Foto: Patricia Pagament

El escenario de Inmersa es pesado, aplastante, y aun así tritura la densidad. La pesadez del espacio es producto de la música, de la disposición de los cuerpos, de los gestos, y de la iluminación. La música, creada por Alberto Mazzotta, contiene el germen afro mestizado con un estilo sobrio que se emparenta con la música electrónica y con un grado de experimentación inherente a sus comienzos; percusión galopante acoplada a notas graves, sintetizadas, y a un tempo diligente. Sonido envolvente y licuado, con un movimiento ascendente y descendiente que se opone en cada frase musical, regenerándose en la repetición sucesiva. La batucada está presente en una de las composiciones musicales, alegando la veta afrobrasileña que los cuerpos exponen a través de corporalidades específicas y pasos provenientes de la danza de Orixás (se reconoce rápidamente en la sonoridad del cuerpo a Xangó, Orixá que representa el elemento fuego y la justicia, y a una Iemanjá, Orixá que se asocia al vaivén del mar y a sus variaciones, y a la fertilidad).

Los cuerpos se motivan desde movimientos alargados; las extremidades se estiran y el centro se contrae generando una tensión esquizofrénica que se extiende de intérprete a intérprete. Los gestos registran momentos suspendidos, largas muecas se sostienen en el tiempo con la ayuda de manos pegajosas que alargan bocas sudadas. La iluminación (Samanta Lukesch) comprime la representación con tonalidades frías y calientes (azul y rojo, principalmente) propiciando la oposición complementaria que subyace a la obra. El componente que despedaza a la compresión de Inmersa es tan fluctuante y escurridizo como lo son las notas musicales: está alojado en la tensión misma que sostienen todos los signos de la puesta, en el mar que arroja con estrépito un tiempo irreconocible. En la burla con que se erotizan las intérpretes (Ayelén Cura y Julia Canolik) se percibe la irrealidad del gesto estirado y la caricia harta de vanidad; el intento por escapar del reflejo que fuera quizá escapar del Yo y del Otro.

Foto: Patricia Pagament

Inmersa es una obra de danza contemporánea con raíces afrobrasileñas, invención de Carla Plaza –bailarina, profesora e investigadora en danza afrobrasileña– donde la emoción es exaltada a través de los componentes ya mencionados. De tal modo, la completitud de la obra se refleja al tiempo en los detalles, como en el vestuario conformado por llamativos colores en contraposición a la timidez lumínica. Los cuerpos de las bailarinas se moldean según emociones y se achatan para ser simplemente cuerpos, sin pasión. El dimorfismo inmanente a la existencia actúa como desencadenante de las segregaciones beligerantes, acuciantes y angustiosas, pero también como disparador de entusiasmo, de curiosidad y de búsqueda. El equilibrio es un estado auspiciante pero indefinido: se está en equilibrio cuando se reposa, cuando se está inmóvil, cuando se anula el propio peso. El fuego y el mar están ahí para intranquilizar, para movilizar la existencia, para expresarse. En Inmersa no hay un sometimiento al equilibrio –aunque sí una tendencia–; hay sí un enfrentamiento que se repite y se regenera con cada nuevo tempo.

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Inmersa se presenta este domingo 15 de abril a las 1 hs. en Teatro El piso (Hidalgo 878, CABA), dentro del ciclo “Danzas de estación”, con entrada a la gorra. Las entradas se adquieren por Alternativa Teatral.