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Si hay una banda que sabe catapultar lo más profundo de nuestros sentimientos es Beach House, el dúo de Baltimore compuesto por Victoria Legrand y Alex Scally. Cualquiera que haya escuchado alguna de sus obras a lo largo de sus ocho años de trayectoria puede sostenerlo indiscutiblemente.

Cada disco de Beach House es una experiencia única, pero siempre es algo que se siente tanto que apabulla, ya sea por su conmovedora simpleza o su enorme ambición por tocar lo más tierno del alma. Por eso no es sorpresa alguna exclamar al momento de escribir esta crónica que el show de Beach House en el teatro Vorterix fue inmensamente emotivo y de una intensidad tal que secó todo tipo de sentimiento y nos estremeció de comienzo a fin.

Entonces partamos de lo básico, si un disco de Beach House es completamente capaz de crear fuertes sensaciones en sí mismo, no es difícil imaginar la maravillosa experiencia que conlleva desidealizar el éter y materializarlo en dos personas que cuentan con la increíble capacidad de causar indescriptibles emociones cual efectos colaterales de simplemente hacer lo que aman de este mundo.

Con eso en mente, puedo proseguir a describir lo que aconteció el martes pasado en el Teatro Vorterix durante la primer visita de Beach House a nuestro país.

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Los encargados de telonear el evento, fueron los Ulises Conti, banda que supo estar a la altura de la situación y con la ayuda de un piano, un violín, una guitarra y un contrabajo crearon el ambiente propicio para anticipar el gran momento de la noche. Además debemos destacar que pudieron afrontar la gran responsabilidad depositada sobre sus hombros salvando (siempre) dificultades en relación al sonido que fueron sorteándose a lo largo de la noche (sobre todo durante la presentación de ésta banda) y que fueron infortunios que pueden ponerse de lado pero nunca obviarse.

Vamos a lo que nos compete. Son las 9 y 15 y Victoria y Alex están en el escenario, junto a un baterista que ayuda en la intensidad de la presentación en vivo. Ella se encuentra detrás de sus teclados, con toda su abultada cabellera tapando su cara y comienzan el show con el segundo tema de su aclamado último disco, Bloom, “Wild”. Completamente impredecible, como cada momento del show.

La timidez con la que Victoria entona esos primeros versos enternece. Es casi como si estuviera escondiéndose de todos nosotros detrás de su flequillo, segura en su mundo interior y presentándonos con total modestia esa voz que tanto amamos.

Poco a poco empieza a entrar en confianza. La calidez del público le demostró que no tenía nada que temer, sobre todo después de que nos derritió con “Walk in the park” como segunda canción. En ese punto, todos éramos vulnerables, no sólo ella y fue en ese entender mutuo donde todos decidimos entregarnos a la experiencia comprometiendo alma y corazón.

Y así se sintió todo el show, sobre todo en esas canciones que nos causaron escalofríos desde la primera vez que escuchamos Teen Dream y nos enamoramos de él: “Silver Soul”, “Used to Be”, “10 Mile Stereo” y en momentos especialmente emotivos: “Zebra”, “Norway” o “Take Care”.

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Bloom fue el otro gran protagonista de la noche, como bien podíamos anticipar ante lo arrollador que resultó su lanzamiento el año pasado. Como ya contamos, “Wild” abrió la noche, y el resto de las canciones que lo acompañan en la cuarta creación de la banda fueron igualmente imponentes.

Así se sucedieron brillantemente canciones como “Other People”, “The Hours”, “New Year” o “Lazuli”. La infaltable “Myth” fue la encargada de “cerrar” el show antes del encore en un momento dotado de gran sensibilidad. Junto con “Wishes” e “Irene” (la canción que terminó cerrando el show) conmovieron al público de impresionante manera.

Sin embargo fueron las pocas pero perfectamente elegidas canciones de los dos discos anteriores las que elevaron el show a ese grado tan mítico que Beach House nació para engendrar. Uno de los momentos claves de la noche fue aquel donde sonó la única canción de su disco homónimo: “Master of None”, que una Victoria ya despojada de toda timidez dedicó a las “chicas” presentes en el Vorterix. Aquellas correspondientes a su segundo disco, Devotion, fueron las cerezas que coronaron una noche de infinita emoción, pues le brindaron a la propuesta otro tipo de profundidad. “Turtle Island” elevó la experiencia inmensamente en lo que fue el momento más introspectivo de la noche y “Heart of Chambers” se metió calurosamente en nuestros corazones después del gran cierre que había tenido el show con la gloriosa “Myth”.

En fin, como era de esperarse, el show de Beach House tocó lo más interno de cada uno de nosotros. Metió emoción y causó indescriptibles sensaciones que conmovieron lo más profundo de cada ser. En su intensidad, nos secó en emociones y nos abandonó a que pretendamos que podemos seguir viviendo nuestras mundanas vidas después de una experiencia semejante.

De más está decir que Victoria fue la gran protagonista de la noche, genuina en mostrar toda su esencia y seductora sencillez, coqueteando a un público que ya la amaba a priori, pero que salió más enamorado que nunca.

Lo que hoy nos queda es recordar que ella también aclamó haberse enamorado de Buenos Aires, así que no sería descabellado soñar con un regreso, donde volveremos a poner nuestras emociones en la mesa, a disposición de lo que sea que quieran hacer con ellas, pues ya no son nuestras.

Fotos: Pablo Colombo

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