Parece que Netflix no gana para disgustos y sigue sin encontrar su siguiente gran éxito entre los amantes de las series de televisión. Después de las fuertes críticas contra Edha, Lost in Space, The Rain y Safe; había algo de esperanza con la llegada de la segunda temporada de 13 Reasons Why. Pero esa luz al final del camino rápidamente se apagó cuando, tanto la crítica especializada como los fanáticos, calificaron a la segunda entrega como una secuela pobre, con escenas de violencia gratuita y graves problemas argumentales. ¿Qué fue lo que pasó? ¿En dónde falló el equipo de producción y guionistas? ¿Qué era lo que, como espectadores, esperábamos?

Basada en el libro escrito por Jay Asher en 2007, la primera temporada se trató de una adaptación bastante fiel a lo que planteaba la novela. En este proceso de traducción fueron muchísimas las cosas que hicieron bien: trajeron una historia impactante y relevante, se permitieron presentar problemáticas que necesitaban ganar visibilidad y lo hicieron con mucho respeto, tanto a los conflictos como a la etapa de vida sobre la cual estaban hablando. Si bien a nivel técnico no se trató de una ficción superior, sí planteó una narrativa atrapante y se postulaba como una puerta de entrada para un debate entre “padres e hijos” que era necesario.

Este no es el escenario con el que nos encontramos en la segunda entrega y las fallas no solo son técnicas o argumentales sino también en el trabajo que hacen sobre cuestiones de violencia de género, bullying, acoso y uso de armas:

La necesidad de justificar su existencia. Uno de los peores pecados que comete esta segunda vuelta es verse en la obligación de demostrar que era necesaria y que todavía había tela por cortar luego del trágico suicidio de su protagonista. Ni las polaroids (las cuales finalmente no funcionaron como hilo conductor sino como un elemento narrativo más), ni el proceso judicial o cómo la vida de este grupo de chicos continuó, logran verdaderamente traer algo interesante a la pantalla. Esa presión se termina empujando a que el show caiga en lugares comunes que restaron, se trabajan superficialmente conflictos de verdadero peso y se planteen conflictos que no lograban realmente conectarse con las líneas narrativas anteriores. Pero, lo que es aún peor, que se presentaran problemáticas que no tenían ningún tipo de sentido o sumaban al arco narrativo final, como la separación y desaparición del padre de Hanna (Katherine Langford) a la hora de enfrentar el juicio o los conflictos alrededor del padrastro de Justin (Brandon Flynn).

Las historias satélites con intención protagonista. Ante la necesidad de completar 13 nuevos episodios y sin un texto en el cual basarse, ciertos personajes secundarios tomaron mayor vuelo y vieron sus historias expandirse. Este no es un movimiento al que los seriéfilos no estamos muy acostumbrados pero sí es uno que debe trabajarse con meticulosidad, sobre todo cuando se trata de una serie que había sido pensada para una única temporada. Con este regreso de 13 Reasons Why, lo que encontramos son líneas narrativas que ahora son independientes sin demasiada explicación y tomaron un lugar relevante dentro de la historia sin que esto fuese un recorrido construido. Estos ruidos en las historias y extrañamiento frente a los propios personajes, rompió con la gran verosimilitud y empatía que la ficción había logrado construir, generando que como espectadores nos sintamos alejados de lo que se estaba contando.

Violencia y golpes bajos ¿para lograr qué? Uno de los puntos más grandiosos de 13 Reasons Why fue que, siendo una historia comprometida, muchísimas veces cruel y brutal, siempre trabajó temas difíciles con cuidado y respeto. Pero el escenario es otro en esta vuelta y estamos frente a giros narrativos repletos de golpes bajos innecesarios, violencia gratuita sin justificación dentro de la historia y hasta cierta superficialidad sobre momentos emocionalmente muy cargados. Y esto no sólo pasó con la escena de violación del último episodio sino también sobre el embarazo adolescente, la violencia (física y verbal) sobre el cuerpo femenino y la situación de emergencia de algunos de los adolescentes. La búsqueda del impacto o el shock pesó más fuerte que la grandeza de una historia y la posibilidad denuncia que la serie poseía.

Las construcciones sobre la sexualidad femenina. Pensando en el momento que como sociedad estamos transitando, donde movimientos como #NiUnaMenos, #MeToo o #WomensMarch tomaron mucha relevancia, hoy más que nunca se convierte en una responsabilidad de todos pensar y trabajar con mucho respeto lo relacionado con las construcciones sobre lo femenino, la sexualidad, la violencia de género y el respeto por el cuerpo. Tanto frente a los diferentes procesos legales como en el recorrido personal de muchos de los personajes, nos encontramos con enormes fallidos que verdaderamente hacen mucho daño a causas tan importantes: ¿por qué la idea de “chica rápida” que se utiliza a la hora de hablar sobre la vida amorosa de Hanna no es refutada y discutida? ¿Acaso ella no tenía el derecho sobre su propio cuerpo? ¿Cuál es el impacto en Chlöe frente a las escenas de violencia que ella también sufre? ¿Cuál es el recorrido por defender a su violador? ¿Cuál es la responsabilidad de los padres frente al despertar sexual de sus hijos adolescentes? ¿Acaso existen situaciones o elementos que justifican una violación? Realmente la historia podría y deberían haber trabajado esto de manera mucho más consciente y cuidadosa.

¿Y las armas? Mientras que el bullying y acoso fueron los focos principales de la primera temporada, en esta segunda también se trabaja el acceso a las armas y la problemática de los tiroteos escolares. Importantes, movilizadores y que involucra el trabajo responsable de organizaciones como Everytown for Gun Safety; en el contexto actual el destrato causa tanto daño como la banalización. Verdaderamente asusta notar que a lo largo de los episodios se pierden oportunidades de trabajar de manera adecuada un tema tan sensible, y el recorrido sufre de cierta superficialidad y casi simplicidad frente a un conflicto que tiene muchísimas complejidades (políticas, económicas y sociales). Es decir, la idea de que un adolescente tenga acceso a armas, que encuentre cierta fascinación en la muerte de animales o que esté convencido de iniciar un tiroteo en su propia escuela, debería despertar muchísimas alarmas. Pero en el caso de que no suenen estos alertas, no tendría que ser resultado de un descuido sino una decisión del guion para construir algo mayor y más importante.

La adolescencia adulta y la figura de los padres. Es cierto que en el mundo de la televisión actual son muy pocas las ficciones que realmente saben hablarle a los adolescentes y, en líneas generales, tienden a convertir a sus personajes en pequeños adultos olvidando qué significa esta etapa para una persona. Esta construcción sobre cómo es un adolescente, cuáles son sus responsabilidades o a qué tienen la capacidad real de enfrentarse nace desde una necesidad narrativa pero que en una serie como esta debería ser trabajada mejor y desde un foco más realista. Y con lo que nos encontramos en esta temporada es que el adolescente es impregnado de una responsabilidad imposible de sostener y que quita cierto aire de realidad a aquello que está pasando, pero que también despoja a la figura del padre de esas mismas obligaciones para con su familia. ¿Cuántas veces un tu hijo adolescente tiene que venir golpeado para que tomes acción? ¿Cuál es la reacción que como padre tendrías cuando tu hijo vivió una experiencia traumática? ¿Qué padre se entera que su hijo tiene un arma y no cuestiona la situación? Este tipo de error argumental es posible de superar en una ficción como Pretty Little Liars (por su aire lúdico, liviano y superficial) pero jamás en una como 13 Reasons Why.