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Foto: Matthew Berggren vía Flickr

Esta semana se produjo un fallo histórico en los tribunales de Brooklyn: un grupo de 21 artistas del graffiti fueron indemnizados con 6,75 millones de dólares tras el derribo de un gran complejo industrial en cuyas paredes yacían obras suyas.

Durante veinte años, el edificio conocido con el nombre de 5Pointz y ubicado en Jackson Avenue, en Long Island, fue intervenido más de 11 mil veces por graffiteros que eran invitados por el dueño del inmueble, Jerry Wolkoff.

Con el correr del tiempo, 5Pointz (nombre que hacía referencia a los cinco barrios de New York uniéndose en un único lugar) se fue convirtiendo en una atracción turística de la ciudad, llegando incluso a ser parte de guías de turismo.

Sin embargo, en octubre de 2013, Wolkoff tomó la decisión tapar todas las piezas con pintura blanca, para luego tirar abajo la estructura y abrirle paso a la construcción de un edificio de apartamentos de lujo en 2015.

Los writers, quienes se quedaron cortos en su intento de comprar el edificio para preservar sus graffitis y este espacio que en su día fue considerado como la mayor exposición de arte urbano del mundo, tomaron otro camino: demandaron a Wolkoff y le pidieron a los jurados que consideraran una norma federal poco conocida -y que tampoco se había aplicado al trabajo de creadores urbanos-. Se trata de la ley de derechos de los artistas visuales de 1990, que sostiene que cualquier obra de arte debe ser protegida, siempre y cuando su calidad y valor patrimonial sea reconocido por especialistas.

Para sorpresa de propios y extraños, el jurado tomó partido por los artistas y consideró que estos debían ser remunerados por los daños causados a 36 de sus obras. Luego, el juez Frederic Block no sólo confirmó esta recomendación, sino que también elevó a 45 el número de piezas que debían ser resguardadas basándose en la legislación vigente.

En adición, Block consideró que la colección artística que se exponía en las paredes era de gran calidad y destacó la técnica, la maestría y la visión utilizada por sus creadores, “que merecía haber sido expuesta en museos de renombre”. Esto lo llevó a sentenciar que Wolkoff debía pagar el máximo monto posible por daños y perjuicios, es decir, 150 mil dólares por cada una de las obras.

Fundamentando su decisión final, el letrado señaló:

“Si no fuera por la insolencia de Wolkoff, no se habrían evaluado estos daños. Si no hubiera destruido 5Pointz hasta después de recibir sus permisos y lo hubiese demolido 10 meses más tarde, la corte no habría hallado que actuó obstinadamente”.

“La pena es que como 5Pointz era una atracción turística destacada el público hubiese corrido a despedirse durante esos 10 meses, para observar las formidables obras de arte en aerosol por última vez. Hubiera sido un magnífico tributo a los artistas, que lo merecían ampliamente”, añadió Block.

Por su parte, Eric Baum, el abogado que representó al colectivo de graffiteros, consideró que el desenlace de esta disputa legal “es una clara indicación de que el arte del aerosol está en la misma categoría que cualquier otro arte, y merece como los demás la protección de la ley federal”.