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El sábado 4 de noviembre, en el marco de la Noche de los museos, la Casa Victoria Ocampo se revistió de letras, una vez más. El Fondo Nacional de las Artes le devolvió a los ambientes despojados de la casa basada en el funcionalismo organicista, su función visceral: las letras vivas. Vivas en el sentido pleno de la palabra; no solamente ellas moviéndose y expandiendo los vértices de las habitaciones, sino con gente que pudiera vivenciar esas tangentes. La performance que se realizó ese día en esa casa fue un tanto inusual y efímera en su acto, diferente al resto de las propuestas de esa noche tan congestionada de visitantes fugaces que siguen el flujo de la concatenación reglada. Quizá estos adjetivos apliquen a cualquier acto performático, caracterizados siempre por su futilidad y por salirse de lo esperado, o bien, rodear lo expectante con la esperanza de suscitar sorpresa. Pero en este caso, la performance se alió con algo primitivo: la transmisión oral.

Literatura en vivo: Fahrenheit 451, se trató de una experiencia oral, narrativa hasta los huesos. Y digo hasta los huesos porque quienes narraban eran protagonistas del acto performático pero no de aquellos textos que interpretaban; de todos modos, vivenciaron aquellas palabras como si se hubieran corporizado las palabras.

¿Qué sentido tiene narrar e interpretar palabras ajenas? Pues el mismo que radicaría en los pueblos primitivos, incluso durante la escritura con jeroglíficos y la cuneiforme, acaeciendo con la fijación y unificación del alfabeto de origen fenicio, por parte de los griegos; esto es: darle vida a los pensamientos intentando que las unidades de significado portaran palabras y no que nombraran cosas. Pero esto trasladado a nuestro tiempo conforma la épica como formación del relato, la ponencia en movimiento de las palabras, no permitiendo que el tiempo las resuelva in-memoriosas (e indescifrables).

Escribir no es nunca para uno, tal como señala el psicoanalista Bassols al respecto de las cartas de amor. Que lo escrito no vea la luz u otra mirada más que la nuestra durante un tiempo indefinido, no significa que la escritura sea para uno o para sí. Siempre que escribimos lo hacemos pensando en alguien más, en la mirada de otro, en la lectura atenta, correcta, a gusto o disgustada, legitimadora o intransigente. Así debe ser como lo entendieron María Inés Sancerni, Javier Lorenzo, Sol Titiunik y Rocío Villegas, bajo la dramaturgia y dirección de Lorena Ballestrero y la asistencia de Sol Garrido, con la producción de Luciana Olmedo-Wehitt representando al FNA. La propuesta original, según me comentó esa noche con sosegada sonrisa Francisco Cascallares, quien germinó la idea, fue disparada por el nombre del libro que designa la performance. Reescribir las obras literarias a partir de fragmentos narrados y del famoso parafraseo, al que tanto recurrimos aquellos que creemos recordar lo que nos dijo tal o cual libro pero al intentar reproducir las oraciones les variamos el sentido, es parte de la narración y fue, en esta oportunidad, una manera de variar sentidos y tejer significados interconectados por los espectadores.

Los textos interpretados fueron en su mayoría no publicados todavía, de entre los premiados y reconocidos con menciones especiales por el FNA. “Yo soy ensayo, yo soy novela, yo soy poesía, yo soy cuento”; así se presentaban las distintas Victorias replegadas y el entrevistador de éstas, dando comienzo a las narraciones. Se invitaba a la gente a que siguiera al género que gustara. Cada género tomaba cuerpo y carácter en un espacio determinado y suyo, como si se apoderaran las palabras de las habitaciones y cada espacio fuera eso que ya es pero no notamos: una delimitación ficticia, con su nombre clasificatorio que excluye a otras caracterizaciones y acoge a sus visitantes. Un género, una habitación, una persona, un colectivo de personas, muchas narraciones que son eso y dejan de serlo cuando se callan y se avispan en otra voz, se inyectan en otros cuerpos. Porque narrar nunca es reproducir, y escuchar debiera parecerse a la manera en que Funes (el memorioso) era capaz. Deben de seguirse las pistas que a uno le han quedado grabadas en el pensamiento derivadas del torrente de ideas, conducirlas por las ideas que uno re-significa cada día, mirando de frente aquello que ayer miramos de perfil.