La Antártida Argentina, ese vago triángulo que figura recortado abajo al costado en los mapas de la República, no sólo es una geografía prácticamente ausente del imaginario nacional, sino que son escasas o nulas las obras artísticas que han intentado recrearla, como es el excepcional caso de Ruido Blanco, de Franco Calluso.

En esta obra, un músico recibe una beca para viajar a la Antártida y componer allí una pieza. Como Debussy, que en 1903 se instaló durante dos años en un hotel de las playas de Bretaña para entender las sonoridades del agua y componer su famosa La mer, este compositor pretende registrar los recónditos sonidos antárticos para crear una música que nunca antes se haya escuchado.

Con vagos ecos a La novela luminosa de Levrero, Santiago, el protagonista, graba en un diario de viaje su frustración por no encontrar la inspiración en este paisaje sonoro desierto. Uno podría decir que así como la pampa siempre se figuró visualmente cual un paisaje vacío y sin atributos, la Antártida es una especie de pampa sonora, carente de particularidades auditivas, una llanura de sonidos. Sin embargo, de pronto, el músico, en el transcurso de su frustrado diario, se encuentra con su musa inspiradora: B-21, una foca parlanchina que con sus cantos y coreografías desbarata por completo su proyecto original de beca y le insufla una nueva idea mucho más ambiciosa.

Con el precedente de Olivier Messiaen, que indagó estructuras tonales en el canto de los pájaros, el proyecto de Santiago es plagiar a la foca y robarle sus alaridos. A partir de ahí, para entender la música del animal, el protagonista empieza a imitar sus movimientos y costumbres y comienza una gradual metamorfosis y devenir-foca, que bordea una delgada línea entre la genialidad y la locura.

Se supone, o al menos así lo creía el Renacimiento, que el arte produce emociones humanas para empatizar con otros humanos. ¿Pero se pueden comprender las emociones de las focas, reproducirlas y conmoverse con ellas? Si alguna vez se dijo que Shakespeare inventó todos los caracteres emocionales de aquello que entendemos por humano, acaso un menos transitado camino sea indagar qué es lo no-humano, cuáles son sus derivas artísticas, y Ruido Blanco se inscribe en ese original sendero.

Esta obra se presentó durante la Bienal de Arte Joven en el Teatro Beckett. Ahora puede verse los viernes a las 21hs en el mismo teatro (Guardia Vieja 3556, CABA).