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Mary Oliver es una poeta celebratoria. En la tradición norteamericana, es Walt Whitman el que resuena cuando pensamos en este tono dentro de un poema. Pero a diferencia de Whitman, la celebración –en Oliver- no es épica, no es vehemente, no es encendida. Es una poesía humilde, anclada en lo cotidiano y lo sencillo, ajena a cualquier expansión innecesaria. Es que, como decía el poeta peruano José Watanabe, “la naturaleza, aún cuando es violenta, no hace aspavientos”. Y la poesía de Oliver no sólo habla de la naturaleza, se parece a ella: en su intensidad austera, en su potencia que no necesita de ningún énfasis extra para conmocionarnos, para causarnos una impresión indeleble. Es muy sinuoso, muy escarpado, el camino de lo celebratorio en la poesía. Es tan fácil, está tan a mano –para el poeta- la posibilidad de desbarrancarse, de caer en lo cursi, en el lugar común, en las verdades lavadas y anodinas del new age, de los discursos ligados a la autosuperación, siempre pregonando un optimismo profundamente moral, en el que la alegría sería un logro más a alcanzar, en base a méritos y esfuerzos propios. En épocas de meritocracia, en los que se ha querido vaciar palabras como alegría y entusiasmo hasta convertirlas en inofensivas, Oliver nos recuerda hasta qué punto la alegría, el entusiasmo, la celebración de lo vital pueden ser revolucionarias. Escuchamos ese pulso, esa incitación a –en palabras de Kristeva- una revuelta íntima en versos como:

¿Tenés tiempo
para pasear
un rato
salir de tu día

ocupado, importante
para buscar a los jilgueros
que se juntaron
en un campo de cardos

para una batalla musical
para ver quién puede cantar
la nota más alta
o la más baja

o la más intensa de las alegrías
o la más tierna?
Sus picos fuertes, desafilados,
beben el aire

mientras luchan
melodiosamente
no en tu nombre
ni en el mío

y no en el nombre del éxito
sino por puro deleite y gratitud
créannos, dicen.
es cosa seria

estar vivo
en esta fresca mañana
en este mundo roto
Te lo ruego

no camines
sin detenerte
para prestarle atención a este
teatro más bien ridículo.

Podría significar algo.
Podría significarlo todo.
Podría ser lo que Rilke quiso decir cuando
escribió:
Debes cambiar tu vida.

“Salir de tu día/ocupado, importante”, escribe Oliver, para escuchar lo que canta, lo que resiste a la uniformidad, la apasionada batalla musical de los seres ínfimos, de los que pasan inadvertidos, de los que hacen su tarea “no en nombre del éxito/sino por puro deleite y gratitud”; y hay en este texto una suerte de ars poética: es ese, precisamente, el movimiento de su escritura: estar atenta, más allá de los imperativos de “este/teatro más bien ridículo”, a lo que suena en los márgenes de la experiencia humana, y convertir esos márgenes en el centro. No es la suya una naturaleza transformada en mera metáfora de las emociones y las ideas del yo: es una naturaleza que se funde con un yo difuminado, leve, que no teme perderse en lo que mira, huele, toca, escucha, prueba. Es la experiencia material de un mundo al que sin embargo dota de características muchas veces etéreas en una suerte de espiritualización de la materia, pero no en el sentido de desmaterializarla, no: sus poemas son tremendamente corpóreos. En el sentido, más bien, de volver sagrado lo corpóreo, lo material, de transformarlo en una revelación, de contemplarlo con el respeto y la admiración que merece aquello que guarda en sí belleza, pero también sabiduría. Las dimensiones ética y estética, en su poesía, no están separadas, son una sola y misma trama que se manifiesta en cada ser, en cada cosa con la que interactuamos:

pequeñas cosas, a nuestro alcance
existen en el mundo

que no están hechas
de oro
ni de poder-
que nadie posee

ni puede comprar
ni con una montaña de dinero-
que simplemente
flotan sobre el mundo

o vagan por el campo
o en los jardines
o en lo alto de las parras
y aquí estoy
perdiendo el tiempo,
como quien dice, mirando
hasta que la mirada se vuelve sentimiento
y entonces, siento que soy yo misma

un pequeño pájaro
terriblemente hambriento
con su pequeño pico explorando y sumergiéndose
y un corazón latiendo urgente

casi a punto de romperse-
soy el hambre y el alivio
y también las hojas y las flores
y, como ellas, estoy llena de goce, y me sacudo.

