No sin intenciones No daré hijos, daré versos comienza desparramando la cuestión de género. Cuestión actual por la que se sigue pregonando en una sociedad que se empeña en disimular. La obra desparrama cuerpos en el espacio: cuerpos con voces, cuerpos con independencia, cuerpos tomados por un Otro, cuerpos erotizados, cuerpos violentados, cuerpos rotos y fragmentados. Cada uno de esos 6 cuerpos que componen el elenco son al mismo tiempo una unidad (la sociedad) y dos personas (Reyes y Delmira) y desde ese fulgurante primer acto se genera el puntapié para centrarse en una representación realista e irónica de lo que, sabemos, fue la vida de la poetisa uruguaya Delmira Agustini (1886-1914).

La obra, presentada en el marco de la segunda edición del Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América, cuenta con tres actos en los que configura la trágica vida de la poetisa mientras pone acento en la ideología que ésta acusaba en sus poemas: contemporánea para su época, versificaba palabras cargadas de libertad y erotismo. La intensa búsqueda por librarse de un amor pasional pero vacío, ocupa en sus poemas un lugar privilegiado que la envuelve en un regocijo sexual-amoroso excitante.

Con Francisco Lumerman a la cabeza como director, Jorge Castaño, Diego Faturos, Malena Figó, Iride Mockert, Germán Rodríguez y Rosario Varela nos invitan a situarnos en la escena familiar de los Agustini en el momento en que se gesta la tortuosa vida amorosa de la artista, a principios del S. XX: nacida en el seno de una familia rica y conservadora, Delmira se vio obligada a contraer matrimonio con un hombre bien posicionado y de buena familia, como era costumbre. Así fue que Reyes la acompañó desde temprana edad, primero como marido y más tarde como amante, tras una inminente separación suscitada por ella. Años después ese sujeto de deseo, que era amado y odiado por Delmira, asesina con pesar y pasión a su querida exesposa y procede al suicidio. La condescendencia de Reyes con la artista permaneció disfrazada de violencia y moralidad hasta el golpe final.

El diálogo que entabla No daré hijos, daré versos, de la dramaturga uruguaya Marianella Morena, con la poesía de Delmira Agustini contornea de manera simbiótica la exigencia de reconocimiento: visibilizar lo que se disimula. Ambas mujeres artistas lo hacen a través de la escritura pero, gracias a que hoy es posible representar temas semejantes sin que el mundo se escandalice, Morena puede hacerlo público y hacerle honor a los versos que Delmira nunca pudo vociferar. De este modo, la dramaturga no duda en poner foco ahí donde el discurso de la poetisa se enlaza, hasta el final de su historia, con su vida: el asesinato de Delmira en 1914 significó el final romántico que se traduce en su arte. El romanticismo perfora los dulces y sufridos versos de la poetisa al tiempo que su deseo de ser perforada se patentiza en la fantasía.

Del mismo modo, Morena y Lumerman aciertan con una estructura compositiva clásica (inicio-nudo-desenlace) repleta de una fragilidad que atraviesa todo el relato y hace eco de la fragmentada vida y obra de Delmira: se nos presentan escenas dispares, cambios de roles constantes, voces superpuestas, coros que gritan palabras de amor y profesan tormentos, discursos que se contradicen constantemente, ruidos que no duermen, diálogos vacíos donde no hay paz y cuerpos agotados, cargados de pasión y desenfreno, portadores de una agresiva vulnerabilidad a ese Otro que se disputa entre el vacío y el deseo. El extracto de Delmira es presentado como un rompe-cabezas: imposible de armar sin rupturas. Las grietas por donde se escurren los versos de la poetisa son los mismos por los que ella elige fugarse, instando a Reyes a terminar con su sufrimiento y delatando su evanescencia.

Una vez acabada la representación dentro de la representación, se da inicio al tercer y último acto donde la serenidad que Delmira deseaba con ese trágico final comienza a sentirse en toda la sala teatral. Los actores comienzan a teatralizar la subasta en la cual se remataron los objetos personales de la artista en el año 2010, ridiculizando primero escenas cotidianas de los remates para luego dar comienzo a la maravillosa y emocionante lectura de composiciones poéticas de Delmira, adquiridas por dos periodistas en la licitación.

La intertextualidad opera enmascarada: a menos que asista a la obra un experto en Delmira Agustini, no se sabe cuándo se está en presencia de sus creaciones y cuándo frente a la creación de Marianela Morena. Pero es justamente esa reticencia la que genera una atmósfera estimulante, que no hace más que dejarnos sedientos de versos. Poniendo en movimiento los susurros y los gritos que la poetisa escribió, No daré hijos, daré versos es una obra dotada de humor, fatalidad y perspicacia que honra a una artista tan fecunda como estéril por su martirio.