La decisión de dedicarse a la música no suele ser una muy fácil de tomar, o al menos no tanto como la de optar por una carrera más segura y rentable en cuanto a lo financiero. Lamentablemente, un estudio publicado por Citigroup viene a confirmar que por más dinero que se genere hoy gracias a las creaciones musicales, tan solo una cantidad irrisoria del mismo llega a los bolsillos de sus autores.

Para poner en perspectiva lo miserable de tal repartición, podemos mirar el monto que recibe una artista de exitosa trayectoria como Portishead, quien por las más de 24 billones de reproducciones de sus canciones en Spotify ha recibido apenas $2.500 dólares. Ya podemos entonces imaginarnos cuánto ganan las bandas emergentes por la escucha de sus temas en esa plataforma digital que cobra mensualmente un promedio de $10 dólares a sus millones de usuarios premium.

Si nos remitimos a otras cifras detalladas en el comentado informe, encontramos que, por donde se los miren, se trata de números injustos. Sobre todo si consideramos que, pese a que los ingresos obtenidos durante el último año en la industria de la música fueron los más elevados desde 2008, al lograr un exorbitante total de $43 billones de dólares; solo un 12% de ese dinero llegó a los compositores e intérpretes del material comercializado.

La realidad es que aunque a unos pocos afortunados, como figuras de la talla de Beyoncé, Drake, Metallica y demás mega-estrellas de la escena internacional hoy sean ricos en razón de su actividad musical, su situación no es extensible a la gran mayoría de sus colegas. Además, no podemos perder de vista que es frecuente que la principal fuente de dinero de algunas de tales personalidades sean los acuerdos publicitarios que firman con diversas marcas o la venta de mercancía propia, más allá de la de sus discos en formato físico o digital.

Lo que tenemos entonces es que el 88% del capital del mundo de la música queda en manos de diversos intermediarios, como las discográficas, las empresas de streaming, estaciones radiales y demás agentes involucrados en la difusión sonora. Ahora lo que correspondería es preguntarnos qué tan conformes estamos con eso y qué podríamos hacer para cambiar dicho panorama y apoyar a los nuevos talentos.