Foto: Gabriel Cohen Falah

Nina y Tamia (tejen luz) es una historia sobre el pasado pero también sobre nuestros tiempos. Tiempos no ajenos a la corrupción y la concentración del poder. La amistad, esa otra forma de amor que resiste las tempestades, aparece en esta pieza como la única vía de salvación en un mundo insano. Nina y Tamia se confiesan hechos dolorosos de sus vidas y van tejiendo con hilos de colores una trama abierta que no pretende cerrar sentidos.

Podemos pensar en Aracne, la joven de Grecia que según cuenta el mito, era una gran tejedora que desafió a la diosa Atenea. Solo que aquí las dos mujeres no son rivales sino compañeras; no se desafían, se prestan un oído atento, una mirada comprensiva.

“La poesía abre su extranjería en el interior de la lengua materna”, expresa la escritora Beatriz Vignoli. “A mí nadie me dio amparo porque cantaba de una manera incomprensible, extranjera”, relata Tamia. El dramaturgo y director, Arístides Vargas, exiliado durante la dictadura militar, también comprueba que la extranjería es otro modo de hacer literatura y teatro, contando situaciones desgarradoras y tejiendo sobre el horror una trama que posibilita la vida. La pluma de Vargas es poética hasta en el último detalle. Nina y Tamia se consolida como una pieza de gran fuerza visual donde los tejidos no llegan a cobrar forma porque las verdaderas formas se tejen en la mente y la mirada del espectador.

Liliana Moreno y Silvina Muzzanti logran dar la entonación adecuada a cada palabra, resumen un mundo en la poesía de sus voces. La obra combina un discurso sobre lo político con el relato de historias personales. Lo público y lo privado convergen en este escenario donde estas dos mujeres se confiesan lo que parecen querer ocultar pero que brota de forma inesperada y con toda la fuerza de las emociones; estas van hilvanando una forma particular de decir.

Foto: Gabriel Cohen Falah

Vargas, desde la dirección general y como dramaturgo, apuesta, por momentos a lo sugerido y lo insinuado y en otros momentos, apuesta a lo subrayado y evidente. Este juego entre lo maleable y lo firme, entre lo duro y lo blando en la narración resulta sumamente interesante. ¿Será que no hay hechos, solo interpretaciones o hay hechos de verdad incuestionable que nos forjan y no podemos olvidar?

El tejido aparece como un milagro de hilos y palabras. “Estar mal es una realidad y atragantarse con el dolor es otra realidad”, por ello, para no atragantarse, las dos amigas se cuentan sus penas y en ese acto de compartir hay un alivio. Ellas hacen hablar a la ausencia y entre palabras no dichas, entre miradas cómplices, van construyendo una estructura de contención, un hogar que hace frente al abismo. Una de ellas se pregunta si los pájaros cantan porque están contentos o porque están perdidos. Se podría decir que por las dos cosas; la canción que persiste en la obra va labrando un camino por donde el espectador podrá meterse, quizás también perderse, porque lo musical aporta sentido a lo narrado, abre surcos entre las palabras, invita a soñar.

Nina propone tejer una revolución o un infierno, que para el color es lo mismo. Porque el infierno son los otros, aunque ellos también pueden ofrecernos una mano, una caricia, un abrazo. La rabia puede ser tejida nudo tras nudo, pero también la solidaridad, la fraternidad. La obra reflexiona sobre el poder y sobre el lugar donde nos posicionamos nosotros frente a aquellas fuerzas que no dominamos. Al mismo tiempo, nos habla de otro poder, ese que aflora de los vínculos verdaderos donde el amor abre una puerta de esperanza, donde la palabra se anuda con el silencio, enhebrando la muerte con la vida, la oscuridad con la luz, el adormecimiento con el despertar.

Nina y Tamia (tejen luz) se presenta los sábados a las 20hs, hasta el 25 de noviembre, en Pan y Arte (Boedo 876, CABA).