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De la mano de Ediciones Del Dock, Griselda García Editora y Cartografías un clásico de la poesía universal, en una admirable traducción de Jorge Aulicino, podrá disfrutarse en el presente.

Trabajar Cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos envuelve dos tomos de la obra de Cesare Pavese, poeta mítico italiano, que sirven a la vez como retrato de la Segunda Guerra Mundial – tiempo en que se escribe – y como testimonio de las mixturas culturales de la época. En ellos Pavese toma de la poesía “dura” norteamericana el extracto para condimentar una prosa natural y livianamente anclada en la metáfora que lucha “en contra del decadentismo post romántico peninsular, a contramano del futurismo y de manera lateral al hermetismo atribuido a Giusseppe Ungaretti o a Eugenio Montale”, como aclara Jorge Aulicino en su contratapa. Es Aulicino el traductor y a quien le debemos el hecho de rescatar de las garras del olvido este testimonio de vida y muerte.

Este libro, co-edición de las editoriales Griselda García Editora, Ediciones Del Dock y Cartografías implica el concienzudo trabajo de devolver un clásico a las librerías. En su primera parte Trabajar cansa hallamos el retorno a Santo Stefano Belbo, pueblo del que es oriundo y cercano a Turín, donde en 1950, en la cumbre de su éxito decide tomarse una dosis de somníferos que acabaron con su vida.

No es dato menor recalcar que se señalen como motivo de su muerte, su relación con dos mujeres. El género femenino puede parecer en una primer lectura maltratado en su obra, por el abundante peso de la virilidad escrituralya que, preso de su época, en Trabajar cansa la voz narrativa de Cesare reconstruye a la mujer y a su cuerpo como la otredad; como lo que está hecho para devenir en otros cuerpos, en dar vida… y aparentemente nada más. Probablemente estas líneas fueron fruto de una preparación cultural de otra época. Pero como en una suerte de venganza del destino, son ellas, las mujeres y el amor y desamor que le provocaron las que lo llevan al abismo de querer una noche acallar para siempre su voz. A Pavese se le encuentran también cartas – de un romance- que tiene con una activa militante del comunismo lo que lo confino a la celda durante el fascismo. Cabe aclarar que Cesare era ferviente militante del PCI.

Por su parte en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos la voz narrativa que se construye es la de un hombre enamorado, quizás de aquella actriz norteamericana por la que toma la decisión de suicidarse.

Hombre de vida inquieta y claridad esclarecedora a la hora de revelar detalles de la humanidad y de su tiempo, Cesare utiliza metáforas donde, por ejemplo, y en lo que concierne a Trabajar cansa la cacería y la vida animal se compara con el apareamiento humano. En estos poemas Cesare parece reducir al hombre a su animalidad para rescatar su instinto. Son estos poemas también una descripción mundana y barroca de la vida en el campo en contraposición de la vida en las grandes ciudades que crecía a un ritmo estrepitoso.

Se puede hallar también en este primer tomo el leitmotiv de la importancia del trabajo como salida de la destrucción que provoca una vida relegada al sexo y la diversión, como puntualiza en “El Dios Cabrón”.

Activista político, crítico, intelectual, traductor, ensayista y poeta Cesare Pavese revela entre sus líneas una sensibilidad que escapa a la clasificación. Sondeando colinas, recordando a los héroes de la infancia, recibiendo bocanadas de aire e inspiración de una Italia en medio de las ruinas que dejaría el fascismo y también, porque no, describiendo borrachos, prostitutas y hombres de trabajo es que crea estos dos tomos, separados en el tiempo por la juventud, y la muerte. Quizás releyéndolos ahora, juntos, se pueda rescatar una voz imprescindible que regó de sabiduría y un pesimismo heredado de la experiencia a toda la poesía de su tiempo y de la actualidad.

Poemas de Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, de Cesare Pavese

Del Dock, Cartografías, GG Editora – Buenos Aires, 2018

Traducción y prólogo: Jorge Aulicino.

Grapa en septiembre

Las mañanas transcurren claras y desiertas
sobre las costas del río, que al alba se enturbia
y oscurece su verde, en espera del sol.
El tabaco que venden en la última casa
todavía húmeda, al borde de los prados, tiene un color
casi negro y un sabor jugoso: humea azulino.
Tienen también la grapa, color de agua.

