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El domingo bien temprano por la tarde, pasadas las cuatro, el patio del Konex abrió sus puertas para darle la bienvenida a una nueva edición del Festival Buena Vibra. El quinto que se realiza, pero primera vez al aire libre. La noche anterior había tocado Él mató, entonces el escenario ya estaba caliente y no todo era culpa del calor. El Festival Buena Vibra siempre tiene un gran line-up, que se caracteriza por meter todo en una licuadora y ver de qué sabor queda. Pero en esta se pasaron, porque tuvieron varias cosas en cuenta. No sólo lo estético de ambientar el lugar con entretenimiento e interacción, desde una sala con juegos, una peluquería, hasta una mesa con varios bastidores para que la gente se pueda sentar y tenga un lugar para pintar. La muestra fotográfica de Indie Hoy también tuvo su lugar, donde en un par de imágenes se podía visualizar algo de lo que está sucediendo en la escena nacional. Algo primordial en lo que enfatizó esta edición fue en la variedad, porque si se analiza el line-up no tiene nada que cuestionársele. Desde que haya las mismas oportunidades en cuanto al género (misma cantidad de mujeres y hombres, que no es punto menor, debido a que en la gran mayoría de festivales esto no sucede), hasta pensar en la federalización musical que está dando tanto que hablar: Fémina de Neuquén, Francisca y los exploradores de Córdoba, Sig Ragga de Santa Fe y Juana Molina Buenos Aires. Por algo se anuncia el Buena Vibra como “el festival más lindo del mundo”.

La primer banda en salir al escenario fue Fémina, mientras la gente se empezaba a aparecer en el lugar. Con lentes de sol y sus coloridas vestimentas, las chicas arrancaron con su rap “En mi memoria”, que tiene tanta geografía folclórica que se pueden respirar los vientos del sur. Fémina pisó Buenos Aires y lo conquistó de una, como así cada lugar por donde pasa. Porque su música es un híbrido entre lo popular de géneros como el folclore y el hip-hop, con esa lírica que atraviesa sus canciones donde el lenguaje se apropia de ritmos modernos. Las voces sirven tanto de coros como también de bases para las canciones. La segunda fue “Deshice de mi” y la buena vibra entre la gente se podía empezar a sentir: el festival arrancó prometiendo ser una tarde inigualable bajo el sol de este verano en la ciudad.

Fémina – Foto: Catalina Calvo Doval

Siguieron con la primer canción de su álbum Traspasa, llamada “Buen viaje” y enseguida todos entramos en esa escena multifacética que, con toda la fuerza y cambios en la métrica, podían hacer de una guitarra folclórica un himno hiphopero de valles incesantes. La banda traspasa fronteras musicales y geográficas, primero en cuanto a la poética y también en cuanto a la técnica dentro del tema. Esa mezcla que incluye hasta sambas pone a bailar a todos. Bailar era lo que se necesitaba en una tarde como esta, para combatir el calor con más calor, sin apichonarse a la temperatura, ni darle lugar al tedio. Si entrabas al Konex, enseguida te olvidabas de todo el cemento de afuera, de toda la bronca del colectivo e ibas directamente “Arriba”, a ese punto andino del género. Fémina se despidió con “Los senos” y la gente quedó más que entusiasmada porque el festival estaba recién comenzando y muchas personas todavía no habían ni siquiera entrado al lugar.

Fémina – Foto: Catalina Calvo Doval

Francisca y los Exploradores continuó dando la energía que necesitaba esta tarde calurosa de festival. Había que concientizarse del clima y disfrutar cada gota de transpiración al ritmo de cada canción, porque sacó su tan querido abanico recién hacia el final. El show dio inicio con piel nueva para de a poco comenzar a desnudarse, primero con “La señal”, después con “Tan fuerte”, para empezar de a poco, ir quitándose las cadenas y poner el corazón en “Automático” para que las cosas empiecen a fluir como nos tiene acostumbrado. Mezclar un pop romántico con sonidos industriales, ese es el golpe de Francisca y los exploradores.

El repertorio siguió dando a luz a canciones de su más reciente etapa como “El asesino” y “Súper hombre”, la gente aplaudiendo el riff del coro para escuchar la nueva historia de quien saltó del colectivo al revés que se enfrentó al presidente y lo mandó a guardar ¡Gato! Para después continuar con un tema de su último disco, que muy rápido ya se convirtió en un clásico de la nueva generación: “Aspirinas”. El calor ya no importaba, la transpiración menos aún cuando se pierde el control.

