christian broemmel

Sos un imbécil. Vos y todos los demás lectores son unos imbéciles que lo único que están buscando es que me mate. Así le gritaba el escritor a su editor, a la manera en que le gustaba empezar sus cuentos, siempre con insultos para los algunos, esos pocos, que lo seguían y que muy lejos de ofenderse esperaban ansiosos por descubrir con qué nuevo y a veces ingenioso insulto los saludaba; así le gritaba mientras lo empujaba hacia la puerta.

Solamente te lo digo porque si querés que después de tanto tiempo haya un próximo libro… le decía el editor, pero ya estaba afuera: tomatelás no me interesa. Golpeó un par de veces más la puerta y después se dejó de molestar. El escritor, por su lado, sintió alivio; exhaló largamente y dejó caer los brazos hasta que casi parecieron muertos. Por fin se lo había sacado de encima a él y a toda su conversación intrascendente. Si hubiera tenido que repetir la charla que acababa de tener, no hubiera podido recordar ni una sola palabra. Pero había sido irritante, eso sí; y ahora a trabajar. Estaba solo.

Le era difícil escribir estando solo, y sin embargo hacía mucho que lo estaba. Primero no se había podido acostumbrar a su presencia: ¡no puedo escribir!; pero, después de que ellas se habían ido, tampoco había podido acostumbrarse a su ausencia. Necesitaba ruido. Puso música, pero no, no digas música, decí el nombre del tema, se dijo, y el intérprete; demasiado ruido. La apagó. El sol del verano entraba por la ventana y la cortina blancagrís de experiencia se embarazaba y paría hijos del viento. La metáfora está buena, pensó, pero es como un caramelo demasiado dulce; volvamos al personaje. El personaje: ese era todo su problema. Anclado en su cama, no podía encontrar la razón justa para que se levantara, se moviera; ¿para qué si de cualquier manera? Necesitaba un chicle.

Siempre comía un chicle antes, para destapar los oídos, decía, como en el avión, porque sino duelen, y no le permiten escuchar, y de escuchar se trata. Ahora, por ejemplo, qué me dice esta habitación de la habitación del personaje, los dientes esforzándose por destrozar ese chicle que se amasa pero no se parte, ni se desprende de él más jugo que el que ya estaba en la boca, y sin embargo sabiendo que es ese jugo donde se encuentra eso, eso que, lo que sea, aquello a lo que las neuronas, si son las que trabajan, no trabajan y duermen, y no le dan bola, como duerme el personaje, que se llama… Martín. Martín tiene una frazada estilo quilt, estilo patchwork, preponderantemente amarilla, lo cual no deja de ser significativo porque es verano y el sol pega y las cortinas están embarazadas, su novia está embarazada. Está embarazada y él no sabe cómo enfrentar ese problema. Por eso no se levanta. El escritor tiene que sentarse a escribir. Pero antes un vasito de vino.

Sí, no importa qué hora sea, el vino es como un amigo, como el genio de la botella. Martín tiene problemas con la bebida. No. Sí, alrededor de su cama yacen apilados los cadáveres de sus amigos tintos. Y su novia quiere abortar pero él no, o él quiere pero ella no sabe. Suena el teléfono: debe ser ella, hace días que no la ve, debe ser ella que no sabe que él, quizás sabe pero no entiende que no se puede mover, que lo intenta pero un remolino lo sumerge y le hace dar vueltas mientras el teléfono suena y suena hasta que el escritor atiende. Soy la voz de tu conciencia dice una voz pero él cuelga. No me interesa, no quiero tener nada que ver. Está sentado en la computadora.

Todavía no escribe nada. No importa, no es ahí donde se gesta. Martín se da vuelta en la cama y lo mira desde el piso de abajo. Julieta. Así se llama. Estudia en exactas y ve su futuro bien claro hasta que Martín acaba y le empaña los lentes. Ahora qué.

Debe ser el fumigador que una vez al mes molesta a estas horas. No le doy bola. No lo atiende. Nunca lo hace. Quizás por eso un rocío tóxico le dice pft por debajo de la puerta. Martín entonces no tiene problemas con la bebida, eso sería muy autobiográfico; es un chico del interior que para pagar sus estudios, o el alquiler, trabaja como fumigador y cada tanto se auto pega un fumigazo. Eso lo explica, su impavidez en una situación como aquella. Por lo menos estudia, piensa el escritor y, lleno como está, se vuelca sobre el teclado.

