Daniel Riera

En el último libro de Daniel Riera, La menor (Galerna), un hombre de una empresa que fabrica contenidos para celulares, le pide que escriba al protagonista, una novela que se pueda mandar por mensajes de texto. Lo que infiere que cada capítulo tenga, cuanto mucho, mil caracteres de extensión. Con este singular y desafiante puntapié argumental, su autor despliega en sus 60 capítulos, un programa narrativo cuyo frenesí inventivo produce (e introduce), como consecuencia, una nueva e interesante técnica de la novela. Autoreflexiva, citacional, en ella Riera demuestra el uso oportunista de los sentidos sobre los que vive una sociedad en un momento dado, a favor de una ética de la invención.

Juan José Saer escribió La grande. Riera, ahora, La menor. ¿Con qué te gustaría que el lector se encuentre cuando se inicie en la lectura de esa novela? ¿Sorpresa?, ¿admiración?, ¿entretenimiento?
Saer también escribió La mayor. El título de mi novela juega con eso, no sólo desde una prosa que en un punto es antisaeriana –frases cortas, muy pocas comas, párrafos breves- sino también con los géneros menores, con la nota musical, con el tamaño mínimo, con el hecho de que la protagonista sea una bebita. Desde que Borges dijo que su principal aspiración era entretener a los lectores, ningún escritor debería ponerse demasiado pretencioso a la hora de enunciar las razones por las cuales escribe. Si el lector la pasa bien leyendo La menor, me basta y me sobra.

¿Cómo surgió la idea de escribir esta novela que tiene tantos capítulos como páginas? ¿Surgió como encargo?, ¿cómo desafío personal?
Cuando empecé a escribir no sabía ni cómo seguía ni cómo terminaba. Después, como suele ocurrir, la historia me fue llevando.

Si bien es un libro que se puede leer rápidamente, inclusive de una sentada, ¿su escritura fue presurosa?, ¿hubo mucha corrección?
No sé si tanto como “presurosa”, pero sí que la escribí en pocos meses. La corregí, no sé si mucho o poco, diría que hasta que quedé satisfecho. Como todos los capítulos tienen una misma medida porque así lo exige la trama, cuando terminaba la primera versión de cada uno, contaba los caracteres y, si me había pasado, trataba de cortarlos.

El método aplicado a la construcción de esta historia, te llevó a desarrollar una prosa producto de oraciones breves, hiperbreves. ¿Te sentiste cómodo adoptando ese estilo tan circunstancial?
Sí. La novela arrancó así y desde el principio adoptó un tono, un ritmo relacionado con esas oraciones.

Es interesante como trabajás lo verosímil a medida que la narración va avanzando página tras página. ¿Alguna vez pensaste en Aira mientras escribías el libro? O en otras palabras: ¿hasta dónde se podría forzar la ficción?
César Aira es un escritor que admiro mucho, pero cada vez que un escritor usa la imaginación o escribe un texto no “realista” en la Argentina se lo relaciona con Aira, como si fuera el único al que le está permitido hacerlo. La estructura de La menor es bastante más clásica que las habituales en Aira, en el sentido de que no tiene un final “estallado”, como suelen tener sus novelas. Alguien podría encontrar un paralelo entre la escena con el celular gigante y la batalla entre el Divanlito y el Monjatrón de El Sueño, pero convengamos que la cultura popular está llena de megamonstruos: lo que sí podemos decir es que –salvando las distancias- ambos somos algo tributarios de la historieta. Además de Aira, también admiro mucho a Oesterheld y creo que hay bastantes referencias a El Eternauta: el pequeño grupo de gente que no sabe si hay sobrevivientes, que les teme, el bicho bola gigante y temible –que podría interpretarse como una variación humorística sobre los temibles “cascarudos”- la cita “Somos robinsones en medio de un océano de muerte”, etc. También hay muchas referencias y citas varias a diferentes escritores –a veces porque tienen que ver con la historia, a veces por simples ganas de joder- que los lectores atentos sabrán descubrir.

En un pasaje de La menor, alguien dice: “las combinaciones entre letras son infinitas”. ¿Qué significa para vos concretamente la invención?
Supongo que lo primero es la alegría de ver cómo un mundo se despliega ante vos, un mundo cuyas reglas se te van imponiendo a medida que vas avanzando en la historia. A través de esas maquinitas que son los libros, inventamos mundos nuevos que se parecen más o menos a este.

¿En qué medida importa la acción en relación al suspenso y la trama?
Tenemos novelas que son pura peripecia, novelas en los cuales lo que importa son los personajes, novelas de ideas y un largo etc. La novela es el momento más libre y más inclasificable de la literatura. Una vez un profesor en la Facultad –creo que Ariel Schettini- dijo algo así como “La novela puede ser cualquier cosa y ese cualquiercosismo es lo mejor que tiene”. Adhiero enfáticamente a esa idea.

La historia está narrada con una importante cuota de humor. Más allá de lo obvio, ¿qué efectos pensás que produce cuando es aplicado a la literatura?
Evangelios y apócrifos era una novela, por así decirlo, “agridulce” donde uno de los protagonistas tenía cáncer, había una pareja en crisis, una búsqueda existencial que atravesaba toda la novela y otros elementos “realistas”, y al mismo tiempo había también mucho humor, muchas situaciones disparatadas, mucha fantasía. Para algunos lectores esa ambigüedad era desconcertante, como si no existiera en sus propias vidas. La menor es una novela mucho más abiertamente lúdica. Mis próximos libros de ficción van a tener un tono bastante más dramático, porque las historias a ser contadas así lo exigen. Diría que si me estoy divirtiendo mientras escribo, es bueno que al lector le suceda lo mismo mientras lee. Y diría también que me gusta mucho más el humor que deviene de las situaciones y de la historia que el mecanismo del “chiste”. Sin embargo, he de aclarar que no pienso en el humor como si fuera un condimento que se le pone a la salsa o un color que se agrega en la paleta del pintor, sino que el asunto es bastante más espontáneo mientras escribo.

Himalaya, la mamá de Himalaya, Papá soñador, Papá contador, Elena… ¿con cuál o cuáles de tus personajes sentiste durante el proceso de creación una relación especial?
Supongo que el soñador y el contador se necesitan el uno al otro. Quizá yo estoy más cerca de Papá soñador y últimamente las circunstancias de la vida me han obligado a considerar un poco más la opinión de Papá contador.

Ahora, entre nos, ¿pensás también que otro protagonista de esta historia es, y debe ser considerado el celular?
Sí, por supuesto. Y ahí llegamos a otra de las influencias presentes en La menor: la película The Departed (Los infiltrados), de Martin Scorsese.

La acción de la novela transcurre en Nepal, ¿te sorprendió cuando te enteraste del terremoto?, ¡qué coincidencia!
¡No! Me sorprendió más cuando uno de mis primos se apareció por mi casa con una camiseta de la selección nepalesa de regalo. La novela todavía estaba inédita y él no sabía que la había escrito.

¿Retomarías el formato de este libro para una nueva novela?, ¿por qué?
Si la historia lo pide, por ahí sí. Mi anterior novela, Evangelios y apócrifos, tenía un formato de 60 capítulos de 3.600 caracteres, o sea 60 líneas a 60 espacios. Me gusta escribir a medida: es una herencia de mi oficio de periodista y en cierto modo una reflexión sobre el hecho de que la escritura de ficción también es un oficio.

La Menor