BEN ZAKEN, de Efrat Corem

La ópera prima de una de las nuevas directoras de Israel llegó al BAFICI de la mano de la competencia Internacional. Ante todo, la simetría calculadísima de Efrat Corem sorprendió para bien; sus composiciones simplistas, de mucho blanco ó tonos claros y planos fijos que permanecen estáticos aún cuando el movimiento del cuadro se ha acabado, generan un clima sórdido y elocuente por sí mismo para desarrollar la historia de Ruhi, de 11 años, y su disfuncional familia. Por lo general, los personajes y su propia interacción con los diferentes ambientes son suficientes para algunas puestas en escena. Las primeras escenas sirven para presentar un poco del panorama de la trama: Ruhi es una niña conflictiva y acosada por sus compañeros de colegio y se encuentra en una de esas etapas de la vida donde los caprichos (algunos superficiales y otros no tanto) son lo único que pueden salvarla. Comprendida y adorada por su padre Shiomi– algo vago y pretencioso – Ruhi reprime sus sentimientos encontrados, que se transforman en pesadillas nocturnas. La construcción de los ambientes también se realiza a través del sonido, que logra caracterizar de manera realista pero elocuente los espacios que van habitando los personajes. A Ruhi y su padre se suman su tío León y su abuela Dina, que desconfían de que Shiomi sea realmente capaz de criar adecuadamente a su hija. El fuera de campo posee altísima importancia dentro de Ben Zaken, ya que la cámara parece encontrarse en el momento y lugar exactos para retratas las hazañas diarias de la familia, que parece estar a punto de quebrarse constantemente. Con un prestigioso elenco que encarna a la perfección cada uno de los papeles, el largometraje de Corem toma como puntapié las emociones de una niña para caracterizar algo mucho, mucho más grande.

ben zaken

LA MUJER DE LOS PERROS, de Laura Citarella y Verónica Llinás

Una vez más, la singular dupla directora-actriz vuelve a surtir efecto. La mujer de los perros es un largometraje codirigido que rescata lo mejor de cada parte. Como el título lo indica, el personaje de Llinás no tendrá nombre; será, simplemente, la amiga de alguien, una paciente anónima, una bruja loca que vive en medio de la nada rodeada de entre 8 a 10 perros. Otra particularidad del personaje es que, además, pareciera que no siente la necesidad ni los deseos de hablar o expresarse. Llinás caza, se lava y cocina en silencio acobijada por una choza improvisada que habita junto a sus fieles compañeros, que la siguen y la protegen donde la mujer vaya. Si bien desde un principio el personaje de Llinás se mantiene inmutable frente a las adversidades – ya que tarde o temprano termina resolviendo situaciones de supervivencia que pocos realmente pueden jactarse de saber resolver -, ya sobre el final del filme adoptará nuevos estados que le permiten sonreír o, por lo menos, entusiasmarse. Siempre muda, susurrando a quien la pueda escuchar. Lo que acompaña las acciones son ambientes exteriores de campo – bien construidos e identificados – más algunas suaves melodías de bajo y guitarra compuestas por – nada más ni nada menos que – Juana Molina. El clima que se pretende de las tomas largas, de la narrativa sin sobresaltos y de los travelling en planos cortos se complemente a la perfección con los acordes que suenan a modo de tambores de guerra a lo largo de toda la duración de la película. El contacto de Llinás con los seres de cuatro patas que la rodean generan momentos de tensión, de empatía e incluso, de ternura. Probablemente la mayoría de la audiencia haya estado todo el tiempo de proyección pensando en los motivos que llevaron a “La mujer” ha aislarse del resto del pueblo, pero para la trama de las directores es cosa menor. Del personaje de Llinás no interesa ni su pasado ni su posible futuro, sino que se centra específicamente en el presente, en el día a día, durante las cuatro estaciones del año. Los diversos climas provocarán que la mujer reaccione y desarrolle su rutina con grandes diferencias, pero siempre acompañada de caninos. Quizás La mujer de los perros es la prueba fehaciente de que existen seres humanos a lo cuales de pronto les resulta más fácil relacionarse con los animales que con sus pares, donde entabla conexiones que lo limitan, lo condicionan y lo fuerzan a sobrevivir dentro de las condiciones que la sociedad considera “políticamente correctas”.

