Tres chicos que se van de campamento al sur patagónico son los protagonistas de esta historia. Son jóvenes estudiantes universitarios. Se encuentran allí con Vladimir, un ruso sabio que les presta un curioso walkman donde ellos pueden reproducir una cinta en la cual tienen grabados sus deseos. La obra hace del anacronismo un elemento clave. Pronto estos muchachos inquietos y muy unidos se encuentran con Karina, la chica más linda del secundario y amor frustrado de Facu. Pero ella no viene sola sino acompañada por Cristian, un chico musculoso y talentoso que hasta trae vino al camping y sabe tocar la guitarra.

La obra toma su nombre de Everyday Chemistry, un misterioso álbum de los Beatles que apareció póstumamente en manos de un desconocido con seudónimo James Richards quien alega que, en un mundo paralelo, la mítica banda sigue existiendo. En esta trama, compleja aunque fácil de seguir, habrá algunas citas cinematográficas como por ejemplo la de Volver al futuro. La química diaria combina la ciencia ficción con el humor más cotidiano. Estos personajes estudiantes de física bien podrían haber salido de la serie The Big Bang Theory. Las actuaciones funcionan de maravilla en el registro cómico; los actores nos sorprenden con su frescura y causarán varias risas en el público. El texto logra agilidad y buen ritmo. La pieza demuestra cómo se puede actualizar la vieja idea de viajar en el tiempo, ese anhelo tan presente en el ser humano.

Con planteos metafísicos y tomando elementos de las teorías de Einstein, Schrödinger o Hawking, el texto muestra un camino de senderos que se bifurcan, siguiendo una línea borgeana.

Si uno puede identificar los errores que cometió en el pasado bastará con viajar a ese momento para corregirlos o cambiar aquellas situaciones que hubiese querido que resultasen de modo diferente. El walkman mágico de Vladimir permitirá hacer posible lo imposible y modificar aquellos acontecimientos que de algún modo moldean nuestro presente. Esta concesión milagrosa de los deseos hace pensar en la lámpara de Aladino y, más aún, se puede vincular con el siniestro cuento “La pata de mono” de Jacobs. Otra película relacionada con la obra sería Cuestión de tiempo. El argumento demuestra ser tan loco como verdadero porque refleja lo que alguna vez todos quisimos hacer; no obstante hay que tener cuidado con lo que se desea porque esto podría transformarse en realidad.

Francisco Prim desde la dirección optimiza este relato para sacarle su mejor versión. Mariano Saba nos otorga un texto pulido que consigue momentos realmente deliciosos. Pablo Mónaco, Fermín Varangot, Santiago Fondevila, Tomás Mejía, Flor Chmelik Martinec y Fran Andrade son el mejor equipo que se podría soñar para este guión. Juntos hacen de esta química una comedia que trasciende los tiempos y las fronteras para confrontarnos a una pregunta universal: ¿hasta qué punto se puede determinar el propio destino y en qué medida los acontecimientos se nos escapan de nuestras manos? ¿Qué peligros conlleva la alteración de hechos de nuestro pasado? Esta pieza es una propuesta diferente dentro de la cartelera porteña, un gran acierto en muchos sentidos. Un relato hilarante donde lo cómico nos rescata de la nostalgia.

La química diaria se presenta los sábados a las 16.30hs. en Teatro Nün (Juan Ramírez de Velazco 419, CABA) hasta el 2 de noviembre.