Leyendo estos versos, recuerdo, asociando muy libremente, el “meba un río” de Juanele, esa transmutación que se produce en pleno poema, por obra de la cual el yo deja de contemplar y se vuelve aquello que contempla, desaparece para retornar convertido en otro, en otros, en el pequeño pájaro con el corazón latiendo urgente, en las hojas y las flores sacudiéndose. Y aquí aparece, en la poesía de Oliver, una dimensión inevitable toda vez que entran en juego -en la escritura o en la vida- una sensibilidad y una imaginación lo suficientemente compasivas y despiertas como para permitir una salida de la órbita del propio yo y una fusión con lo otro, con los otros:la dimensión política.Lo político se desprende, en estos poemas, no de lo preconcebido, del puro campo de las ideas, sino del campo en que las ideas abrevan: el cuerpo. De la comprensión que el cuerpo puede alcanzar de la existencia ajena, con sus regocijos y sus penas y sus miedos:

Quiero cantar una canción
para un cuerpo que ví
desplomado
y sin nombre

pero claramente joven
alguien que no había vivido todavía
y nunca lo haría
¿Cómo hago?

¿Qué tipo de canción
me serviría para este fin?
Quizás este poema no termine nunca
porque ¿qué respuesta puede haber

para cualquiera que vive
en este país
cómodo y distante
simplemente mirando el espectáculo?

Claramente
tenía un arma en sus manos.
Pienso
que no tenía más de veinte años.

Pienso, quienquiera que fuese
no importa su origen
podría haber sido mi hermano
en un mundo distinto.

Pienso
que no hubiera estado tirado ahí
en un mundo distinto.
Pienso

que si lo hubiera conocido
para su cumpleaños
habría preparado para él
una gran fiesta.

En este poema, Irak, el cuerpo muerto del joven es contemplado como ha sido contemplado el pájaro, las hojas y las flores en el poema anterior: con atención, con compasión, con empatía. La poeta no está simplemente mirando el espectáculo.

“Podría haber sido mi hermano” es una frase que crea una deriva que naturalmente lleva hacia “Podría haber sido yo” y en un punto se transforma en algo mucho más potente: soy yo. La relación de Oliver con las cosas del mundo, creo, se resume en esa deriva compleja que se produce en sus poemas: ellas podrían ser mis hermanas, ellas lo son, ellas podrían ser yo misma, ellas son yo.

Es notable en la poesía de Oliver cómo, aun cuando se enfrenta al sufrimiento, la dimensión celebratoria mencionada al principio nunca abandona del todo la escena. Así, Oliver fantasea con una dimensión reparatoria aun frente a lo atroz: frente a la realidad irreductible del joven muerto, insiste: de haber estado vivo, “habría preparado para él una gran fiesta”.

Es que la celebración de Oliver es una celebración de lo vital, y lo vital es ese terreno cenagoso, capaz de producir tanto entusiasmo como terror. Y es a esa confluencia terrible y hermosa a la que observa con mayor detenimiento:

me levanto de la silla
me pongo la campera
y abandono mi casa
por ese otro mundo

el primero
el sagrado-
donde los árboles no dicen
nada el sapo no dice

nada el barro no dice
nada, y aun así
lo que siempre ha sucedido
sigue su curso:

los árboles florecen,
el sapo salta
y crecen del barro silencioso
rosas del color de la sangre.

Oliver es una poeta prestigiosa y reconocida en Estados Unidos. En Argentina, la edición de Caleta Olivia es la primera traducción de su obra, y se agradece el cuidado que Patricio Foglia y Natalia Leiderman, sus traductores, han puesto en conservar la entonación, el registro particular de la voz de Oliver, su sereno fraseo, su ausencia de énfasis, su austeridad, pero sin perder en el camino nada de su potencia original.

Son tiempos particularmente propicios para leer la poesía de Mary Oliver. Tiempos en los que los lazos con el otro, con lo otro, en nuestro país, en el mundo, aparecen particularmente degradados, debilitados. En los que la ausencia de empatía, el cinismo e incluso la crueldad han pasado a ser, para muchos/as, atributos de los cuales alardear.

La poesía de Oliver va en sentido contrario: restablece lo roto, recupera lo perdido, nos resitúa en la familia de las cosas en un lugar modesto, suave, no invasivo. La suya es una poesía sabia, no ofrece un discurso cerrado, pleno de respuestas, sino una catarata de preguntas precisas. Las preguntas que vale la pena que la poesía siga formulando, siempre rebelde, siempre despierta y ajena al sentido común de la época.

La poesía de Mary Oliver nos invita, nos urge, nos alienta a hacer lo que hace falta hacer: transformar a la escritura en lo opuesto a la naturalización de la injusticia, la tristeza, la fealdad, convertirla en un modo de liberación, de canto y de promesa. Nos urge a todo eso no a partir de una elaborada reflexión filosófica en sus poemas, sino más bien a partir de versos simples y perfectos como estos:

¿Dónde estás?
¿Sabías que el corazón tiene un calabozo?
Trae luz! Trae luz!

(Poemas en versiones de Patricio Foglia y Natalia Leiderman, editado por Caleta Olivia, prólogo de María Teresa Andruetto, 2017)