Cuando las marcas se meten a armar eventos culturales puede pasar de todo. Según qué ofrezcas y dónde sea, los resultados pueden ser buenísimos o desastrosos. Cerveza Sol se metió en esta movida bajo el lema “Espíritu Libre” y lo hizo muy bien.

El lugar fue un acierto. Salir de la Capital es complicado, pero la elección del Centro Cultural San Isidro fue la pura verdad. Es un venue con un pequeño teatro de paredes rústicas con más de recinto del under que de teatro barrial, una buena barra, un patio angosto, pero agradable y una buena terraza. Entre los intervalos de las bandas, el patio era donde había que estar; había pizza girando en manos de mozos y mozas mientras la cerveza fluía. Por supuesto que todo era cerveza. Pedir agua era prácticamente un código secreto.

La noche la abrió Justo, cantante de Silvestre y la Naranja, pero en plan solista. La propuesta lo colocaba al frente del escenario ocupando el mínimo lugar posible en un escenario no tan grande. El cantante se calzó una guitarra Gretsch de esa que usaba Harrison de los Beatles, y desde una computadora mandaba bases programadas. Algunas con más sintetizadores, otras más minimalistas y otras con un pulso muy R&B que lo ponen en el radar de artista picante para el futuro. Se paseó entre el castellano y el inglés con su una voz armoniosa que de a ratos pudría si el track lo demandaba. Anunció un próximo lanzamiento solista y entre agradecimientos se despidió. Más que aprobado.

Justo – Foto: Catalina Almada

Pausa para tomar cerveza, comer pizza, ir al baño y amenizar la espera escuchando las mezclas en vivo de vinilos, bien vieja escuela.

El cierre musical estaba a cargo de Bandalos Chinos. Había que elegir bien los artistas para que esto funcione y el grupo de Beccar, vecinos del barrio, prácticamente, eran los correctos. El Centro Cultural es uno de los primeros escenarios a los que se subieron cuando arrancaron, contó Goyo, su cantante, en pleno show.

Los Chinos venían de tocar en Niceto, así que el show fue bastante similar, aunque un poco más acotado. Hubo equilibrio entre los temas viejos y esa pila de temas nuevos que están tocando en vivo pero que aún no editaron.

Foto: Catalina Almada

Abrieron con un enganchado entre “Un día” y “El verano”. Al tener butacas mucha gente arrancó sentada. Atrás de eso, el ambiente era completamente distinto con dos gradas repletas de gente parada. Sin embargo cuando arrancaron el tercer tema, uno de los nuevos, el que se quedaba sentado era un amargo porque todo estaba buenísimo. Así que todos de pie. Tocaron, también Vámonos de viaje, el último single que ya se instaló entre los seguidores.

Bandalos Chinos – Foto: Catalina Almada

Varias de las canciones nuevas tienen un saxo como instrumento clave, así que invitaron a un tal Exequías, que iba y venía si la situación lo demandaba. En uno de los nuevos hay un crossover épico con “Careless Whisper” de Wham!, que de manera tácita todos ubican y se ríen en complicidad.

Recuerdan sus comienzos, agradecen, Goyo repite reiteradas veces frases como “Qué lindo, guach” y siguen con lo suyo. Los temas nuevos funcionan perfecto. Se le animaron al pop más clásico y ochentoso y también al más oscuro y minimalista. Hasta tienen melodías de esas que se pueden corear. Lo único que falta es que salga el disco, grabado en el mítico Sonic Ranch en Texas.

Bandalos Chinos – Foto: Catalina Almada

Hacia el final, hicieron “Isla“, que no se sabe cómo no fue hit radial, y “Dije tu nombre” con un extenso instrumental para cerrar. Al terminar el último golpe la gente empezó a pedir otra. Los músicos se miraban pero nadie decía nada y seguían con el ritual de dejar los instrumentos-saludar-irse. Ante la insistencia, la banda vuelve a sus posiciones para cerrar con “Nunca estuve acá”, para cerrar la noche en lo más alto posible.

Este show dio el cierre de la noche. Los Chinos anunciaron que era su último show por un tiempo, y la gente se empezó a dispersar en la tranquilidad del barrio de casas que rodea el Centro Cultural. Seguía habiendo cerveza.

Bandalos Chinos – Foto: Catalina Almada