Francisca y los exploradores – Foto: Catalina Calvo Doval

Como alguien que abre y cierra un abanico, en este caso tan metafórico como literal, de un movimiento a otro pasamos a sus inicios con canciones de Barbuda, “Virgen” y “Somos”. A esta altura, Francisca ya tenía dominado el clima así que siguió en ascenso, pasó a su otro disco Ra, con las dos canciones que le siguieron: “El enemigo” y “Chatarra”. Para no creer que la cosa se había sólo puesto romántica, un show de luces enarbolaba lo más rockero de la banda. Intenté predecir que iba a seguir “Gorila” pero ese me lo tuve que comer, eran mis ganas de ver ese disfraz de mono loco correr por el escenario. Pensé que cualquiera podía morir asfixiado con el calor que hacía, dentro de un disfraz peludo mucho más, así que calmé mis ansias mientras se despedían los exploradores para dejar sólo a Franco en el escenario y empezar con el final del show. Siguió “El destino”: no hay mejor canción para despedir una fiesta que esa. Una despedida eterna hace que la fiesta dure por siempre, entonces con “Aloha” saluda nuevamente y hace un cierre final con “El día de la lenteja”, porque es un festival con el horario ajustado por estar en el patio. Su turno lamentablemente ya pasó y el tiempo no perdona. Francisca y los exploradores se despidió y le guiña un ojo a lo que a le espera en el Cosquín Rock.

Francisca y los exploradores – Foto: Catalina Calvo Doval

Luego llegó el turno de Sig Ragga, que para las personas que no los conocían, enseguida se llevaron una sorpresa. Entre el público se sentía la extrañeza como también la clásica burla cuando estás frente a algo inusual. Para los que no conocían Sig Ragga, se metieron cuatro estatuas vivientes que el plateado de sus pieles brillaba mucho más que el sol, que a esta altura ya estaba cayendo. Túnicas blancas y rostros mudos de emociones, parecía que estaba a punto de comenzar una ceremonia y no me equivoqué. Mi error fue creer que las ceremonias le pertenecen a la religión y a los monjes y no a cuatro personajes con instrumentos; y mucho menos pensar que en la ceremonia podía sonar música reggae. Es extraño lo que pasa con Sig Ragga, porque constantemente te desencaja. Su música se amolda en el reggae, pero lejos de las rastas, sino como que le da un toque más futurista a la cuestión, desde sus apariencias hasta las explosiones que vienen de otro planeta. El show dio inicio con “Orquesta en descomposición” y la gente empezó a bailar y los que aun no confiaban, confiaron y se prendieron enseguida.

Sig Ragga – Foto: Catalina Calvo Doval

Siguieron con “Quise ser” y la gente de a poco empezó a percatarse de la voz de su vocalista Gustavo Cortés, esos saltos agudos que se iban escapando de su boca. Pero todavía el baile no permitía el asombro completo. Hasta que llegó “En el infinito”, donde el reggae se acaricia con la ópera y las cuerdas vocales entran en un coro de amor, amor, amor… para llegar a su nivel más alto, después de un teclado oscuro que le abre la puerta al estribillo, amor no hay nada más que dar. Tan lindo mensaje, que nadie se anima a pronunciarlo. Mejor disfrutar lo incapaces que somos de alcanzar tan alto timbre como lo hace él y ovacionarlo.

Cuando el aplauso calló, la banda mostró otro lado del amor: el de la lucha; rindiéndole homenaje al poeta anarquista italiano con “Severino Di Giovani”; para continuar haciendo aun más simbólico, “El grito impotente”. Sig Ragga es lo más original del reggae nacional, porque cuando el reggae se apaga es por la necesidad de citas y conversaciones con otros géneros. ¿Sino cómo explicar un tema como “Rebelión de los esclavos técnicos”? En ese tema, si cerramos los ojos y dejamos una rendija apenas abierta y vemos sólo sus siluetas, esos movimientos fantasmagóricos casi de ritual entre esos compases alterados, no sería muy loco imaginar a Devo. Pero si hablamos de reggae, ópera y ahora postpunk, tampoco podemos dejar atrás el jazz, y esto es porque en una caja agitada cabe todo si se sabe utilizar. Sig Ragga está seguro del descontrol, seguro de los tamices y cuando necesita apaciguar las aguas, te eriza la piel con una poética que no ilustra el amor conformista de un mundo rosado, sino al amor que cree en la revolución.

Se despidieron bien arriba, bien ska. Se despidieron con “Matatá” y ahí fue la primera vez que su cantante habló, agradeciendo al público que cada vez era más. La gente estaba parada pero si hubiera estado sentada se habría puesto de pie para una tercera ovación.