Ha llegado el momento en que todo se detiene
y madura. Las plantas lejanas están quietas:
se han vuelto más oscuras. Esconden frutos
que caerían de un sacudón. Las nubes esparcidas
tienen pulpas maduras. Lejos, sobre las avenidas,
cada casa madura bajo la tibieza del cielo.

No se ven a esta hora más que mujeres. Las mujeres no fuman
y no beben, saben solamente detenerse en el sol
y recibirlo sobre ellas tibio como si fuese fruta.
El aire, crudo de niebla, se bebe a tragos
como la grapa, cada cosa ahí exhala un sabor.
También el agua del río ha bebido la orilla
y la macera en el fondo, en el cielo. Las calles
son como las mujeres, maduran inmóviles.
A esta hora cada uno debería detenerse
en la calle y mirar cómo todo madura.
Hasta hay una brisa que no mueve las nubes
pero alcanza a conducir el humo azulino
sin romperlo: es un nuevo sabor que pasa.
Y el tabaco se empapa de grapa. Y así las mujeres
no serán las únicas que gocen la mañana.

Maternidad

Este es un hombre que ha hecho tres hijos: un gran cuerpo
poderoso, que se basta a sí mismo; al verlo pasar,
uno piensa que los hijos tienen la misma estatura.
De los miembros del padre (la mujer no cuenta)
debieron salir, ya hechos, tres jóvenes
como él. Pero como sea el cuerpo de los tres,
a los miembros del padre no les falta una pizca
ni un resorte: se han separado de él
caminando a su lado.

La mujer existió,
una mujer de sólido cuerpo, que volcó
en cada hijo la sangre y murió junto al tercero.
Parece extraño a los tres jóvenes vivir sin la mujer
que ninguno conoce y los ha hecho, a cada uno, con esfuerzo,
aniquilándose en ellos. La mujer era joven
y reía y hablaba, pero era un juego riesgoso
tomar parte en la vida. Es así que la mujer
se quedó en silencio, mirando extraviada a su hombre.

Los tres hijos tienen un modo de alzar los hombros
que este hombre conoce. Ninguno de ellos
sabe que tiene en los ojos y en el cuerpo una vida
que en su tiempo era plena y saciaba a este hombre.
Pero, al ver doblarse a uno de ellos en el borde del río
y zambullirse, este hombre no encuentra ya el movimiento luminoso
de los miembros de ella en el agua, y la alegría
de dos cuerpos sumergidos. No encuentra más a los hijos,
si los mira por la calle y los compara con él.
¿Cuánto tiempo pasó desde que hizo a los hijos? Los tres jóvenes
andan, en cambio, jactanciosos, y alguno, por descuido,
ha hecho ya un hijo, sin tener mujer.

Mujeres apasionadas

Las muchachas en el crepúsculo descienden al agua,
cuando el mar se desvanece, vasto. En el bosque
cada hoja se estremece mientras emergen, cautas,
sobre la arena y se sientan en la orilla. La espuma
hace su juego inquieto a lo largo del agua remota.

Las muchachas tienen miedo de las algas enterradas
bajo las ondas, que aferran las piernas y la espalda:
todo lo que esté desnudo, del cuerpo. Suben rápidas a la ribera
y se llaman por el nombre, mirando alrededor.
También las sombras en el fondo del mar, en la oscuridad
son enormes y se las ve moverse inciertas,
como atraídas por los cuerpos que pasan. El bosque
es un refugio tranquilo en el sol poniente,
más que la arena, pero les place a las oscuras muchachas
estar sentadas en lo abierto, sobre sus sábanas recogidas.

Están todas acurrucadas, apretando la sábana
entre las piernas, y contemplan el mar sereno
como un prado en el crepúsculo. ¿Se atrevería alguna
ahora a tenderse desnuda en un prado? Desde el mar
saltarían las algas, que rozan los pies,
y agarran y envuelven el cuerpo tembloroso.
Hay ojos en el mar, que se entrevén a veces.
Aquella desconocida extranjera que nadaba de noche,
sola y desnuda en la oscuridad cuando cambia la luna,
desapareció una noche, y no regresa jamás.
Era alta y debió ser blanca, resplandeciente,
para que los ojos, desde el fondo del mar, la alcanzaran.