la misión del escritor. Por eso me interesó en Nuestro mundo muerto incluir lo indígena, que en Bolivia ha estado sometido durante siglos, y cuyas voces apenas resuenan en nuestra historia. Quise que el pasado colonial de Bolivia permeara a todos los cuentos como un zumbido de fondo, y que lo indígena fuera una presencia que cuestiona y desestabiliza, y que nos recuerda que el progreso está hecho con el sometimiento de los indígenas y con la destrucción del ecosistema. En ese sentido, me gusta mucho un cuento de Guimarães Rosa, “Mi tío el jaguareté”, en el que el lenguaje está atravesado por el idioma tupí y por los sonidos animales: este cuento interroga no solo el lugar del progreso, sino también la misma idea de lo humano, y está escrito magistralmente.

M.D
– En un momento leemos: “La mirada de ciervo me perforó. No había visto un animal en tanto tiempo, ninguna cosa viva” ¿Qué del mundo animal existe en nosotros y qué de nuestra humanidad le atribuimos a la naturaleza? ¿Hay una correspondencia como en una suerte de identificación quizá?

L.C
– Ahí hay una pregunta muy interesante: cuando el animal nos mira, ¿qué ve en nosotros? ¿Cómo es estar de ese lado? Me intriga mucho un dilema imposible: cómo sería la experiencia anterior al lenguaje. Cómo un pez experimenta el agua, cómo un gusano siente la luz, cómo una ballena escucha los sonidos de otras ballenas a muchos kilómetros de distancia. El lenguaje rompe la unidad con el entorno, porque apenas adquirimos lenguaje todo nuestro mundo está mediado por él, al punto que nos es imposible pensar en aquello que está fuera del lenguaje. Sin embargo, el hecho de que seamos animales y que nos unan vínculos genéticos y atávicos con otras especies, pero que nunca vayamos a poder experimentar esos mundos, es algo muy enigmático y perturbador. Es rarísimo pensar que nuestros antepasados fueron primates o peces, y que en este mismo momento estamos mutando, lenta e irreversiblemente, hacia algo desconocido. Lo que lleva a otra pregunta: ¿cómo será el humano en unos cientos o miles de años?

M.D
– Y si, como dice el abuelo de Chaco, la palabra es un rayo, un tigre, o un vendaval: ¿para qué escribir?

L.C
– Escribir como una forma de meditar, de acceder a un espacio en el que imaginamos no solo lo que es ser otra persona, sino también lo que puede ser un animal, o un meteorito, o el tiempo. Escribir para encontrar el instante de peligro en el que la voz del yo se calla y la antena empieza a sintonizar música marciana.

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Liliana Colanzi recomienda “Tiger Mountain Peasant Song”, de Fleet Foxes.