Ella es una buena chica, no se merece lo que le está pasando. Pecosa, casi pelirroja, se pone bonita para él. Lo quiere, él está confundido, ella se perfuma. Está triste pero sabe que él va a ceder. Piensa en llamarlo una vez más. Suena el teléfono.

Es una encuesta pero el escritor sabe que detrás de esa voz sonorriente se esconde, una vez más, su incisiva conciencia. Basta, la descuelga, le molesta la luz también; baja las persianas, solo con la luz del velador. Ya vuelve, ahí está ella: sus tacos martillan, inyectan, cada letra. Tac tac tac. Martín da vueltas en la cama, molesto, arroja la frazada a un costado y se levanta como quien se arroja de un puente. Por primera vez quizás, en su vida, toma una decisión. Va hacia la cocina, agarra un palo de escoba, se trepa a la cama y golpea el techo.

Mi vida es un cliché piensa el escritor mientras se deja caer en la silla; sus brazos muertos resucitados y muertos. Creo que anoche ya me vi en una película, piensa. Escena 12 la heladera está vacía. Escena 23: la mujer de su vida, esa que no deja de olvidar minuto a minuto, antes y después, se va. Escena 30 tiene una hija. Escena 36 pará un poquito, ella le toca el timbre, Martín duda. Atendé. No. Atendé. No. No seas como el hijo de puta de su padre porque ella, parece que se crió casi sola, sin la figura ¿entendés?, y su madre, bueno. Martín atiende, entonces. Ella no sabe qué hacer, o sabe pero no sabe que sabe, él sí; ahora sí. Ella es bonita pero ni en pedo. La abraza. Que cómo la quiere. El escritor escribe que le diga; Martín le dice que se calle y escriba. Ella confía en él. El escritor se para hecho una furia, primero se saca una mano, después, y con la ayuda de su boca, se saca la otra y las deja que escriban mientras sale del departamento, baja las escaleras y golpea la puerta de Martín con la cabeza. Abajo se hace un silencio; sólo se escucha el martilleo de las teclas pero cuando Martín abre él se le abalanza y forcejean. Esto es por vos, Julieta, dice y lo empuja hacia la ventana y (no, no hay caso, irremediablemente) ambos caen siete pisos hasta que casi al llegar el escritor piensa y qué tal si pero las manos se desploman ya inertes sobre las teclas y en la pantalla queda una palabra sin terminar:

FI

luz negra

Luz Negra

Christian Broemmel
2011 – Pánico el Pánico

N, es el cuento que abre “Luz Negra”, el libro editado por Pánico el Pánico en el 2011.

Christian Broemmel nació en 1972, en Buenos Aires. Es escritor y realizador audiovisual. Es el editor de la sección de reseñas de la Revista Digital No Retornable y colabora en la Revista cultural La Única. Es co-organizador del ciclo de lecturas No lo intenten en sus casas. Publicó cuentos en las antologías “El amor y otros cuentos” (Mondadori 2011), “Karaoke” (Textos Intrusos 2012) y “Escribir después” (Outsider 2012). Participó como autor en la experiencia teatral “Híbridos” (2012). Publicó el libro de cuentos “Luz negra” (Pánico el pánico 2011). Participó en la antología de covers literarios de próxima aparición “Covers-Nunca menos” (Pánico el pánico 2013) Actualmente está terminando de escribir a cuatro manos la novela “El día y la noche” junto a C.Castagna.

Esta noche, en el Centro Cultural Matienzo, una nueva edición de “No lo intenten en sus casas” el ciclo que Christian Broemmel coordina junto a C.Castagna. Con lecturas de Leticia Martín, José María Brindisi, Manuel Carballo y Nanu Na Nu, además habrá música de la banda Enviada.

El sábado 24, en Isla Flotante, edición especial de “No lo intenten en sus casas”, con lecturas de Ever Román, Ariel Idez y el propio Christian Broemmel. Presentación de “Nunca menos”, la primera antología de covers de Pánico el Pánico, presenta Esteban Di Paola, musicalizan Dj Franco Ferrari y Dj Mr. Onda.