Entre los distintos vericuetos, oficinas y galerías del infierno de la Divina Comedia, Dante ubica en el quinto círculo a quienes se dedicaron en vida al “parloteo vacío”. Esta especie de precursores de los trolls de las redes sociales padecen la particular situación habitacional de vivir hundidos bajo una laguna, de manera que cuando intentan hablar de su boca sólo emanan burbujas vacías sin ningún contenido. En el ensayo Estancias, Agamben conecta a estos balbuceadores subacuáticos con la dimensión discursiva de la sociedad de masas que Heidegger llamaba el “se”, aquellos enunciados que anónimamente “se” dicen pero carecen de autor o cuerpo que los defienda. En nuestra querida Argentina macrista encontramos en circulación varias verdades de perogrullo de este tipo que “se” dicen, impersonales e incorpóreas, en un taxi, en una casual conversación callejera, en el frenesí de un cacerolazo, en las redes sociales o en los foros de los diarios online. “Hay que matar a todos los negros”, “con los militares estábamos mejor”, entre otros, incluso a veces peores. La llamativa brutalidad de estos discursos suele despertar en general al despistado la misma pregunta: ¿a quién se le ocurre decir semejante guasada? O también: ¿en qué clase de cuerpos se encarnan estos incorpóreos discursos fascistas?

Estos interrogantes parecen ser la columna vertebral de la obra Diarios del odio, escrita y dirigida por Silvio Lang. Basada en una recopilación de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny de comentarios de foristas de las versiones digitales de Clarín y La Nación durante la década kirchnerista, la obra es una especie de programa televisivo de trasnoche de la Iglesia del Señor en el que una banda evangélica canta como si fueran canciones pop los comentarios de los foristas. “Néstor Kirchner le chupaba la pija a los militares”, “Kadena Nacional”, “Luz verde para la identidad de género”, son los nombres de algunos de los hits que entona la banda. Al mismo tiempo, una manada de doce cuerpos semidesnudos hace pogo y baila las canciones bajo un estado de trance monstruoso. Por momentos enmascarados, jugando con el anonimato de esos discursos que encarnan, los asistentes al recital se mueven de manera grotesca, bufan y se frotan espásticamente en una especie de anti-carnaval anti-popular. Se dice que la primera experiencia de una manifestación masiva es la fricción de los cuerpos confundidos, y el efecto aterrador que causan los danzantes en escena es precisamente ese, la revelación amarga de que son muchos y ahí están, estos son, los soldados enmascarados del odio que defienden enunciados retrógrados y presuntamente anónimos pero que una buena porción de la sociedad ratifica y elige en la intimidad del cuarto oscuro.

En alguna entrevista Silvio Lang, el dramaturgo y director, dijo que la intención de la obra era transponer los discursos reaccionarios que circulan por internet con la retórica vacua y pastoral de las actuales derechas latinoamericanas, cuyos líderes pronuncian sus discursos como si fueran el coaching motivacional de una empresa. La transfiguración que propone la obra de afirmaciones racistas como si fueran joviales canciones de pop evangélico parece en primera instancia chocante y contradictoria, pero termina por tener el mérito de revelar la íntima conexión de ambos discursos como las dos caras discursivas de las derechas contemporáneas. Por otro lado, la repetición paródica de los enunciados fascistas logra de alguna manera burlar y quitar eficacia simbólica a las ideas que esos enunciados enarbolan.

William Burroughs dijo alguna vez que el verdadero arte es un instante helado en el que todos ven lo que ignoraban que colgaba en la punta de sus tenedores. Pareciera difícil que alguien quede indiferente ante la impactante puesta en escena de esta obra, que da cuerpo al fascismo y al odio anónimos de las redes sociales, y que es una necesaria reflexión sobre el viejo fantasma fascista que recorre Latinoamérica y que hoy en día está más despierto que nunca.

Dramaturgia y dirección: Silvio Lang. (Esta obra se presentó durante el 2017 en la Universidad Nacional de General Sarmiento, en Caras y Caretas y en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti)