El punk rock sigue dando que hablar porque como bien se dice en “Resaka“, “el punk no envejece, no future, no past!”. Lo de no future es un grito de guerra que atraviesa toda brecha generacional desde los inicios del género, es un lema. Los 30 años de Flema sí se pueden medir es una escala temporal y marcar diferentes etapas sin hablar de vejez, sino de una continua lucha porque Flema no se rinde, ya que nunca se fueron… aunque ahora volvieron.

Algo que nadie se pudo imaginar es lo que pasó el 1 de diciembre en el Teatro Roma de Avellaneda: Flema tocó con la Orquesta Sinfónica municipal homenajeando su trayectoria que la hizo estar en lo más alto del punk rock argentino. La leyenda de Ricky Espinosa trasciende todas las fronteras y estoy seguro que esta sorpresa ni siquiera él, con toda su audacia, se la pudo haber imaginado. Canciones como “No quiero ir a la guerra” y “Vahos del ayer” con una banda de cincuenta instrumentos detrás con varias cuerdas y varios vientos. El punk rock sobre Beethoven que se jactaba de los sucios tres tonos logró llevarse a la realidad y ensuciarlo todo, porque Flema hace lo que quiere y no tiene que darle a nadie alguna explicación.

El experimento de reunir dos elementos que no parecen encajar, encajan, aunque sea una vez para celebrar de una manera diferente. Quizás muchos de los que siguen a Flema nunca habían escuchado una orquesta y quizás muchos de los que tocan en la orquesta nunca habían denunciado con su música al sistema… pero esa noche dos cosas que parecían no tener nada en común, se relacionaron como sí lo tuvieran. La delicadeza, el refinamiento y la sutileza de la orquesta sinfónica pudo mezclarse con la fuerza, la distorsión y la agresividad del punk rock.

El público que quiso ver con sus propios ojos lo que sus oídos no podían distinguir, se encontraba anonadado. La combinación era extraña pero sorprendente, porque para bien o para mal, cueste lo que cueste separarse del sonido original, hay que aceptar que la libertad del punk lo puede llevar a lugares impensables. Era tan raro ver a un maestro dirigiendo con su batuta como ver al público de Flema sentado en las butacas como disfrutando de una ópera. No creo que ninguno de los que estuviera ahí pudo haber esperado un final tan delicadamente arrogante como cuando los violines, los chelos, las flautas y los aplausos del público dieron el agradecimiento a la banda por estos 30 años al coro de “Nunca seré policía“.