Sig Ragga – Foto: Catalina Calvo Doval

Ya de noche y con un Konex repleto de personas apareció la tan esperada Juana Molina por el escenario y los gritos y agradecimientos del público se hicieron notar. Entre unos “Te quiero Juana” y “Sos la mejor”, empezó a sonar “Cosoco” y la fiesta empezó a terminar, dejando el postre para el final. Siguió con una seguidilla de canciones de Halo, su último disco, y mientras ella decía que no sabía que en la cara el alma se veía… todas las personas que la estábamos escuchando veíamos lo transparente que podía ser Juana Molina. Se le notaba el alma con sólo parpadear y en cada abrir de ojos podíamos ver a la mujer que le encuentra formas a las nubes y las dibuja por Instagram.

Juana Molina – Foto: Catalina Calvo Doval

Juana se vio acompañada por sus increíbles músicos: el multiinstumentista Odín Schwartz, que pasaba del bajo a la guitarra, de la guitarra, al sintetizador, haciéndonos perder la cuenta de las veces que cambiaba su rol; y el prodigioso baterista Diego López de Arcaute. El trío parece que suena como si fueran muchos más; y así pasó mi canción favorita de Halo: “Estalácticas”. Lo increíble de la banda es cómo te puede ir trasladando por diferentes escenarios dentro de la misma canción en un forma casi surrealista de la narrativa, donde atravesás pasillos en puntitas de pie, para llegar a una explosión sonora de platillos y distorsiones.

Odín Schwartz – Foto: Catalina Calvo Doval

Siguió con “Paraguaya”, canción que abre el telón del nuevo disco. La gente se sabía los temas de arriba abajo y acompañaba el compás. Juana arrancó y pidió volver a empezar la canción. Estaba media incómoda con el sonido, varias veces se quejó de eso, cuando sonaba despacito algo pedía volumen, o encontraba delays donde quizás algunos no nos percatábamos. Pero su ojos hablaban por su cuenta mientras su boca decía otras palabras: cuando terminó la canción, la luna se hizo notar, literal, y arrancó una nueva versión de “Paraguaya”, más punk. Fue una gran sorpresa del festival porque no creo que nadie se lo haya imaginado. Pero la luna estaba ahí e hizo bien su trabajo.

La lista de temas cambió el rumbo del timón y se dirigió al pasado, “Lo decidí yo”. Al finalizar la canción pidió más volumen para la voz… más… más, por favor. Juana quería que su voz se escuchara fuerte y clara para cantar “Eras”. Las sonrisas del público pasaban entre números imaginarios en el momento de la cuenta… “uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete horas te esperé”. Una chica del público gritó con todas sus fuerzas: “Siempre te vamos a esperar pero no te vayas nunca Juana”. El emocionante momento en el que Juana empieza a susurrar, pasando de los días, a los meses, a los años, a las vidas, apenas pudo distinguirse porque el Konex retumbaba en aplausos y no hay un mínimo de espacio para decir algo despacito entre toda la euforia del público. Juana se rió y entre loops y muecas a sus músicos, todavía preocupada por cada detalle del sonido, bailaba con su gracia. Pasó “Un día”, “Sin dones”, “Lentísimo halo”. Hasta la estructura de la ubicación de las canciones en la lista parece pensada porque la poesía sale por todas partes.

Juana Molina – Foto: Catalina Calvo Doval

La mujer del vestido negro y ojos saltones, aquella que tenía obnubilado a miles de personas con su tan particular forma de expresión, no dejó ni un segundo el carisma de lado y a pesar de lo incómoda que se sentía por su gran manía técnica, la gente se reía mucho con ella y le decía que todo estaba bien. Pero ella hacía un grito muy agudo e infantil, hasta explicó por qué necesitaba que sea perfecto: que cualquier artista quiere mostrar las cosas tal como son frente a su gente; pero lo dijo en italiano, y eso sumaba a su comedia, por eso no parecía enojada. “Ay no se ofendan“, pero Juana es así. La noche llegó a su fin y había sólo tiempo para una canción más, así que se hizo una especie de encuesta entre “Sin guía no” y “Bicho auto”. Ganó “Sin guía no” y Juana bajó a los saltos de conejo por el escenario, mientras todas las personas la saludaban con las manos mientras salían desorientadas pero con la felicidad necesaria para esperar la próxima edición del Festival Buena Vibra.

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Foto principal: Juana Molina, por Catalina Calvo Doval.