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La poesía argentina, que no ha carecido de vanguardias ni movimientos, ha dado sin embargo sus mayores golpes, o al menos los mas estruendosos, en pequeños gestos solitarios, breves esbozos de una revolución llevada adelante por la valentía de poetas como Olga Orozco.

Ya en 1947, en el primer verso de su primer poema de su primer libro demostraba cierta clarividencia: “A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas”.

Mucho después pero en la misma senda, se ocupó de habitar y de hablar del mundo que la atravesaba; entre cenicientas, tormentas, sombras propias, sombras ajenas y destinos, supo escribir/nos:

“La realidad, si, la realidad, / ese relámpago de lo invisible/ que revela en nosotros la soledad de Dios” (si nunca había imaginado un dios, menos me digné en imaginar un dios solo, triste y abandonado)

Su poesía fue volviéndose fértil y sinuosa, árida e inasible, su decir, ese idioma intransigente que coqueteó con el surrealismo, fue sucumbiéndonos al vértigo de las bestias, a la calma de un dios desangrándose antes de producir el milagro.

Ya sobre el final nos legó sus últimas confesiones:

“Frente al espejo, yo, la inevitable/ Nada que agradecer en los últimos años, / nada, ni siquiera la paz con sus señales de renunciamiento (…)”

En otro fragmento del mismo poema termina por resignarse:

“Esta boca no canta/ Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós, / es una larga estría en un mármol de invierno (…)”

Olga, la espía, la intermediaria, la bruja buena, se fue por una grieta de sollozos y de olvidos, quién sabe qué se habrá llevado de este mundo, o aun mejor, qué huellas, qué marcas, y qué cicatrices nos habrá dejado antes de irse.

Poesía completa

Olga Orozco
Adriana Hidalgo editora – la lengua/ poesía – 2012