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Debo reconocer que disfruto mucho de las películas basadas en hechos reales o biográficas. No sé si será esa manía que muchos tenemos de la necesidad de tener una referencia real o qué. Lo cierto es, también, que al poder hacer un paralelismo con la realidad, muchos films de este tipo logran conmovernos más y dejarnos pensando por algunos días. Y esto me pasó con una película a la cual le daba muy poco crédito antes de verla. Soul Surfer (Sean McNamara, 2011) se me presentaba como una película de aventuras bastante carente de contenido aunque algo me incitaba a querer verla. Estaba equivocada. Si bien no es la película más profunda que vi en los últimos tiempos, sí logro conmoverme hasta la médula. Bethany (AnnaSophia Robb) es una adolescente que vive para surfear, al igual que su familia y amigos más cercanos. Se embarca en competiciones y demuestra un talento sobresaliente. En el marco de una vida cuasi perfecta (con el imponente escenario de Hawaii por detrás) le ocurre una tragedia que cambiará el curso de su vida: en una tarde de surfeo con su mejor amiga un tiburón devora su brazo izquierdo. Deberá aprender a vivir con un nuevo desafío y sobre todo a surfear con un nuevo condicionamiento. Si bien el film presenta muchos clichés hollywoodenses y por muchos momentos cae en un optimismo acompañado de un catolicísimo exacerbado, creo que es imprescindible dejar de lado (por una vez) el ojo crítico y simplemente disfrutar. La fotografía, que aunque se bastante convencional logra retratar de maravilla lo imponente del paisaje, nos sumerge de lleno en un Hawaii de ensueño. El trabajo de cámara en las escenas de surfeo es realmente admirable… imposible no sentir ganas de darse un chapuzón en ese mar turquesa. A pesar de que la actuación de Robb no sea de lo más jugado, tiene lo necesario para emocionar. Tomando la increíble y admirable historia de Bethany Hamilton, Soul Surfer nos deja a todos una cuota de esperanza enorme; dejando de lado las lágrimas que seguramente se derraman en el transcurso del film. Es verdad también que hay un dejo de moraleja del tipo “todo se puede”, lo cual no deja de ser real. Y en esto tienen que ver mucho las actuaciones de Helen Hunt y Dennis Quaid que (cosa que no esperaba) son bastante llanas y dejan mucho que desear. Encarnan ambos a los padres de Bethany con un potencial emocional bastante pobre; sólo se limitan a operar lamentaciones. En este punto se puede decir que se necesita, de todos los personajes, en general, una presencia emotiva y pasional más fuerte; con un acontecimiento de semejante importancia resulta un poco inverosímil tanto optimismo. Sinceramente esperaba algún colapso que desestructure la narración. Pero si hay algo que realmente hizo que esta película me gustara es la historia que se eligió para contar. Además de salir de lo común y de tocar un tema bastante delicado, es verdaderamente fascinante. Logra dejar un dulce sabor, a pesar de los hechos narrados. Y por más clichés y baches que podamos encontrar, por lo menos en mí, lo emotivo fue más fuerte y me dejó disfrutar de una historia maravillosa, estableciendo como siempre esa relación inevitable con lo real.