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Los pericos volaban alrededor de la terraza, con su plumaje verde, entre el sonido que golpeaba con los edificios, las luces y una banda con guitarras eléctricas que despedían toda clase de sonidos para otra cantidad de individuos que los observaban bajo la tarima mientras bebían Tekates light.

Pasadas las tres de la tarde salí de casa, di la vuelta a la llave por segunda ocasión para cerciorarme de que cerraba bien antes de partir a mi destino. Después de una hora de viaje llegué al centro y caminé por sus calles, mientras veía aquellos edificios recordaba y cantaba aquella parte de una canción de Wilco, “Tall buildings shake, voices escape singing sad, sad songs”.

Llegué al Círculo Mercantil Mutualista, no sabía por cuál de aquellas enormes y viejas puertas se podía ingresar aunque todas lucían cerradas desde hace años. Me indicaron el camino, todo derecho hasta las escaleras. Atravesé las albercas, unas mesas decoradas como restaurante de antojitos mexicanos, las canchas de basketball, entré al terreno viejo, oscuro y oculto, con clara arquitectura masónica llena de símbolos por todos lados. Un lugar cargado de historia en toda su atmósfera es lo que se percibe. Me perdí entre los salones obscuros con imágenes de personas que no tengo la menor idea de quiénes eran, cuartos conectados con otros cuartos que formaban una especie de laberinto. Bajé por aquella escalera y subí por otra, ahí estaba un flyer que indicaba subir para llegar a la parte del festival, como si se tratara de una especie de club secreto en el que sólo algunos podrían ingresar. Entregué mi boleto, compré ticket de dos cervezas.

Caminé mirando hacia el escenario con mis dos cervezas en la mano, en una esquina alcancé a ver que Gabriela me saludaba junto con Víctor (PlaPlaPla, banda de la que ya platicaremos en otra ocasión) que miraba su celular. Le 1991 estaba tocando, un chico en la guitarra eléctrica y otro en la batería, aunque escuché muy poco del acto, la parte final se repetía con un marcado grave y unos rasgueos hacia arriba de su Stratocaste Squier. Esencia punk con sonidos experimentales. Terminé mi segunda cerveza y me encaminé por dos más, a mi lado Ceci dijo algo, noté que se rió, me saludó, platicamos un poco, después se fue.

Powers llegó por un costado para acomodar la batería con la que tocaría Pura Crema, de rato llegó Constanzo para dejar su guitarra, acomodó el setlist mismo que se lo terminaría llevando el viendo. Encendí un cigarrillo cuando comenzó el primer tema de la banda del Poniente, yo seguía a un lado del escenario, volteaba a mi izquierda para ver a las personas que se acercaban hasta la mitad del pasillo, como si un muro invisible no los dejara llegar a la tarima. De cualquier forma bailaban. La banda tocó tres nuevas canciones que estarán en su nueva producción. A mediación del show Constanzo bajó del escenario con su guitarra para encontrarse con su hija y esposa formando una postal maravillosa en aquel atardecer.

Pura Crema – Foto: Nelly Almanza

Por cada dos cervezas que tomaba apenas terminadas salía de aquella terraza, me apresuraba a los sanitarios del lugar. Dos WC portátiles y dos instalaciones del lugar se encontraban en otra tipo terraza, más pequeña, que daba cara a la avenida Ocampo. Este otro lugar en la oscuridad reunía a otras personas, vi a unos cuantos chicos en parejas disfrutar de aquel momento, en realidad romántico pero con otro tinte, el del calor, las cervezas; reían mientras miraban el cielo, mientras hablaban de cualquier cosa que pudieran seguirse la corriente. A lo lejos quedaba la puerta que conectaba con la otra terraza, atravesando un pequeño salón como estancia, la sala de las mesas de billar apenas alumbrada por una lámpara tradicional de taberna. Aquel festival no era normal.

