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Foto: Nora Lezano

Todo aquel que haya visto la belleza de Cinthia interminable, la anterior obra teatral dirigida por Juan Coulasso, se ve tentado a ver su próxima propuesta. Fue lo que me pasó cuando me enteré del estreno de El mundo es más fuerte que yo. Sin dudarlo fui a buscar mi butaca de periodista en primera fila, imaginando una pieza de un nivel de puntillismo y precisión plástica y poética similar a la anterior. Y si bien me encontré con fragmentos de un nivel de elaboración que llegan a lo sublime también encontré algo muy diferente. Una ruptura artística, un cambio de etapa.

Se trata de un proyecto que nace junto a la actriz Victoria Roland. Al que se suman el baterista Matias Coulasso, hermano de Juan, y Flor Sánchez Elía como performer y asistente en escena. Podría decirse que el personaje principal no es ninguno de ellos sino el hecho teatral en sí mismo, algo así como el fantasma del teatro que tiene una crisis de identidad y toma la forma de un monstruo que pide locuras. Un monstruo que sacude a un campo teatral plagado de convenciones. Dice Victoria Roland que más que una obra se trata de un ritual chamánico. El resultado es una no-obra en la que conviven los lenguajes del teatro, la música, la danza, la performance. Sesiones abiertas donde tanto las sillas como las categorías y los roles están dados vuelta. Se lleva a la asistente, a los espectadores, incluso al director a escena; se actualizan los mitos griegos pero en versión trash; se arrastra a la actriz de los pelos de un lado al otro; se realizan oráculos y sacrificios; se expresa el deseo de que las cosas al salir sean diferentes y más confusas, y efectivamente todo esto sucede al ritmo de los estallidos de una frenética batería.

“Me tengo que juntar con ellos”- pensé al salir- “deben tener mucho para contar”. Y sí, resultó un encuentro muy rico, sobre todo por los mates de una tarde de invierno que acompañaron la entrevista en el espacio cultural Roseti.

¿Cuándo surge El mundo es más fuerte que yo?
JC: En diciembre de 2014 nos juntamos Victoria Roland y yo acá en Roseti. Esto estaba recién empezando a existir. Nos unía una especie de agotamiento en relación a las formas de creación, producción y legitimación del teatro en Buenos Aires. Esta obra nace de una enorme necesidad de romper con muchas cosas. Creo que por eso pusimos a un baterista golpeando la escena durante toda la obra.

¿Cómo fue el proceso de creación?
JC: En los dos años y medio de proceso que tuvimos, la obra cambió de forma muchas veces. Al principio esto era muy angustiante. Todo el tiempo le cambiábamos el nombre a la búsqueda. Después, esta cualidad pasó a ser parte de la poética del material. Esta es una obra que nunca puede llegar a ser o que es así, una obra mutante. Estuvimos dos años desmenuzando toda clase de convenciones, algunas de ellas nos atravesaban de manera directa y muy consciente y otras inconscientemente; éstas últimas fueron las más sorpresivas. Creo que lo más claro en este proceso fue el continuo deseo (y necesidad) de sacudir, conmover, sacudir, deshacer, desmenuzar, ponernos en riesgo, descolocarnos.
VR: No es tan común hoy estar dos años investigando, bancarse el vacío, la incertidumbre. En tiempos de neoliberalismo express, el teatro independiente funciona igual que el mercado. Cuesta, en la locura del capitalismo, parar y decir: “des-automaticemos lo que estamos haciendo y pensemos todo de vuelta”.

¿Qué formas tomó este gesto de ruptura?
JC: La obra pidió algo así como un sacrificio personal de cada uno para poder concretarse y emerger. Todos tuvimos que corrernos de algún tipo de seguridad. En mi caso, por ejemplo, hacía quince años que no entraba a escena. Imaginate el pánico.
VR: Fue rompernos a nosotros mismos. Yo lo viví como una experiencia sacrificial o ritual sobre nuestro propio hacer. Como un viaje de ayahuasca pero del teatro. La obra empezó a ser un monstruo que pedía cosas. La obra pidió que Juan entre. Hubo muchas cosas que se pusieron en riesgo, entre ellas el espectador y su forma de participar. Fue una propuesta para que todos juntos veamos qué pasa si desarmamos la ficción y la volvemos a armar.

Foto: Nora Lezano

¿Por qué problematizar la representación?
JC: Venimos de muchos años de macrismo en la ciudad. Ellos son los verdaderos dueños de la ficción. ¿Cómo el teatro puede competir con ese nivel de representación y artificio que tienen los políticos, con ese nivel de mentira que tiene la televisión? ¿Cómo hace el teatro para reapropiarse de la posibilidad de ficcionar, sin lastimar? La crisis nos llevó a efectuar un gesto desesperadamente honesto: decidimos poner en escena toda la odisea que atravesamos para producir esta obra y todas las dudas que teníamos al respecto. Quisimos que el espectador vea todo. Sentíamos que sólo si confrontábamos con la representación, si poníamos en tela de juicio toda la obviedad del artificio teatral, podía emerger una fuerza más vital, más verdadera, que nos devolviera el deseo de hacer esto. En épocas de ocultamiento, ésta es una obra en contra de la representación. Nos gusta pensar que esta obra pretende ser trans-género, no quiere ser ubicada dentro de ninguna categoría. Es más, tiene la fantasía de ser una pieza des-ubicada.

Siguiendo con el temita de la representación, hay una frase que dice Victoria en escena: “si te inventás cosas pequeñas, sentís cosas pequeñas, si te inventás cosas más grandes, sentís cosas más grandes”.
VR: Esa frase es la propia vida. Es más universal que el teatro, me parece. Tiene que ver con qué es la identidad, qué categorías fijas uno está dispuesto a sostener y cuáles poner en crisis. Qué ficción te potencia la vida. Son preguntas existenciales para mí. Nosotros éramos muy obsesivos y acá llegamos al punto de tener variables no controladas en cada función, cuando por ejemplo hacemos ingresar a un espectador o la dirección de Juan en vivo. Fue eso, inventarnos cosas para que nos pasen cosas.

¿Cómo conciben el teatro en esta obra?
VR: Hay algo de sanación. Algo chamánico. Es lo que ofrecemos, un espacio de purga, volverte sobre vos mismo, verte a vos mismo, pensarte, repensarte, abrir la percepción, modificar un poco tu sensibilidad y sanar. Es lo que más me interesa del teatro, más que el entretenimiento. El teatro es algo ancestral, hasta ridículo con todo lo que te ofrece la compu en tu casa. El teatro hoy es interesante que proponga otro tipo de experiencia. No es una serie de Netflix ni podría llegar a serlo, no tiene que competir con eso, es otra cosa.

¿La existencia del espacio Roseti tuvo que ver con el surgimiento de la obra?
JC: Sí, la obra nace exactamente cuando nace este espacio. Roseti dio el marco contenedor para poder juntarnos sin presiones y con todo el tiempo del mundo a pensar sobre el lenguaje. Esta ciudad corre a toda velocidad. Este espacio es un fogoncito donde uno puede parar y pensar un poco, cuando la ciudad te deja. Para nosotros, es vital tener este rincón. En el mundo en el que vivimos estos rincones escasean, por eso es fundamental hacer lo imposible por protegerlo.

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El mundo es más fuerte que yo se presenta todos los sábados a las 18.30hs. en Roseti (Roseti 722, CABA).