Cerrando el 2017 apareció la tan esperada cuarta temporada de Black Mirror, la serie sci-fi británica creada por Charlie Brooker popularizada por Netflix y que ha recolectado miles de adeptos alrededor del mundo. Estéticamente exquisita y de talante más cinematográfico que televisivo se ha posicionado como una de las series más aclamadas de los últimos años, a pesar de no contar una historia y personajes que evolucionan sino que sus episodios son unitarios. Con temporadas irregulares en cuanto a la cantidad de capítulos (la primera sólo consta de 3 episodios y la tercera de 6), Black Mirror siempre consiguió mantener una estética y un ambiente homogéneos, incluso teniendo a diferentes directores para cada capítulo: en un universo paralelo o tal vez en nuestro mundo en el futuro, la tecnología ha tomado las riendas de la vida humana causando, la mayoría de la veces, desenlaces espantosos. Exceptuando por algunos capítulos aislados (como el celebrado “San Junipero”, S03E4), este TV show se caracteriza por su gran carga pesimista y por su ambiente lúgubre; los personajes parecen estar siempre encerrados en cárceles inquebrantables en las que no queda más que darse por vencido.

Cada capítulo (que es casi como una película) plantea situaciones singulares de tono apocalíptico en un mundo donde la tecnología ha llevado a la inevitable deshumanización.

Esta cuarta temporada condensa en sus seis capítulos estos conceptos, que se vienen trabajando desde la primera entrega y los expone con maestría y novedad. Para muchos, la estrella de la cuarta temporada es el capítulo apertura: “USS Callister”, un avance extremo de los juegos de realidad virtual con referencias a Star Trek y un planteo sobre las relaciones de poder, tan cómico como escalofriante. Tanto este capítulo como “Metalhead” (tal vez el menos novedoso) y el thriller “Crocodile” contienen una alta impronta feminista, desarrollando roles y acciones que en el cine, en general, se reservan a un personaje masculino. Cabe destacar también “Arkangel”, el capítulo dirigido por Jodie Foster, uno de los más realistas y fiel a la idea de Black Mirror: el camino hacia la locura que experimenta una madre obsesionada con el cuidado de su hija a través de un dispositivo tecnológico. “Hang the Dj”, “la” historia de amor, la “San Junipero” de la temporada cuatro con fuertes reminiscencias a The Lobster (Yorgos Lanthimos) excava el costado esperanzador por medio de la rebelión y el despertar de estas mentes dominadas por la tecnología, algo que sucede también en “USS Callister” y “Black Museum”.

Lo particular y tal vez lo más jugoso de esta nueva temporada es la conexión, es decir, la constatación de que estos personajes de historias aisladas y apocalípticas no han estado solos todo este tiempo, sino que forman parte de un mundo “real”. Las historias están repletas de guiños y de relaciones sutiles entre diferentes capítulos y temporadas; el más representativo de este juego de guiños e intertextualidades es “Black Museum”, el capítulo final de la temporada, que utiliza el perspicaz recurso del muestreo, el paseo por diferentes inventos tecnológicos mientras nos topamos con varios elementos que ya vimos antes. Este es el momento en que por fin entendemos que estas historias aisladas, estos capítulos unitarios sobre personas atormentadas y sobrepasadas por sus propios inventos sí están relacionadas y sí habitan un mismo espacio.

Aún no se ha confirmado una quinta temporada del programa pero podemos decir que en el caso que no la hubiera, el cierre que propone “Black Museum” es, al menos, un cierre con un tono más “tranquilizador” que aquel desesperante (e inolvidable) comienzo del primer ministro sometido a tener sexo con un cerdo.