Llegué con otro par de cervezas para recargarlas sobre los muebles colocados como seguridad por aquellos borrachos que pudieran caer del edificio, en ese lugar platiqué con todos lo que me iba encontrando. En la hora que tocó Pirámides, Sergio Gonzales (Vacío) se acercó para platicar, recordamos que estuvimos a punto de trabajar juntos en un proyecto, fumamos mientras escuchamos a una de las bandas que mejor se escucharon en la noche y todo obra del buen Sergio que cuidó el sonido de la banda.

Pirámides – Foto: Nelly Almanza

Cuando Siskodélikos subió al escenario yo me encontraba a mitad de la crew de Pura Crema, entre los sonidos de la banda miré a toda esa gente abrazándose con sonrisas, reencuentros de amigos que tenían tal vez algún tiempo sin verse. Todo comenzó con una foto de los chicos con la hija de Alejandro, después Powers le pediría a Diana, su novia, que le sacara una foto con Ceci y otra chica que se conocían desde la secundaria. Todos iban de los brazos de uno al otro, riendo, abriendo el vino tinto y pasando la botella, besos de las parejas, recuerdos de aquellas épocas, otros miraban en el proyector algún video, todo en unos minutos. Había una sensación de amor cálido en estas personas.

Siskodélicos – Foto: Nelly Almanza

Sisko llegó apoderándose del amplificador izquierdo, inició con “Cuídate” de su disco Perros muertos, álbum que, literalmente, nadie sabe dónde está. El Marshall se apagó en dos ocasiones, suficiente para que Sisko levantara sus brazos y sacara su guitarra de su cuerpo aventándole a un rincón con impotencia. Su show terminó a capela.

Llegó el turno de Villa Lobos, banda regiomontana con poco tiempo de aparecer en la escena de Monterrey pero con mucho terreno ganado pese a su corta edad en los escenarios. Su sonido mezcla un montón de géneros que en su combinación forman una pieza inmejorable para mover los pies y todo el cuerpo. Los sonidos ochenteros llegaron al escenario, Rodrigo invitó a las personas a que se acercaran al escenario. De pronto aquella masa comenzó a moverse de izquierda a derecha; la noche iba tomando un rumbo interesante.

Villa Lobos – Foto: Nelly Almanza

Las Cruxes llegaron con el esperado Jeff Davis (the Daniel Jonestown Massacre). Se trata de una banda procedente de Los Ángeles, California, con un sonido duro que faltó un poco por explotar en su visita a Monterrey. Como si se tratase de un show aparte, lo cual creo sí fue, Jeff Davis tenía su propio espectáculo en la esquina.

Las cruxes – Foto: Nelly Almanza

También llegaron desde Los Ángeles las Winter para ser el show principal del festival, para muchos el mejor acto de la noche y algo de lo que puedes estar arrepentido de perderte por ir a ver a Allison. La banda es el proyecto de Samira Winter, cantante y compositora, quien creció en Brasil bajo la influencia de los discos punk rock y la música tradicional brasileña.

Winter – Foto: Juxcar

¡Sí! Al final todos esperamos un poco más de público en el evento, pero la actividad durante el fin de semana en diferentes escenarios alejó a algunos que no quisieron arriesgar un poco en conocer y conectar con nuevos sonidos. Cintas se encargó de organizar este, su primer festival, pueden estar orgullosos de su trabajo al dar valor a esta escena. Ahora vivimos una especie de primavera musical en Monterrey, y para que este tipo de esfuerzos sigan hay que pagar nuestra entrada, así como a cada banda local que bien lo merece. Se espera el siguiente.

Foto: Juxcar

Al final seguí el canto de los pájaros, el sabor de cerveza, el sentimiento cariñoso de aquellos chicos, la sequedad de mi garganta que raspaba con el humo de cigarro y todos los sonidos que llegaban hasta mi esquina proporcionándome la sensación, al mismo tiempo, de ya no estar ahí.

En la entrada vendían tickets de cervezas 2 x 50 pesos (mexicanos), por si se preguntan por qué regresaba con dos cervezas durante esta crónica.

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Foto principal: Winter, por Juxcar.