la mujer de los perros

GOODNIGHT MOMMY, de Veronika Fran y Severin Fiala

Ni el tráiler comercial ni la reseña de Marcelo Panozzo para la página oficial del BAFICI alcanzan para dar una impresión adecuada de la película austríaca en Competencia Internacional, Goodnight Mommy. Con dos directores y guionistas – Veronika Fran y Severin Fiala, ya presentes en la edición de 2013 con Kern -, el largometraje narra la historia de cómo dos hermanos gemelos (nombrados como en la vida real, Elías y Lukas) sospechan que su madre no es la misma desde una operación estética que le ha dejado el 90% del rostro vendado, salvando ojos y boca. Con un sutil y fino suspenso, Goodnight Mommy emplaza una historia en los bellísimos escenarios de bosques, pantanos y un cristalino lago y la combina con un relato ambiguo y atrapante. Constantemente se ponen en juego elementos propios no sólo del suspenso sino también del thriller psicológico, donde el espectador se enreda persiguiendo un objetivo que termina por transformarse en otro. Con los detalles que hacen de una película un trabajo interesante, este largometraje divaga por algunos rincones de lo conocido, como tirando de varias puntas de un mismo hilo, para luego resolverse en una premisa clara que al espectador relajado quizás se le pasa por alto. La dirección de arte es un elemento importantísimo de la historia; a pesar de contar con innumerables locaciones naturales que se imponen por sí mismas, Elías y Lukas habitan una moderna casa que genera situaciones de iluminación muy particulares que aportan unos puntos más a la estética general. El juego que se genera entre el lazo familiar de los gemelos con su madre permite que las posibilidades del desenlace sean múltiples hasta llegar al clímax de la trama. Una película distinta, pero a la vez similar, que engloba un suspenso constante pero que no desespera.

goodnight mommy

WONDERFUL WORLD ENDS, de Daigo Matsui

Desde Japón llega a la Competencia de Vanguardia y Género el largometraje Wonderful World Ends – con título basado en una canción de la estrella de pop oriental Seiko Oomori, que también participa del filme además de musicalizarlo – es un relato difícil de encasillar en un solo género; tiene tanto de comedia como de romance, combinados con una pizca de drama. Como unidad compleja, la película es una suerte de relato adolescente en medio de la vorágine del mundo moderno, donde los héroes y las divas se construyen a partir de redes sociales y aparatos cada vez más inteligentes. Además, tiene una que otra sorpresa donde el género se dispara y se retuerce y se admiten personajes totalmente desencajados que aportan carácter onírico a una historia que parecía ser simple. Lejos de caer de boca a una canasta de estereotipos, Wonderful World Ends no sólo convoca a imágenes cinematográficas, sino también a conversaciones de mensajería instantánea estampadas en pantalla, entradas de blog e incluso fragmentos de videoconferencias (modernamente denominados tuit-cams) que los jóvenes japoneses acostumbran a utilizar para conectar con otros. Los personajes son por demás indescifrables y se los muestra constantemente viviendo el aquí y el ahora, guardando las utopías en mochilas decoradas con muñecos de tela, pines y peluches. En este contexto es donde Ayumi –preadolescente retraída y temerosa – conocerá a Shiori – de 17 años, fanática del cosplay y dueña de suspiros por parte de sus seguidores virtuales, espontánea y “demasiado bonita”, como repite ella misma – y se iniciará en una nueva travesía amorosa de helados, videojuegos y caminatas compartidas. Cuando las dos jóvenes se encuentran sus realidades colisionan, fusionándose la una a la otra, opacando cualquier otra sensación que flote en el aire. Una película moderna, simple y a libre interpretación que demuestra, una vez más, que no hay límites para el amor.

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